Luis Martín González Guadarrama
La Violencia del Reino de Dios; Crucífer vs Lucífer
Tratado de cómo escalar
por el septentrión hasta el trono de Dios para ser semejante a Él.
A María Alejandra Chávez Rosales, mi esposa.
A mis amadas hijas: Fátima Edith,
Judith Alejandra, Teresa de Jesús y Diana Jazmín.
A mis hermanos Francisco Javier y Edith.
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“Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora,
el Reino de los Cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan” (Mt. 11, 12).
La violencia de los hijos
de Dios es distinta a la violencia humana. La primera es del cristiano
contra sus malas inclinaciones y en cumplimiento de los mandamientos
de la ley de Dios; para vivir plenamente la gracia de Dios que se expresa
con las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad y las virtudes
infusas con relación a los medios, que son las virtudes morales o cardinales:
prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Asimismo con los frutos
del Espíritu Santo, que son: Caridad, Gozo Espiritual, Paz, Longanimidad,
Afabilidad, Bondad, Fe, Mansedumbre y Templanza.
Ello además de las Bienaventuranzas
Evangélicas, consistentes en ser mansos y humildes de corazón, el
llanto, el hambre y sed de justicia, ser misericordiosos, limpios
de corazón, ser pacíficos y padecer persecución por la justicia
es el Reino de los Cielos. Asimismo, dar de comer al hambriento,
dar de beber al sediento, hospedar al peregrino o al que va de camino,
vestir al desnudo, visitar al enfermo y al prisionero.
Esta violencia genera
una constante tensión que no termina sino con la muerte del cristiano
y se expresa con la guerra sin descanso y sin concesión alguna al mundo,
al demonio y la carne.
La guerra es contra nosotros
mismos y la fortaleza del gladiador, del soldado de Cristo, se expresa
con la capacidad de atacar la simiente del pecado cuando esta surja
desde el interior, de atacar y actuar con el ejercicio de las virtudes
en la relación con el prójimo y con los enemigos de Cristo, así como
de resistir en la posesión de la Gracia Santificante y el embate del
enemigo, hasta llegar al martirio.
El Señor dijo que aquel
que quisiera servirle, que tome su cruz de cada día y que le siga.
Por esa razón el que toma la cruz de Cristo, la toma para llevarla
todos los días de su vida, la porta como una identidad de su ser.
El que porta la Cruz
de Cristo porta en ese acto la redención de la humanidad, la de sí
mismo, y todo lo que eso significa, ser templo vivo del Espíritu Santo,
hijo de María, hermano de Cristo y en quien se completa lo que falta
a la pasión de Cristo, como miembro de su cuerpo místico, la Iglesia.
Por eso el que porta
la cruz de Cristo es un Crucífer, o Crucífero. En contraposición
Lucífer portaba la luz, pero no quiso portarla más, porque se rebeló
contra la voluntad soberana de la Santísima Trinidad que dijo: Hagamos
al Hombre a nuestra Imagen y Semejanza, siendo que ese Hombre sería
Cristo, prefigurado en Adán y siendo que esa Imagen y Semejanza –oculta
en ese momento a Lucifer y a los ángeles que los siguieron en la rebelión—es
la Santísima Virgen María, de quien saldría el Dios hecho Hombre.
Para el demonio portar
la luz no fue suficiente para librarse de la prueba ni garantía de
obediencia a la voluntad de Dios o de perfección en su naturaleza.
Tenía que mostrar su amor a Dios, pero lo que demostró fue su odio
y su desprecio a la voluntad soberana, por eso le fue quitada la luz
y arrojado a las tinieblas del abismo.
Aquel que conozca la voluntad
de Dios debe cumplirla, para ser confirmado en la salvación y en la
santidad. Aquel que conozca la voluntad de Dios y la desobedezca o se
oponga a ella es reo del castigo.
Para Lucífer portar la
luz era la primicia para poder haber sido confirmado para poseerla.
Para aquel que quiera
seguir a Cristo cargando su cruz de cada día la obligación es hacerlo
tal cual lo hizo Cristo, que se hizo uno con la Cruz de la Redención
cuando finalmente fue clavado a ese árbol de la vida con clavos en
sus manos y en sus pies, de manera que la sabia del madero y su sangre
se hicieron una sola mezcla, para sacar de allí a la humanidad nueva
y santa.
Portar la Cruz de Cristo
es hacerse un con esa Cruz, ser crucificado en ese madero santo para
adquirir la sustancia de la sangre redentora de Cristo que se mezclará
con nuestra voluntad hasta hacerla una sola.
Ser crucificado con Cristo
debe serlo por la entrega de amor, ya que es la razón por la cual Cristo
vino al mundo a hacerse Hombre y a sufrir, morir y resucitar por nosotros.
Portar la Cruz de Cristo
de manera perfecta es que tal acto diario y permanente es con la voluntad
y la inteligencia totalmente transformadas en la caridad perfecta, que
expulsa todo temor, donde tal transformación se adquiere en el acto
mismo de la entrega por amor a portar la cruz como Cristo lo hizo.
Para lograr tal portento,
solamente María es quien puede producir a quien se crucifica como Cristo,
ya que Ella es Madre de Dios. Por tal motivo nadie puede transformarse
en Cristo si no sale de María.
Sabemos que Dios creo
a todas las cosas del universo, las visibles y las invisibles, y que
creó al hombre a su imagen y semejanza para hacerlo señor de todo
lo creado. Sabemos que creó al hombre dándole la dignidad del entendimiento
y de la libertad, y de contener en su naturaleza a todas las demás
naturalezas creadas y también con la capacidad de poder tener la naturaleza
divina increada, por participación. Para esto último sabemos que en
un insondable misterio de su amor decidió hacerse hombre para que con
este acto, quedara divinizada en el hombre toda la creación. Elevó
al hombre a su dignidad y naturaleza divina por participación, en el
acto más grandioso y delicado de su amor.
Sabemos que muchos ángeles
decidieron no obedecer la voluntad de Dios y que por eso fueron expulsados
del cielo y que estos ángeles se convirtieron por esa desobediencia
en demonios, encabezados por Lucifer, quien intentó destruir al hombre,
induciéndolo al pecado, a fin de que Dios no se hiciera hombre sino
ángel para que así él se convirtiera en dios. Sabemos que ante ese
hecho, Dios decidió que además de hacerse Hombre, sería redentor
del género humano, a través de la cruz, de su pasión, muerte y resurrección,
con lo que recreó a todo el universo y también que fundó la Iglesia,
que es la reunión de todos los bautizados, la cual a través de sus
ministros enseña la Buena Nueva, administra los sacramentos de la salvación,
con los que santifica al hombre y ella misma se constituye en sacramento
de salvación.
Sabemos el que demonio
lucha para destruir a la Iglesia, introduciéndose dentro de ella para
vaciarle de su contenido, de su misión y de su naturaleza, para quedarse
solamente con el cascarón de las exterioridades y del poder humano;
para eliminar su misión salvífica eliminando en los hombres las acciones
que conduzcan a la salvación, exaltando en su lugar la ideología,
las apariencias, los fingimientos y las simulaciones. También induciendo
la persecución en contra de quienes practican y promueven la sana doctrina.
Sabemos que Cristo nos
advirtió que esto sucedería, no solamente en el Evangelio sino también
en el Libro de la Revelación y nos aclaró perfectamente que no por
eso su Iglesia dejaría de ser santa y que a pesar de estos ataques
e infiltraciones continuará como sacramento de salvación, aunque en
ella subsistiría tanto el trigo como la cizaña, los cuales serian
separados al final de los tiempos por sus ángeles. En la Revelación
la cizaña que ha crecido junto al trigo se manifiesta como una mujer:
la gran prostituta, madre de todas las abominaciones, que fornica con
los reyes de la tierra y que se embriaga con la sangre de los santos.
Es necesario aguzar el
aguijón del entendimiento y el oído del espíritu para saber lo que
el Espíritu Santo dice a las Iglesias. El perfil del guerrero
al que somos llamados es el de aquel que unido a Cristo y a su
Iglesia, tiene mayor resistencia. Soporta más humillación en silencio,
soporta mayor dolor sin quejarse, soporta mayor incomodidad, mayor soledad.
Soporta más miedo y más angustia, más embates de cualquier índole.
En fin, soporta más dolor, sea cual fuere su naturaleza, que cualquiera
otra persona.
La espada solo sirve contra
las siete bestias interiores, contra el mundo del pecado y contra los
demonios que pululan en los aires y con los que tarde o temprano habrá
de soportar prolongadas y encarnizadas luchas.
La guerra no es contra
nuestros hermanos, a quienes servimos en silencio y de buena gana. En
este oficio habrá ocasiones para corregirle –habiendo sacado primero
la viga de nuestro ojo—con caridad e incluso con rigor, buscando la
salvación de su alma, sea este pobre o rico, seglar o monseñor, como
lo ordenó el Señor, primero a solas, luego con testigos y luego denunciándolo
ante todo el pueblo.
Si hinchados de soberbia
pretenden justificar sus acciones –incluso argumentando las cosas
de Dios, llamando santo a lo que cuadra su capricho y lo que no les
agrada lo llaman ilícito—la denuncia debe ser ante todo el pueblo,
solicitando ayunos y oraciones por estos hermanos, que en ocasiones
suelen ser allegados a las esferas del poder eclesiástico o prelados,
lo cual sin embargo no debe detenernos, ya que el Señor nos da la armadura
y la espada de la Fe.
En este trabajo no olvidemos
que “muchas tribulaciones ha de sufrir el justo, pero de todas ellas
lo libra el Señor”, quien seguramente nos someterá a la prueba de
la persecución para probar nuestros frutos, y como dignos guerreros
habremos de soportar fieles hasta el final, porque solo así podemos
tener alegría.
Es practicando de noche
y día la justicia, en constante oración y pidiendo sin cesar la fuerza
y la sabiduría del Espíritu Santo, como se adquiere el discernimiento
de espíritus, del que habla San Pablo.
Conviene antes de todo,
reconocer que somos pecadores y que como tales, mientras no nos hayamos
levantado del pecado mortal o del venial voluntario, hemos sido cizaña
en los campos del Señor.
Hecho esto y habiendo
recibido el sacramento de la reconciliación, habremos sacado la viga
de nuestro ojo y tendremos la luz del Espíritu Santo para conocer el
terreno en donde habremos de luchar por Cristo y dar la buena batalla.
Ningún hombre es el enemigo,
por muy malvado que parezca y por muy perversos que sean sus actos,
sino el demonio, que esclaviza al hombre y lo mantiene postrado en el
pecado, encadenado y sufriente. Es como un Cristo encadenado en la cárcel
a quien debemos visitar con la oración, el sacrificio, la caridad y
el amor. Esto sin embargo no nos limita para ejercer la denuncia profética,
siguiendo estrictamente las enseñanzas del Evangelio y los cánones
de la Iglesia, de modo que primeramente hay que hacer ver su mal proceder
a la persona. Si no se convierte, hay que hacerle ver su mal comportamiento
frente a dos testigos, y si aún así no se convierte hacerlo frente
a toda la comunidad, y si aún así no se convierte, tenerlo por pagano.
Esto último quiere decir
que debemos ejercer una mayor misericordia con tal hermano, con sacrificios,
ayunos y penitencias para su salvación, incluso hasta morir por ellos,
como lo hizo el Señor. Esta conducta se debe aplicar sin distinciones
de personas, trátese de gente humilde, de nosotros mismos, de poderosos
o prelados. Ello sin temor alguno, dado que daremos cumplimiento cabal
del mandato de Cristo y Él mismo nos ha dado y nos seguirá dando los
instrumentos para cumplir estrictamente esta que es su voluntad.
En la Iglesia es donde
habremos de discernir el trigo de la cizaña. Debemos conocer la naturaleza
de la cizaña, debido a que mientras un hombre esté vivo, tiene la
oportunidad de salvar su alma, por lo que al conocer la naturaleza de
la cizaña podremos ayudarnos y ayudar a que no quede fijado en el pecado
y perder el alma, la cual, de ser enviada al infierno será fijada en
el estado de cizaña y su destino será el de arder por toda la eternidad.
En este orden de ideas
conviene recapitular en algunos aspectos bien conocidos de todos, a
fin de proponer las soluciones más convenientes.
Sabemos que el demonio
opera entre las masas a través de la ideología, definida esta como
un sistema de creencias por las cuales un grupo de poderosos impone
a la mayoría de personas una concepción particular del universo para
mantenerlas en un estado de explotación económica. Su naturaleza es
de un lazo invisible que postra al ser humano en una serie de actitudes,
conductas y creencias que cree verdaderas, con las que rige su vida.
La ideología es un sistema
profundamente perverso por su sutilidad adormecedora, la cual impide
a la inteligencia darse cuenta del daño mortal que origina al hombre
y paraliza a la voluntad de modo que el sujeto no quiere siquiera pensar,
mucho menos desea otras acciones que lo liberen del yugo, como pedir
ayuda.
Una parte de esta ideología
se opera libremente y con gran fuerza en el interior de la Iglesia.
Debemos aclarar que el sistema de la organización en el que se fundamenta
el orden jerárquico de la Iglesia no es malo y fue diseñado para hacer
el bien y cumplir la finalidad salvífica de la Iglesia.
Sin embargo, tal como
el demonio suele citar las escrituras para engañar al hombre, esta
estructura puede serlo también, cuando no sirve al fin para el que
fue diseñada. Consideramos sin embargo que siendo la Iglesia esposa
de Cristo, aunque la estructura sea utilizada por algunos para fines
diferentes de los que fue creada, Dios la endereza misteriosamente
para cumplir su misión verdadera. Esto no quiere decir que por ello
debemos olvidarnos para dejar todo el trabajo al Espíritu Santo, sino
que nos alerta al trabajo esforzado por el Reino de Dios y su justicia.
Muchas veces la estructura
es utilizada por quienes sirven al poder y al dinero más que a la salvación
de las personas. En este hecho se fundamenta la operación y difusión
de ideología desde el seno de la Iglesia, que reiteramos, no por eso
deja de ser Esposa de Cristo, santa y sacramento de salvación, sino
que es víctima de quienes se sirven de su consagración sacerdotal
para servir al poder y al dinero, prostituyéndose a sí mismos. Con
estas acciones los hombres prostituyen la relación del sacerdote con
los fieles, quedando sin embargo inmaculada la función sacerdotal por
la gran misericordia y amor de Dios por el hombre y por ser Cristo la
cabeza de la Iglesia.
En la secuencia de acciones
sacerdotales que son santas y las acciones de servicio al dinero y al
poder es donde el demonio y las inteligencias embotadas por las preocupaciones
de este mundo confunden su naturaleza, haciendo parecer que son lo mismo.
Tal apariencia llevada al máximo en todos los sentidos, constituye
el entramado de la ideología que quienes por sus acciones se constituyen
en enemigos de Cristo, difunden desde el seno de la propia Iglesia.
No deja de ser una enredadera
donde las raíces de la cizaña se encuentran entrelazadas con las del
trigo, ante los cuales nuestra acción es la de santificamos y enseñar
a los demás a santificarse. No estamos llamados a desenredar, porque
esa acción corresponde a los ángeles al final de los tiempos, el día
de la siega, cuando cortarán trigo y cizaña y luego las separarán
para depositar el trigo en los graneros del Señor y echar la cizaña
al fuego.
En este fenómeno podemos
discernir que la cizaña son las acciones pecaminosas de quienes utilizan
la estructura y partes de la sagrada escritura, para fines distintos
de la salvación de los hombres.
Podemos también identificar
que el conjunto de personas que cotidianamente actúan utilizando a
la estructura y a las sagradas escrituras con fines exclusivos de poder
o de intereses económicos o de cualquier naturaleza distinta de la
salvación de los hombres alimentan y robustecen esa cizaña que tiene
sus raíces entrelazadas con las raíces del trigo. Aquel conjunto de
acciones crean y mantienen a la gran prostituta de la que habla la Revelación.
Aclarado lo anterior conviene
resaltar que la Eucaristía es el sacramento que trasciende a
la creación. Es precisamente la Eucaristía la que mayores afrentas
de la ideología ha recibido. El demonio trabaja a toda costa por nublar
las vista y el entendimiento con todos los medios para la desacralización
de que dispone, a fin de que los fieles no correspondan al Sacrificio
de Cristo debidamente, ni se unan con Él.
Tal desacralización ha sido responsabilidad de los sacerdotes y obispos que sirven al poder y al dinero o que con negligencia han dejado que el demonio haya construido una muralla de desacralización que impide al ojo del espíritu de los fieles hacer su parte para corresponder al sacrificio eucarístico y aunque está a la vista, no alcanzan a mirar el inmenso amor que Dios nos manifiesta al través suyo.
Paulatinamente los sacramentos
han sido enterrados con un lastre de ideología como actos sociales
y eventos propicios para fiestas familiares donde impera la exclusiva
convivencia humana. El sacramento por el que nos reconciliamos con Dios
es abandonado. Numerosos ministros imponen, en el mejor de los casos,
una hora a la semana para confesar. En el mayor de los casos olvidan
esta obligación y en sus homilías no exhortan a los fieles a la confesión.
En lugar de ello la invitación es a seguir a Cristo de modo ambiguo
o en la serie de acciones de grupos parroquiales, que en la mayoría
de los casos no tienen a los sacramentos como su fin.
Cerrada la puerta de la
reconciliación, o sustituida por puertas pintadas en la pared, promueven
las numerosas acciones de grupos parroquiales, cuyos objetivos diversos
en muy contados casos conducen a la conversión verdadera y que promueven
que con el hecho de participar en reuniones parroquiales y de estudios,
o en participaciones en eventos que confluyen con los intereses del
párroco o de los obispos, alcanzarán la salvación. De esta manera,
en las homilías y exhortaciones se impone la imagen de que atender
las cosas de Dios equivale a asistir a las reuniones de grupos parroquiales
y a participar en sus eventos, retiros, pláticas, etc. Cooperar económicamente
se ha convertido en un gran negocio y es ampliamente promovido y su
valor se ha exacerbado hasta ponerlo en lugar de la compunción y del
servicio a Cristo en el prójimo como lo manda el Evangelio, tal como
ocurría en tiempos de Cristo, cuando para los escribas y fariseos era
más importante entregar dinero al templo que socorrer las necesidades
de sus padres. Las cooperaciones para construcción de templos son las
más socorridas como sustituto.
Independientemente de
las intenciones con las que se realicen estos eventos por parte del
clero, debemos ponderar que cuando los fieles participan en ellas con
la Fe de estar sirviendo a Cristo, son acciones que sirven a la salvación
de las personas, como lo expresa la doctrina de la Iglesia y como nos
enseñó el Señor cuando la viuda depositó dos monedas en el tesoro
del templo. Con ello la misericordia divina viene a transformar las
acciones humanas en acciones divinas según lo declara San Pablo a decir
que todo lo que hagamos los hacemos en Cristo cuando tenemos caridad.
En el análisis masivo
del fenómeno ideológico en la Iglesia, resalta la particularidad de
la dialéctica de la acción, esto es que en la mayoría de los casos,
tanto sacerdotes como fieles cumplen determinados roles según el escenario
en el que se encuentre la persona. Así, no solamente los sacerdotes,
sino el grueso de los fieles se encuentra sumergido en una vertiente
de simulación promovida con las acciones de muchos consagrados, por
el cual, en actos litúrgicos se comportan de una manera, como lo marca
el libreto del "fiel asistiendo a acto litúrgico" y saliendo
van a actuar los otros roles, según los libretos respectivos, con lo
cual se fractura irremediablemente la continuidad del sacrificio de
Cristo en la vida cotidiana. Dentro del templo es un libreto y fuera
se cumple otro rol, el que corresponda.
De este modo los actos
litúrgicos, las homilías, los consejos, los análisis de las escrituras,
las emulaciones y todo lo que hace el sacerdote, a los ojos del pueblo
son presentados como simples actos humanos por la ideología dominante;
como escenificaciones teatrales. Incluso las exhortaciones a una vida
mejor forman parte de la puesta en escena.
Los vía crucis que se
escenifican por las calles en Semana Santa vienen a ser lo mismo. Con
ello, el auxilio divino es ocultado a los ojos de los hombres con toda
clase de humos que impiden al hombre percibir el amor de Dios. Lo grave
de esto es que proviene de los propios ministros del culto, quienes
por desidia, por pereza, por seguir la corriente imperante en la diócesis,
para no tener problemas con los grupos de poder que controlan las comisiones
diocesanas, por miedo o por cualquier pretexto, dan curso a echarle
tierra a los instrumentos de la salvación del hombre, para que no sean
percibidos.
Nos encontramos frente
a los efectos de la desacralización a gran escala. Sabemos que a pesar
de esto los sacramentos son santificantes, aunque no nos demos cuenta
de ello, o a pesar de que sus ritos sean presentados como puestas en
escena. Esta es la barrera que ponen inconcientemente los propios ministros
entre Cristo y sus fieles, a instancia del demonio, único interesado
en que los hombres no se salven.
Numerosos obispos, preocupados
por las cosas de este mundo, como el dinero y el poder, aunque conocen
el mal, no hacen nada por remediarlo, o sus voces son opacadas por la
misma vorágine ideológica. El resultado es que exclusivamente mantienen
el sistema de cosas tal cual está, dando curso a sus proyectos pastorales,
reuniones de análisis, metodología y todos los medios que suelen utilizar,
dando la sensación y la apariencia de que con esto ya se ha cumplido
el objetivo salvífico.
Ante ello el trabajo del
cristiano consiste en santificarse a sí mismo y enseñar a todos la
simplicidad de la salvación, consistente en cumplir los 10 mandamientos
en un estado de compunción del corazón como acción diaria e incesante
que surge de la meditación intelectual e imaginativa de la Pasión
de Cristo. Todo ello en comunión con la Iglesia.
La vivencia de estas cosas
repugnan a muchos, especialmente a fieles, sacerdotes y prelados amantes
del poder y del dinero, porque el demonio ha sembrado durante muchos
años el desconocimiento de este camino insustituible de salvación
y porque muchos sacerdotes, incluso obispos, que respaldan la autoridad
de su enseñanza no en el ministerio que les dio Cristo, ni en acciones
concretas y diarias de santificación personal, sino en documentos escolares
del que ha asistido a universidades y a tomado multiplicidad de cursos
en el extranjero. Para ellos estas cosas de la compunción y de la imitación
real de Cristo, con hechos, no con palabras, son simples son cosa del
pasado.
Ante ello es de esperarse
ataques, difamaciones, obstaculizaciones y toda clase de situaciones
que vendrán, incluso de conocidos y familiares. En la medida en que
seamos fieles a Cristo con nuestras acciones, tendremos a disposición
las herramientas no solamente para soportar estos embates, sino para
hacerles frente y vencerlos con facilidad, como ya hemos visto en asuntos
privados y públicos, estos últimos donde también la realeza de Cristo
impera cuando hay guerreros que luchen en esos terrenos y donde el Señor,
tras gustar de la fidelidad y la humildad de sus hijos, humilla hasta
el suelo a los poderosos, como bien ha proclamado la Santísima Virgen
María.
Esta empresa no es para
temples que no desean la llaga en el hombro, los azotes en la espalda,
los escupitajos en la cara, los clavos o las espinas en la cabeza, como
los sufre permanentemente Cristo por nuestro amor.
Sabemos que sin Cristo
nada podemos hacer y que por muy fuerte que sea nuestro el temple para
soportar los embates en el camino de la misión, esa fuerza no sirve
de gran cosa y más bien se convierte en un engendro de soberbia, sin
la fuerza de Dios.
Tampoco hay temple por
mediocre o inútil que parezca, del cual el Señor no pueda hacer una
roca firme. De este modo más vale saber que las fuerzas humanas solas
nada tienen que hacer en esta justa e incluso quien se atenga a estas
exclusivamente obra como cizaña y enemigo de Cristo.
Debemos asegurarnos de
estar concientes de que somos siervos inútiles sin posibilidad alguna
de triunfo, ni el más mínimo, y que debemos obtener el poder de Dios,
utilizando las herramientas que a continuación enseñaremos para obrar
como auténticos portadores de Cristo, portadores del Espíritu Santo,
revestidos de las virtudes de la Santísima Virgen María, hasta terminar
nuestra misión y recibir el galardón prometido a los vencedores, del
que habla San Pablo.
Sentados y guardando silencio
para escuchar, el Espíritu Santo responde a la pregunta: en medio de
todo esto, ¿qué debemos hacer?
Todo el edificio espiritual
del templo de Dios que habremos de construir se encuentra en la Pasión
de Cristo, que debemos abrazar con cada uno de nuestros actos de la
vida.
El primer paso es hacerlo
nosotros y una vez hecho esto, enseñarlo a los demás, con el poder
del Espíritu Santo.
Este camino lo explicamos
a continuación y es lo que debemos empezar a hacer desde hoy y recomendamos
ampliamente, para quienes deseen profundizar en él, reflexionar con
los siguientes textos: “Jesucristo, Ideal del Monje” y “Dios Revelado
por Cristo”, de BAC; “La Virgen María”, del padre Antonio Royo
Marín, también de BAC; “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima
Virgen María”, de San Luis de Montfort, “Maestro Bruno, Padre de
Monjes”, “Colaciones”, de Casiano y la “Regla de San Benito”.
Este pequeño tratado
explica, con fundamento en la doctrina de la Santa Iglesia y las enseñanzas
de los doctores de la Iglesia y las Sagradas Escrituras, la manera de
escalar el septentrión, esto es la vida divina que se nos entrega por
la septiforme gracia del Espíritu Santo, para llegar al santo de los
santos del templo y trono de Dios, que es la santísima Virgen María,
en cuyo seno Ella habrá de transformar nuestra naturaleza humana, en
la de Dios por participación.
I. Volver a Dios
1.- Independientemente
de nuestro estado de vida, todas nuestras acciones deben ser un retomo
a Dios, por el derecho que Dios tiene de que así lo hagamos, porque
Cristo murió por nosotros y le debemos corresponder con nuestro amor.
Debemos volver a Él debido a que el pecado nos ha apartado de su presencia
desde el mismo momento de nuestro nacimiento. Estábamos lejos (Efes.,
11.13), dice San Pablo, habiendo dejado por nuestra propia voluntad
al bien eterno, infinito e inmutable para el que fuimos creados, que
es Dios, para inclinarnos hacia los bienes transitorios, hacia las criaturas.
Eso es el pecado; preferir a la criatura en lugar del creador.
2.-Si queremos retomar a Dios, es necesario que rompamos todo lazo desordenado con la criatura para entregamos solamente a Dios. Esto es la conversión, que se da por una serie de acciones continuas por las que evitamos el pecado y nos alejamos de los afectos desordenados por las criaturas y de todos los móviles humanos, para buscar con todo nuestro ser y con todos nuestros actos solamente a Dios, cualquiera que sea nuestro estado de vida.
3.-No puede haber compatibilidad
entre Dios y el pecado (II Cor., VI, 15). Se engaña aquel que crea
que sirve a Dios, pero que no rechaza con todo su ser al pecado, sea
cual fuere. Dios no se va a comunicar con la persona que no trabaja
siempre por no cometer el pecado y tampoco con quien no detesta al pecado.
Sin embargo existe en muchas personas la creencia de agradan a Dios
solamente practicando algunas obras, con sus obligaciones de estado
y confesándose cada vez que cometen pecado mortal. Creen que Dios se
les comunicará, lo cual es totalmente falso. La persona debe rechazar
con todo su ser al pecado y luchar continuamente contra las tentaciones.
4.-El vientre donde se
gestan los pecados está constituido por la inclinación humana hacia
el deleite de los sentidos, conocido como concupiscencia, y a la soberbia.
Estas inclinaciones están latentes siempre en nuestro corazón, asomando
como invitaciones. Pertenecen a nuestra naturaleza herida por el pecado
de nuestros primeros padres, sin embargo para que se conviertan en actos,
requieren de nuestra aceptación y así como sucede en el orden natural,
ocurre también en el sobrenatural. Las células que dar origen a un
ser humano son invisibles al ojo, sin embargo producen un portento de
la naturaleza que Dios ha creado. En el orden de la gracia ocurre lo
mismo, los actos por muy pequeños que sean, revestidos de los méritos
de Cristo son portentos de gracia y de salvación del hombre. Los pecados,
por su parte, nacen de la inclinación del hombre, del demonio o del
mundo cuando son aceptados por la voluntad. Estos dos elementos forman
al pequeño engendro mortal al que hay que estrellar contra la piedra
angular, que es Cristo, para que mueran.
5.-Las personas que son
presas del pecado o que caen en pecados de cualquier dimensión, han
vivido un proceso. Esto no ocurre de buenas a primeras. Es el resultado
de una serie de acciones consecutivas que alimentaron al engendro que
vino a ser primeramente un embrión el cual fue alimentado con la sustancia
de otros embriones o engendros de diversos tamaños que son: el orgullo,
el amor propio, la presunción, la sensualidad, la desidia, la pereza
y la falta de temor de Dios. El pecado mortal ocurre cuando en un momento
dado el engendro ya es lo suficientemente grande para nacer y viene
el demonio, su padre, a presidir con la tentación. Con un escenario
de esta naturaleza, el alma se tambalea y la gracia es expulsada, dando
paso al pecado, al engendro que ha sido alimentado de poco a poco desde
tiempo atrás.
6.-Es imposible pretender
santificar nuestra vida y servir a Cristo si no tenemos conciencia de
este fenómeno y si con nuestros actos no nos hemos determinado día
con día a impedir la concepción del pecado al conjuntarse nuestras
inclinaciones con la aceptación de nuestra voluntad. En cada acto es
preciso exterminar al engendro en el momento mismo en que este busca
ser concebido. Sea que la pulsión venga de nosotros, del demonio o
del mundo, es preciso estrellar su cabeza en la roca que es Cristo.
7.-Tal acción exterminadora
es la simiente de nuestro linaje guerrero, de allí venimos y de allí
obtenemos el poder de nuestro linaje y es un trabajo que nos debe acompañar
hasta el momento mismo de la muerte y que no se debe descuidar ni un
instante, bajo advertencia de que quien así se durmiera, pensando que
ya mucho ha luchado y que tiene suficiente fuerza y experiencia para
combatir a los engendros después de su concepción, habiendo dejado
que se junten los elementos que los constituyen, con este mismo acto
esta engendrando al monstruo que le cortará la cabeza y le destruirá
y arrastrará hacia las cadenas de los que no supieron ser verdaderos
guerreros, hundidos en el pecado y al borde del infierno.
8.-Toda nuestra lucha
consiste en exterminar a todos estos engendros de nuestra alma, de nuestra
mente, de nuestro corazón, antes de que se conciban. No podemos acabar
con la matriz, que está entrelazada con la matriz de la virtud, como
la raíz de la cizaña con la del trigo. Ello será hasta el día de
nuestra muerte y lo hará Dios mismo, quien nos fijará finalmente en
el estado de la gracia y nos premiará con su gozo eterno. Será hasta
ese momento cuando nuestra lucha termine. Por ello debemos estar podando
diariamente y a toda hora, velando constantemente, que el pecado sea
exterminado desde su misma concepción, cuando asoma su simiente hay
que destruirlo, sin contemplación, sin miramiento, sin consideración
alguna, sin pensarlo, sin un segundo de espera.
9.-¿Cómo discerniremos
cuando va a engendrarse un pecado? En nuestra regla tenemos los instrumentos
de las buenas obras: son 72 que recomienda un guerrero que nos ha precedido
en la regeneración de los derechos divinos del hombre: San Benito.
Por eso recomendamos aprenderlos de memoria.
10.-Sabiendo cuales son
estos engendros y como nacen, viene una cuestión fundamental en la
vida del guerrero. ¿De donde sacaremos las fuerzas para poder eliminar
a cuanto engendro quiera tomar ser de nuestras entrañas? De la compunción
del corazón.
11.-Así, nuestro trabajo
es doble, primero es un trabajo de discernimiento constante y presente
siempre, e inmediatamente un trabajo de obtener el poder que nos permite
cercenar la cabeza a cada engendro.
12.-Los pecados veniales
son engendros que pueden nacer sin que nos demos cuenta, pero al darnos
cuenta debemos exterminarlos. También pueden nacer porque los consintamos
deliberadamente y después los exterminemos con una confesión o con
alguna buena obra. Esta última actitud es una trampa mortal del demonio
a través de lo que guerreros antiguos llamaban "logismoi",
demonios que nos quieren hacer creer que no pasa nada si toleramos esos
pecados veniales. Es una trampa y caer en ella no es propio de un guerrero
de Cristo, porque mantiene a quien así vive, en un estado constante
de tibieza y mediocridad que Dios vomita. Las almas de tales sujetos
permanecen enanas y jamás podrán constituirse en auténticos guerreros
de Cristo, porque las sanguijuelas les chupan la sangre manteniéndoles
en un estado de enanismo, anorexia, boulimia y enfermedad constante.
Jamás conocerán el rostro de Cristo y por su mediocridad están siempre
al borde del pecado mortal, titubeantes y nerviosos. Este estado deplorable
y enfermizo, aunque es el más fétido, parece ser el más común, por
lo que se convierte en un campo pantanoso del que difícilmente alguien
puede salir. Es el que más impera en la Iglesia y es el que más daño
le hace. Este campo es el preferido por los espíritus demoniacos para
llevar a cabo la destrucción de la Iglesia, a partir de sus propios
ministros y fieles. Por esto debemos extirparlo de nosotros.
13.-Los pecados veniales
en que caemos sin consentimiento de la voluntad y que son exterminados
como engendros que se han colado en la habitación del Señor sin darnos
cuenta, con acciones de humildad y con los sacramentos, vienen a colgarse
en nuestro galardón, no son nocivos cuando los hemos eliminado inmediatamente
que los detectamos.
14.-Entre los pecados
veniales deliberados más peligrosos, por su simiente, son los del espíritu,
los del orgullo y la desobediencia. Son muy peligrosos y suelen enmascararse
incluso con ropajes de guerrero. Oponen una barrera infranqueable entre
Dios y el hombre y lo predisponen a caer de un momento a otro en pecados
mortales.
15.-Todos estos engendros
podemos destruirlos con nuestras dos armas que nos han sido legadas
por guerreros antiguos: el discernimiento que se obtiene con la práctica
ordinaria de los instrumentos de las buenas obras y la fuerza del Espíritu
Santo, que proviene de la compunción del corazón. Armados así somos
invencibles. Quien no tenga esta armadura, perecerá irremediablemente.
En orden de importancia y en orden del servicio que estos medios dan
para la salvación se encuentra primero la compunción del corazón,
por la que Cristo nos revela la infinitud de su amor por nosotros.
II. La Compunción del Corazón
16.-La compunción del
corazón es una disposición del alma que la mantiene habitualmente,
día y noche, en todo momento, en la contrición, un dolor del corazón
que reconoce el gran amor de Cristo para nosotros y que en cambio nosotros
le hemos pagado con la ofensa, con el pecado, por lo cual el alma sufre,
se duele y llora de amor, queriendo no haber cometido jamás aquel o
aquellos actos pecaminosos. Esta compunción perfecta que queremos adquirir
no es la de un acto aislado, sino la de un estado sincero y habitual
de nuestro ser. Ello nos garantiza el odio al pecado y la repugnancia
contra todo lo que ofenda a Dios, incluso aquellas faltas más pequeñas.
Quien logre este estado habitual, puede decirse guerrero.
17.-Esta compunción es
la oración de "humildad y lágrimas" de la que habla San
Pablo, "lagrimas y gemidos", como dice San Agustín. Es la
más agradable al Padre. "Seremos atendidos no por largos discursos,
sino por la pureza del corazón y el arrepentimiento con lágrimas",
dice San Benito. Es la perfección cuando nos juzgamos reos de pecado
en cada momento e indignos de levantar la vista al cielo,. Es hasta
el último aliento de vida que debemos llorar en el corazón nuestros
pecados, si queremos tener certeza de salvación, aquella certeza absoluta
que excluye toda duda y todo temor.
18.-Es por la compunción
del corazón que conocemos más a Dios y por ello conocemos más nuestras
miserias. Todos los santos han expresado este conocimiento: a mayor
conocimiento de Dios, mayor compunción del corazón por el mayor conocimiento
del inmenso amor con que Dios nos ama y el mayor conocimiento de que
nada le hemos amado y en contraparte mucho le hemos ofendido y mucho
nos hemos olvidado de Él.
19.-El estado habitual
de compunción es progresivo. El alma que se inicia en él, obtiene
un manantial, un tesoro de favores divinos, como dice Santa Teresa de
Jesús: "El dolor de los pecados crece más mientras más recibimos
de nuestro Dios". Dice que el alma no se acuerda muchas veces ya
de la pena, sino de cómo fue tan ingrata de cometer tal cosa contra
quien tanto le ha amado, lo cual le compunge y le duele profundamente
mientras más favores recibe de Dios.
20.- La compunción no
estorba ni distrae de la confianza, el amor y la alegría del gozo de
Dios, sino por el contrario, es su fundamento. El demonio siempre tratará
de confundir estos términos, para alejar a las almas de la compunción.
La compunción del corazón es la condición sin la cual no se puede
dar la confianza, el amor, la santa alegría y el gozo de Dios. Agrada
mucho a Dios la habitual actitud de dolor de amor, frente al rechazo
que le hemos hecho por el pecado, repudiando aquel acto por el que lo
rechazamos. Es actitud por la que repudiamos y aborrecemos al pecado
y a todo acto que nos pueda alejar de Dios. SI alguien dice que goza
de Dios y tiene confianza en Dios y sirve a Dios, pero no tiene compunción
del corazón, marcha al abismo engañado por el diablo. Esto suele
ocurrir con los tibios.
21.-Por su misma naturaleza,
la compunción participa de la contrición perfecta, que es una de las
más puras y singulares formas de amor. Excita constantemente a la generosidad
y dilección, que aspiran a reparar las culpas pasadas con un crecido
fervor; inspira al alma a la desconfianza en sí mismo y en este acto
la vuelven extremadamente dócil a la acción divina y totalmente inclinada
a las acciones del Espíritu Santo. La pone en guardia contra la disipación
de la voluntad, las inclinaciones y la negligencia habitual, que son
obstáculos peligrosos contra la vida sobrenatural y la condición cristiana.
La compunción libera al alma de las peligrosas y frecuentes inclinaciones
a hacer un dios a nuestra voluntad, además repudia a la tibieza y la
mediocridad en las buenas obras. El alma penitente llena de compunción
es más agradable a Dios que un alma adormecida por una perezosa seguridad
de que va mas o menos bien por el camino de la salvación. Hay más
alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por 99 justos
que no requieren de arrepentimiento. La compunción nos hace llamar
a la permanente alegría de los ángeles, conforme sea habitual en nosotros.
22.-La compunción es
el ojo por el que el alma contempla el estado en que se encuentra delante
de Dios, lo cual basta para destruir en ella el espíritu de vanagloria
y hacerla indulgente y compasiva con los demás, por lo que es fuente
de viva caridad para el prójimo.
23.- La compunción reafirma
el gozo en Dios. Excitando el amor, avivando la generosidad, fomentando
la caridad, la compunción nos purifica más y más, nos hace menos
indignos de unirnos a nuestro Señor; nos da seguridad de perdón y
confirma la paz del alma. San Francisco de Sales dice: “A la tristeza
que proviene de la verdadera penitencia, más que tristeza debe llamársele
disgusto y sentimiento de aborrecimiento del pecado; es una tristeza
que no entorpece el espíritu, antes lo vuelve más activo, pronto y
diligente; que no deprime el corazón, sino que lo levanta por la oración
y la esperanza y estimula en él el fervor; que, en sus mayores amarguras,
produce siempre el dulzor de un consuelo incomparable”. Citando a
un antiguo monje, agrega: “La tristeza que inspira la sólida
penitencia y el agradable arrepentimiento del cual no nos arrepentimos
jamás, es obediente, afable, humilde, suave, paciente como que proviene
de la caridad; de tal manera que todo dolor corporal y toda la contrición
del corazón es en cierto modo alegre, animada y vigorizada por la esperanza
del provecho”, escribió San Juan Casiano.
24.-La compunción, lejos
de deprimir al alma, la hace más diligente en el servicio divino, lo
que es ya un indicio de verdadera devoción. Y así, cuando el alma,
al recuerdo de los pecados pasados --recuerdo que debe referirse sólo
al hecho de haber ofendido a Dios, no a las circunstancias de la misma
ofensa--, se humilla delante de Dios y se sumerge en llamas de contrición
que purifican el orín que la corroe, cuando se reconoce sinceramente
indigna de las gracias divinas, como lo hizo San Pedro: “Apártate
de mí Señor, que soy un pecador”, Dios se vuelve a ella con infinita
bondad: “Un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias,
Señor”, dice el Rey David.
25.-Cuando Dios ve una
alma que se esfuerza sin cesar en purificarse de sus culpas y con buena
voluntad se esmera en reparar las infidelidades cometidas, se
inclina hacia ella, lleno de misericordia. “Dios --dice san Agustín--
atiende más a las lágrimas que al mucho hablar”. Y san Gregorio:
“Dios no se hace esperar: con los dones perdurables enjuga nuestras
lágrimas momentáneas”.
26.-San Benito nos enseña:
“todos los días confesemos con lágrimas y llanto, en la oración,
los excesos que hemos cometido”. No dice de vez en cuando, sino todos
los días. Sabe que si “somos escuchados, será a causa de esta actitud
humilde del alma contrita”. Es necesario conservar nuestras
almas en el estado del Miserere, el Salmo 50, que es el estado intimo
de David penitente, pero rebosando confianza en la divina misericordia.
El Rey profeta exulta en los salmos el camino de la contrición
y el amor.
27.-Uno de los más preciosos
frutos de la compunción, es el de fortalecernos contra las tentaciones.
Fomentando en nosotros el desprecio al pecado. La contrición nos pone
en guardia contra los embates del enemigo expresados en las tentaciones
La compunción es una de las más necesarias y eficaces armas. Algunos
creen que la vida interior es un fácil ascender, cómodo y sin sacudidas,
por un camino sembrado de flores; generalmente no es así, por más
que Dios, hay que trabajar. “Obtendrás los frutos de la tierra
con el sudor de tu frente”, advirtió el Señor en el Génesis.. En
la Sagrada Escritura se ha escrito: “Hijo mío, si te quieres consagrar
al servicio de Dios, prepárate para la tentación”. Con el trabajo
para sustentar la vida material, el Señor nos enseña que hay que trabajar
para la vida eterna y la santidad, en su doble vertiente ambos, limpiando
la tierra y sembrando, cuidando la siembra para obtener los frutos.
28.-En las condiciones
presentes de nuestra naturaleza, no podemos encontrar plenamente a Dios
sin combatir la tentación. Más ataca a los que más buscan sinceramente
al Señor, a quienes buscan plasmar con más perfección en su ser la
imagen de Jesucristo.
29.-Se dirá que, siendo
la tentación un peligro para el alma, sería mucho mejor no sufrirla,
según el parecer de la sabiduría humana, pero Dios nos dice lo contrario:
“Dichoso el hombre que es tentado”. El ángel decía a Tobías:
“Ya que eres grato a Dios, convenía que la tentación te probase”.
No por la tentación en sí misma, sino porque Dios quiere templar nuestra
fidelidad, que sostenida por su gracia, se fortifica con la lucha..
Él mismo prepara la tierra a donde fructifique el árbol de la cruz,
con sus frutos de vida eterna. Las tentaciones sufridas pacientemente
son fuente de méritos para el alma, y ocasión de gloria para Dios;
porque el que responde con constancia a la prueba acredita la potencia
de la gracia: “Te basta mi gracia; mi poder se manifiesta en tu debilidad”,
dice a San Pablo. Dios reclama de nosotros este homenaje y esta gloria,
como ocurrió con el santo Job.
30.- Hay personas rectas
pero con soberbia, que no llegarán a la unión divina sino después
de ser purificadas por el camino de volver a la verdad de su naturaleza,
que a nuestro modo de entender se denomina humillación, “volver a
la tierra”. Bien les vendrá conocer palpablemente el abismo de su
propia flaqueza y cómo experimentar la absoluta dependencia que tienen
de Dios, para que aprendan a desconfiar de sí mismas. Sólo la tentación
les manifiesta su impotencia; cuando se ven sacudidas por ella experimentan
la necesidad de clamar a Dios, porque se sienten al borde del abismo
y no tienen más remedio que pedir angustiosamente el auxilio divino.
Esa es la hora de la gracia. La tentación mantiene a estas almas vigilantes
acerca de su debilidad, y las conserva en un constante espíritu de
dependencia de Dios; para ellas es la mejor escuela de humildad y ascenso
en el camino de la perfección.
31.- Para otros la tentación
previene contra la tibieza. Sin ella caerían en la indolencia espiritual.
Vencer la tentación aviva el amor y es oportunidad de ser fiel.. Tenemos
el ejemplo de los Apóstoles en el huerto de Getsemaní. Aun cuando
de antemano les había advertido el divino Maestro que velasen y orasen,
se abandonan al sueño; no sintiendo el peligro, se dejan sorprender
por los enemigos de Jesús y huyen abandonándolo. Otra conducta presentaron
cuando en el lago luchaban contra la tempestad. Ante el peligro clamaron:
“Sálvanos, Señor, que perecemos”.
32.- Además la tentación
es un gran medio de adquirir experiencia. Por la tentación nos hacemos
aptos para ayudar a los que vienen a nosotros en demanda de auxilio.
San Pablo dice de Jesucristo que “quiso experimentar todas nuestras
flaquezas, excepto el pecado, para mejor compadecer nuestras debilidades”.
33.- La tentación, por
frecuente y violenta que sea, es una prueba, y Dios la permite
para nuestro bien. No es un pecado mientras no nos expongamos voluntariamente
a sus instigaciones y no consintamos en ella. Aunque sintamos su atractivo
y deleite, mientras la voluntad no ceda estemos tranquilos, porque Jesucristo
está con nosotros y en nosotros.
34.- Venga del demonio,
del mundo o de nuestras malas inclinaciones, debemos resistirla con
determinación y rapidez.
35.- El Señor dijo: “Vigilad”.
¿Cómo? Con el espíritu de compunción. Cuando el alma lo posee está
siempre en vigilia. Conociendo la persona por propia experiencia su
flaqueza, siente horror a cuanto puede llevarla a ofender de nuevo a
Dios. Animada de este temor, llena de amor, se mantiene en vela para
esquivar cuanto pueda apartarla de Dios, “que día y noche se
preocupa de ella”.
36.- Al desconfiar de
sí misma acude a Cristo y se aplica a la oración. “El verdadero
discípulo de Cristo --dice San Benito-- es aquel que, rechazando de
las puertas de su corazón el espíritu maligno, con su misma sugestión
lo aniquiló”. Y ¿cómo haremos impotente al maligno y su malicia?
“Arrancando los primeros renuevos de las sugestiones diabólicas y
estrellándolas en Cristo”. San Benito compara los malos pensamientos
a renuevos del diablo, padre del pecado; y nos dice que hay que rechazarlos
y reducirlos a la nada estrellándolos contra Cristo tan luego como
se manifiesten. Al instante; las sugestiones hay que sofocarlas en cuanto
aparezcan; si las mimamos, arraigan y después carecemos de energía
para resistirlas. Es más fácil vencerlas al principio que cuando por
descuido se las ha dejado desarrollar. Son “renuevos” que hay que
quebrar, esto es, débiles y como recién salidos, fáciles de destruir.
Con la expresión “estrellar contra Cristo” el bienaventurado Padre
recuerda el anatema del Salmista contra Babilonia, la ciudad pecadora:
“Dichoso el que arrebate tus hijos y los estrelle contra las piedras”.
Y Cristo, según san Pablo, “es la piedra angular de nuestro edificio
espiritual”.
37.- Acudir a Cristo es
el medio más seguro de vencer las tentaciones: el demonio teme a Cristo
y tiembla ante su cruz. ¿Somos tentados contra la fe? Digamos al momento;
“Cuanto reveló Jesucristo lo aprendió del Padre; es el Unigénito
que, del seno del Padre, vino a manifestamos los secretos que Él sólo
conocía: ésa es la verdad. Sí, Señor mío. Jesús, yo creo en Vos;
pero aumentad mi fe”. ¿Somos tentados contra la esperanza? Miremos
a Jesús en la cruz, hostia propiciatoria por los pecados de todo el
mundo. Es el Pontífice santo, y “que por nosotros entró en el cielo
y siempre intercede en favor nuestro”. Él ha dicho: “Al que viniere
a mí, no le rechazaré”. ¿Se insinúa en nuestro corazón un sentimiento
de desconfianza? ¿Quién nos ha amado más que Cristo? “Me amó y
se entregó a mí”. Cuando el demonio nos inspire sentimientos de
orgullo miremos a Cristo Jesús: era Dios y con todo se anonadó y humilló
hasta la muerte ignominiosa del Calvario. ¿Y habría de ser el discípulo
de mejor condición que el maestro?. ¿Es el amor propio el que nos
sugiere deseos de venganza? Miremos también a Jesús, nuestro modelo,
en su pasión: “No apartó su rostro de los que le escupían y golpeaban”.
Si el mundo, cómplice del demonio, nos lisonjea con halagos pecaminosos,
vanos y pasajeros, refugiémonos cabe Jesús, a quien Satanás osó
prometer la gloria y el mundo entero si quería adorarle: “Señor
Jesús, lo abandoné todo por tí, por seguirte más de cerca; no permitas
que jamás me aparte de ti”. No hay tentación que no pueda vencerse
con el recuerdo de Cristo. Y si la tentación persiste, si va acompañada
especialmente de sequedad y tinieblas espirituales, no desfallezcamos:
es señal de que Dios quiere vaciar nuestra alma de sí misma para ensanchar
su capacidad divina y colmarla de su gracia: “Le podará para que
dé más fruto”; como los discípulos, gritemos de todas veras a Jesús:
“Sálvanos, Señor, que perecemos”. Si lo hacemos así en el momento
de la tentación, inmediatamente, cuando es todavía floja; si especialmente
nuestra alma se mantiene en aquella actitud de arrepentimiento habitual
que constituye la compunción, estemos seguros de que el demonio será
impotente contra nosotros; la tentación nos servirá únicamente para
mostrar nuestra fidelidad, fortalecer nuestro amor y hacemos más gratos
al Padre celestial.
III. Meditación diaria de la Pasión de Cristo
para adquirir el espíritu de compunción, el don de lágrimas
38.- ¿De dónde sacaremos
al espíritu de compunción? ¿Cómo adquiriremos tan gran bien? Ante
todo, pidiéndoselo a Dios. Este “don de lágrimas” es tan precioso,
es una gracia tan singular, que sólo la obtendremos implorándola del
“Padre de las luces, del cual procede todo don perfecto”. Para pedir
el don de lágrimas, la oración recomendable es: “Dios omnipotente
y misericordioso, que para el pueblo sediento hiciste brotar de la piedra
una fuente de agua viva; sacad de nuestro duro corazón lágrimas de
arrepentimiento para que lloremos nuestros pecados y así merezcamos
el perdón por vuestra misericordia”. Podemos también recitar ciertas
plegarias de la Sagrada Escritura, adoptadas por la Iglesia, como aquélla
de David después de su pecado. El Señor le envía un profeta para
excitarlo al arrepentimiento; y David se humilla, se golpea el pecho
y exclama: “He pecado”. Esta confesión sincera le atrae el perdón:
“Dios te ha perdonado”. El rey David compuso entonces el bello salmo
Miserere, que respira por igual contrición y confianza: “Ten, Señor,
piedad de mí según tu gran misericordia; lávame más y más de mi
iniquidad; contra tí sólo pequé, y mi culpa la tengo presente; no
me arrojes de tu faz, y no me prives de tu santo espíritu”. “Vuélveme
el gozo que nace de tu saludable influjo... abre mis labios, y proclamarán
tus alabanzas... el sacrificio que te agrada es un corazón deshecho
por el arrepentimiento, porque tu. Dios mío, no desechas al corazón
contrito y humillado”. Ello conmueve a Dios: “Has atendido. Señor,
mis lágrimas”. Jesucristo llama “bienaventurados” a los que lloran.
Más pronto es consolado aquel que llora sus pecados.
39.-El pecado es el único
mal que se remedia con el llanto. El perdón del pecado es fruto de
estas lágrimas.
40.-Cuando en la oración
se pide a Dios la compunción se deben proveer los medios espirituales
que pueden motivarla. El más eficaz es la meditación diaria de la
pasión de Cristo. Por ello diariamente hay que recitar la oración
con la que pedían el “don de lágrimas” los monjes antiguos, seguida
del Miserere y enseguida iniciar la meditación de la Pasión de Cristo.
La Película de “La Pasión de Cristo”, de Mel Gibson, puede iniciarnos
en esta meditación, para pasar a una meditación al modo crucífero,
esto es, asumir el corazón de la Santísima Virgen María, de quien
Cristo tomó la carne con que sufrió la redención del hombre, para
que Ella engendre en nosotros, con su virginidad, la virginidad de espíritu
y pureza de corazón que nos permitan ver a Cristo como Ella lo veía
y lo ve ahora y amarlo como Ella lo ama, para de este modo incorporarnos
al misterio del amor de Dios. A través de María, el Verbo encarnado
es la imagen de Dios en cuanto refleja en su naturaleza humana y visible
la imagen de Dios invisible.
41.- María nos comunicará
toda la misión de Cristo en el mundo, que es la revelación del amor
del Padre, manifestado en la donación del Hijo, y la epifanía de la
caridad del Hijo en la entrega generosa de sí mismo a la muerte y una
muerte de cruz. Toda la realización de la obra salvífica de Cristo
es la revelación de este amor, que queda desvelado en María
por en la encarnación, se desdobla en la muerte y se consuma en la
resurrección de Cristo, como eclosión final del amor del Padre a los
hombres, revelado en su Hijo unigénito en María, con María, Para
María y de María para todos los hombres que lo acepten, al hacerles
partícipes de su mismo Espíritu.
42.- San Luis de Montfort
nos recomienda ser como materia maleable, para asumir la forma
de María, que es el molde hecho de la imagen y semejanza de Dios, por
el que Cristo se hizo Hombre por quien Dios Padre nos entregó a Cristo.
La inmaculada concepción de María, que es cuando tiene lugar
la consumación de la imagen y semejanza de Dios que Ella tiene como
naturaleza en su persona y que constituye su virginidad en todos los
órdenes del ser, nos la transmite cuando nos convertimos en materia
maleable para que Ella nos forme a imagen de Cristo en su seno. En este
oficio nos comunica, como paralela a la misión del Hijo, la misión
del Espíritu Santo, para conferirnos la participación de la filiación
divina de Cristo, y es cuando desde el interior exclama: “¡Abba,
Padre! “, la cual dicha en María y con María, quien al tener el
oficio de llena de gracia, al pedirle en María y por María al Espíritu
Santo, es María misma quien lo pide a través de nosotros y para nosotros.
Así, a la manera de cómo Dios lo ordenó desde sus decretos arcanos,
se pone al hombre en María y por María, para María y con María,
en comunión con la relación única que el Hijo tiene con el Padre.
En el interior del hombre, entonces, se desarrollan las divinas procesiones
de la Santísima Trinidad, y es aquella sombra de Dios que cubrió a
María en la encarnación del Hijo de Dios, la que por tanto cubre al
hombre que se asemeja a María. El Espíritu Santo --distinguiéndose
su personalidad de la del Padre y la del Hijo que lo envían—viene
a cumplir la misión de conferir al alma, lo que es Él en el
seno trinitario, en María y con María.
43.- El origen divino
de dicha misión, --en la que somos en y con María, madres de Cristo,
hermanos o hermanas de Él, como Él mismo lo advirtió-- se halla
en la misma vida de Dios, en la procesión divina, para verter a través
de María en nosotros, la relación divina del Hijo con respecto al
Padre, y la del Espíritu en relación al Padre y al Hijo, ya en cada
persona única e irrepetible.
44.- Por María, con María
y en María tenemos acceso a la revelación de la vida divina por la
misión del Hijo y del Espíritu Santo, que hace de nosotros hijos del
Padre en el Hijo amado. El Espíritu Santo transforma realmente al hombre
y le infunde la naturaleza divina al comunicarle la realidad de la filiación
adoptiva por la que se dirige a Dios, como a su Padre, con María y
en María. Le hace así partícipe de la relación filial que Cristo
tiene con el Padre en el Espíritu Santo. Aquí está la novedad de
la revelación de Cristo acerca del Padre: no sólo somos llamados hijos
de Dios, sino que realmente lo somos. Nuestra filiación divina es el
gran don que nos ha hecho el Padre al enviarnos a su Hijo y a su mismo
Espíritu. Dios, actuando salvíficamente en nosotros, nos ha adoptado
como hijos. Somos realmente madres de Cristo, al tomar en María el
oficio de engendrar a Cristo con las acciones de correspondencia a la
voluntad del Padre, como declaró el mismo Señor.
45.- La misión del Hijo
y del Espíritu, en María y con María en nosotros, es transformar
nuestra vida con respecto a Dios, nos introduce en la misma vida de
la intimidad de Dios, Padre, Hijo y Espíritu, y en el oficio de María,
corredentora de la humanidad y en el ejercicio de los derechos de amor
que Dios ha querido darnos, que es la entrega de sí mismo para deificarnos.
46.-Dicha participación
nos viene de la unión con Cristo, que es el fundamento de nuestro parentesco
con el Padre y el Espíritu Santo. El cristiano divinizado es el santuario
divino, en quien se continúan las divinas procesiones: el Padre engendra
en nosotros eternamente a su Hijo vinculándonos en el amor del Espíritu,
que a su vez nos une al Padre y al Hijo al revestirnos de los mismos
sentimientos con que Cristo se dirige al Padre. Esto lo obtenemos gratuita
y fácilmente, dócilmente, delicadamente, en María, en quien como
templo y trono de la Santísima Trinidad se realizan esta procesiones.
Desde Élla se nos participa a todos los hombres, ahora y en la eternidad,
como la corona del amor de Dios a nosotros, que quiere entregársenos
y dársenos en Ella y con Ella, como lo hace la Santísima Trinidad
para Ella y en ella para toda la humanidad que encabeza Cristo.
47.-El Espíritu Santo
es el principio activo de nuestra filiación divina. Puesto que, si
nos asemejamos a Cristo por la participación de su filiación divina,
que El posee por naturaleza, es debido a que el Espíritu de Cristo
obra en nosotros, siendo el mismo Espíritu el que da testimonio de
que somos hijos de Dios.
48.-De la compunción
que procede de meditar con fe y piedad los sufrimientos de Jesucristo
en María, con María, por María y para María, nos serán revelados
el amor de Dios y su justicia por los que habremos de cumplir celosamente
los mandatos de Cristo. Conoceremos de mejor manera que con razonamientos,
la malicia del pecado. Esta meditación es como un sacramental, que
hace participar al alma de aquella divina tristeza de que fue invadida
el alma de Jesús en el Huerto de Getsemaní, de sus sentimientos de
religión, celo y abandono a la voluntad del Padre. Jesús era el propio
Hijo de Dios, en el cual el Padre, cuyas exigencias son infinitas, se
complace; y no obstante, “su Corazón rebosaba tristeza, y una tristeza
mortal”. He aquí, lo dice san Pablo, que “de su pecho sale un gran
clamor, y lágrimas de sus ojos”, porque se siente “cargado con
el peso de todas las iniquidades del mundo”, como si Él las hubiera
cometido. Verdad es que Él no podía ser propiamente “un penitente”;
era incapaz de contrición y compunción tales como las hemos descrito,
porque su alma era santa e inmaculada; la deuda que ha de pagar es nuestra
y no suya: sin embargo nos vino a enseñar la compunción del corazón,
al revelarnos su tristeza, como contratipo del dolor de amor por la
culpa frente a nuestros pecados. “Fue castigado por nuestros
pecados” y sin la culpa ni la experiencia de la culpa, sufrió el
dolor de todas las culpas de todos los hombres, incluso el abandono
de Dios, para enseñarnos la profundidad de la separación en que por
el pecado yacíamos y al mismo tiempo, la profundidad del opuesto, del
dolor de amor que debemos experimentar por la compunción, ya que mientras
más se une el hombre a Dios, mas conoce la profundidad de su miseria
delante de Él, y más profundo es el dolor de amor y el deseo de tenerlo
para siempre. Se trata de un misterio que debió padecer que sin dejar
de ser Dios, esto es, que con la naturaleza de Dios, sufra como Hombre
el abandono de Dios como quien en verdad ha sido marcado con la pena
todos los pecados de la humanidad, sin culpa. No obstante, a causa de
esta sustitución. Jesús quiso sentir la tristeza y el abandono, que
debe tener toda alma por sus culpas; quiso recibir los golpes del amor
y de la justicia ultrajados; por eso “fue despedazado por un inmenso
dolor”, en toda su humanidad, no solamente un dolor físico, sino
todo el dolor que puede experimentar la naturaleza humana desde el principio
hasta el fin del mundo. No hay ser humano que haya vivido los dolores
de Cristo en toda su magnitud, sino solo aquella de quien es carne de
su carne y sangre de su sangre, y que nos comunicará si asumimos con
Ella, en Ella y para Ella, la meditación de la Pasión de Cristo en
la forma crucífera que estamos describiendo, de verdaderos portadores
de la cruz de Cristo.
49.-“No es broma que
yo te haya amado”, dijo un día nuestro Señor a la beata Ángela
de Foligno. “Estas palabras --escribe la Santa-- penetraron en mi
alma como un golpe mortal; no sé cómo no morí, porque mis ojos vieron
en la luz la verdad de estas palabras”. La Santa indica con precisión
el objeto de su visión: “Vi todo lo que padeció en vida y muerte
por mi amor, por la virtud indecible de este amor que le abrasaba las
entrañas. No, no; en manera alguna había sido por broma; sino con
un amor terriblemente serio, verdadero, profundo, perfecto, que estaba
en todo su ser”. ¿Qué efecto produjo en la beata esta contemplación?
Un profundo sentimiento de compunción. “Entonces mi amor, el amor
hacia Él, me pareció una broma ruin, una abominable mentira. Mi amor,
me decía a mí misma, ha sido un juego, una mentira, una afectación.
Yo nunca pretendí acercarme a ti con verdad, para compartir tus padecimientos
por mí; yo no te serví nunca en la verdad y perfección, sino con
negligencia y falsedad”.
50.- Los perfectos se
conmueven y humillan al considerar los padecimientos de Cristo. Estas
actitudes profundas son inherentes e inseparables respecto de una mayor
intimidad con Dios. La noche de la pasión, el apóstol Pedro,
--a quien Jesús había mostrado su gloria en el monte Tabor--
poco tiempo después de que había comulgado el Cuerpo de Cristo, niega
a su Maestro a la voz de una criada tres veces, luego canta un gallo
y a instante se encuentra con la mirada de Jesús, en los momentos en
que sufría por nuestra redención. En el acto lo comprende todo,
que en verdad no lo había amado y que Jesús verdaderamente lo amaba.
Sale del atrio y derrama “amargas lágrimas”. Por esto, ya resucitado,
el Señor le pregunta “¿me amas más que estos?” y su tristeza
es verdadera y profunda compunción permanente del recuerdo de su traición:
“Señor, tu todo lo sabes, tu sabes que te amo”.
51.-Idéntico efecto se
produce en el alma que contempla a Jesús, en sus sufrimientos. Cuando
habiéndose introducido en el corazón de María, desde allí el alma
también le sigue, como Pedro, en la noche de la pasión. Se encuentra
también con la mirada de Cristo, profunda, directa, amorosa y ve, como
Pedro, el abismo de su amor.
52.- En la costumbre crucífera
de meditación de la Pasión de Nuestro Señor, que es la vivencia
meditativa de la practicando del Vía Crucis, María fructifica en nosotros,
como lo hemos dicho, desde su corazón, sus propios sentimientos
y amor por su Hijo. Poco a poco nos revelará en el corazón,
que día con día se transforma en el de Élla, los misterios de la
redención y de la vida de Jesús desde el seno de su vientre hasta
la resurrección. Cuando Dios ilustra de esta manera a un alma con su
luz, le concede una de las gracias más preciosas: la caridad, que es
la más alta de las virtudes y con ella, a mismo Espíritu Santo, quien
forma a en la perfección, la santidad.
53.- El dolor de darnos
cuenta, de manera profunda y verdadera, real y presente, de que Cristo
verdaderamente nos ama y que nosotros no le hemos amado, produce, en
María, con María y para María, el amor y la confianza para el amado,
ya que porque el alma no se abate desesperada bajo el peso de
los pecados. La pequeña semilla está germinando y la compunción va
acompañada de unción y gracia del Espíritu Santo que la hace digna
de Cristo. El pensamiento en María de la redención transforma la vergüenza
y dolor que nos deprime en profundo amor, es un dolor de amor, el fruto
que viene el Señor a buscar de su higuera, la cual está llena de higos
en cualquier tiempo. La meditación de sus sufrimientos, enciende la
compunción y reaviva la esperanza en el valor infinito de sus divinas
satisfacciones, y nos reporta una paz inefable.
54.- Alimentados con la
Eucaristía, revestidos cada semana con la gracia del sacramento de
la reconciliación, diremos al Señor, ¿cómo podré serte grato?.
Recordemos entonces que Él bajó a la tierra en busca de pecadores
y que Él mismo dijo: “Más se alegran los ángeles de la conversión
de un pecador, que de la perseverancia de muchos Justos”. Cada vez
que el pecador se arrepiente y obtiene el perdón, los ángeles del
cielo “glorifican a Dios por su misericordia”. “¿Quién sino
Tú solo puede hacer pura la impureza?”, dice el Libro de Job. Es
Dios, y sólo Dios tiene el poder de renovar la inocencia en la criatura;
tal es el triunfo de la sangre de Cristo.
55.- María Magdalena
es un perfecto modelo de compunción, postrada a los pies del Salvador,
bañándoselos con sus lágrimas y enjugándoselos con los cabellos,
adorno de aquella cara que había seducido a las almas, humillándose
ante los convidados y derramando, al mismo tiempo que unos costosos
perfumes, la efusión de su amor compungido. Siguió a Cristo hasta
el Calvario, y en su amor, sufrió también los dolores y oprobios de
Jesús. El amor la llevará al sepulcro, hasta que Cristo resucitado
la llama por su nombre: “¡María!”, con lo que su ardiente corazón
recibe la recompense de su ardiente celo y la hace mensajera de su Resurrección
a los discípulos. “Se le perdonó mucho porque amó mucho”, dijo
de ella el Señor.
56.- Imitemos también al hombre que no se atrevía a levantar la mirada del piso en
el templo. Es un ejemplo
de lo que agrada a Dios, dado por el mismo Cristo. Hagamos parte fundamental
de nuestra vida diaria a la compunción, ya que da frutos infinitamente
preciosos; conservémosla fielmente porque será la columna vertebral
de nuestra vida espiritual y nos asegurará la perseverancia. Con ella
se alcanza la cumbre de la santidad.
57.- Creemos que no existe
mejor exhortación como grito de: ¡Guerra!, que aquella que deja el
patriarca San Benito para aquellos que son, como él dice: “la raza
más fuerte”, de guerreros de Cristo:
58.- “Escucha, hijo,
la enseñanza del maestro y aplica el oído de tu corazón. Acoge con
gusto esta exhortación de un padre entrañable y ponla en práctica,
para que por el esfuerzo de la obediencia vuelvas a aquel de quien te
apartaste por la dejadez de la desobediencia. Quienquiera que seas,
te dirijo mi exhortación a ti que, renunciando a tu voluntad, tomas
las ilustres y heroicas armas de la obediencia para militar bajo Cristo
Señor y verdadero rey”.
59.- “Ante todo, al
empezar cualquier obra buena, pídele a Él, con insistente oración
que la lleve a término, para que, pues ha querido contamos ya entre
el número de sus hijos, jamás se deba afligir por nuestras malas obras.
Pues siempre debemos cuidar los dones que ha puesto en nosotros, no
sólo para que, como Padre airado, no llegue a desheredar a sus hijos,
sino para que, como Señor temible irritado por nuestros males, no nos
entregue a la pena eterna como a siervos malvados que no le han querido
seguir a la gloria”.
60.- “Levantémonos,
pues, de una vez, que la Escritura nos despierta diciendo: “Ya es
hora de despabilarse”. Y, abiertos nuestros ojos a la luz divina,
oigamos con suma reverencia la voz de Dios que a diario nos dice: “Ojalá
escuchen hoy su voz: No endurezcan el corazón”. Y también:
“Quien tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”.
¿Y qué dice? Vengan, hijos, escúchenme, les instruiré en el temor
del Señor. Corran mientras tengan la luz de la vida, antes que les
sorprendan las tinieblas de la muerte”.”
61.- “Y buscando el
Señor a su obrero entre la gente a la que dice estas cosas insiste:
“¿Hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad?”. Si
tú, oyéndolo, respondes: Yo, te dirá Dios: “Si quieres tener una
vida feliz y eterna, guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad.
Apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella”.
Y cuando obren así, me fijaré en ustedes y escucharé sus súplicas.
Antes que me invoquen , les diré: “Aquí estoy”. Amadísimos
hermanos, ¿encontraremos algo más dulce que esta voz del Señor que
nos invita? El Señor mismo, en su bondad, nos enseña el camino de
la vida.
62.- “Ceñida, pues,
la cintura con la fe y la observancia de las buenas obras, sigamos su
camino, guiados por el Evangelio, para que merezcamos ver a quien nos
ha llamado a su reino. Si queremos habitar en su reino, no llegaremos
a él si no adelantamos en buenas obras. Pero preguntemos al Señor
con el profeta diciéndole: ¿Señor, quién puede hospedarse en tu
tienda y habitar en tu monte santo? (en el vientre de María, como Jesús)
Y oigamos, hermanos, al Señor que nos responde y nos enseña el camino
de su casa diciendo: El que procede honradamente y practica la justicia.
El que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua. El que
no hace mal a su prójimo ni difama al vecino. El que, cuando el diablo
malvado le insinúa algo, considerándole despreciable, rechaza de su
corazón al diablo con su insinuación y, agarrando hasta sus más pequeños
pensamientos, los estrella contra Cristo. Quienes, temiendo a Dios,
no se engríen por su buena conducta sino que, sabiendo que las buenas
cualidades en ellos existentes no proceden sino del Señor, ensalzan
a Dios que actúa en ellos, diciendo como el profeta: No a nosotros.
Señor, no a nosotros, sino a tu nombre, da la gloria. Igual que
el apóstol Pablo no se sobreestimó por su predicación diciendo: Por
la gracia de Dios soy lo que soy. E insiste: El que se gloría que se
gloríe en el Señor.
63.-"Por eso dice
el Señor en el Evangelio: El que escucha estas palabras mías
y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó
su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos. soplaron
los vientos y descargaron contra la casa. Pero no se hundió porque
estaba cimentada sobre roca. Al decir esto el Señor espera que
a diario respondamos con hechos a sus santos consejos. Pues se nos dan
los días de esta vida como tregua para corregir los vicios; como dice
el apóstol: ¿No sabes que la bondad de Dios es para empujarte a la
conversión? Pues el Señor, compadecido, dice: No me complazco en la
muerte del pecador, sino en que se convierta y viva.”
64.- “Al preguntarle
al Señor, hermanos, por el que ha de habitar en su morada, hemos oído
sus condiciones: cumplir los deberes del morador de su casa. Por tanto,
debemos disponer nuestros corazones y nuestros cuerpos para militar
en la santa obediencia de sus preceptos. Roguemos al Señor nos dé
la ayuda de su gracia para superar lo que exceda a nuestra naturaleza.
Y si, huyendo de las penas del infierno, queremos llegar a la vida eterna,
mientras haya tiempo, estemos en este cuerpo y podamos cumplir todas
estas cosas a la luz de la vida, debemos apresuramos y poner por obra
lo que eternamente más nos aprovechará.”
65.- “Vamos a instituir,
pues, una escuela del servicio divino. En ella no esperamos establecer
nada duro ni penoso. Pero si, cuando sea conveniente, para enmendar
los vicios y conservar la caridad, se presenta algo un poco más severo
que de ordinario, no abandones en seguida, asustado, el camino de la
salvación, que necesariamente ha de iniciarse con un comienzo estrecho.
Pues al progresar en (este modo de vida) y en la fe, dilatado el corazón,
se corre con una dulzura de amor indecible por el camino de los mandatos
de Dios. Así, pues, no apartándonos nunca de su magisterio y perseverando
en su doctrina en el (estado de vida en que nos encontremos) hasta la
muerte, participemos con nuestra paciencia en los sufrimientos de Cristo,
para que también merezcamos compartir con él su reino. Amén.”
66.-Señala San Juan Casiano
que el Hijo Pródigo, ha comido las bellotas que comían los puercos,
equivalente al sórdido manjar de los vicios, que incluso le eran negados
para hartarse, luego vuelve en sí, viéndose reducido a condición
de esclavo reconoce que debe volver a la casa paterna, y ya en
el camino prueba la dulzura de la bondad y la misericordia del Señor,
que sale a su encuentro y no lo hace siervo ni esclavo, sino hijo predilecto
dueño de cuanto tiene el Padre. En esta escala subimos hacia la caridad
perfecta a la que nos convoca el Padre, al amor que excluye todo temor.
De la fe y la esperanza a la caridad. “Para que, instalándonos en
el afecto del bien por sí mismo, permanezcamos adheridos a él inmutablemente,
en cuanto es posible a la humana naturaleza”, dice Casiano en sus
Colaciones.
67.- A través de la Compunción del Corazón que se adquiere mediante la viva meditación y reflexión de la pasión de Cristo desde la persona total e inmaculada de María, en la vida de los sacramentos se entra en posesión de la caridad, que hace de esclavos a hijos y confiere la Imagen y Semejanza de Dios.
68.- Es la confianza en
el auxilio de Dios la que nos merecerá desde el corazón de María
estas disposiciones, no la presunción que podríamos concebir de nuestros
esfuerzos personales. El alma que posee la caridad deja la condición
servil que se caracteriza por el temor y abandona el deseo mercenario
de la esperanza y de allí llega a la adopción de hijo, donde ya no
existe temor ni deseo, pues reina para siempre la caridad que no muere
jamás.
68.- “Todo aquel que
ha llegado por la caridad a convertirse en Imagen y Semejanza d Dios,
se complace en adelante en el bien por sí mismo”, dice Casiano.
69.- En este estado el
alma puede cantar con el Rey David: “Tu rompiste mis atadura; te sacrificaré
una ofenda de alabanza” (Sal. 95, 16 ss.) y la prueba de esta libertad
es precisamente en que con toda entrega es capaz de cumplir el triple
precepto de Cristo en el que enmarca la perfección. Es capaz de amar
a sus enemigos, de hacer el bien al que le odia y de orar por los que
lo persiguen y calumnian (Mt 5, 44), de lo cual se desprende que precisamente
ello puede ser consecuencia misma de cumplir la ley de Dios, ya que
Cristo dijo que el mundo odiará a los que le sigan.
70.- El Señor dice que
los perfectos, esto es, aquellos que ya han sido liberados por cargar
su cruz de cada día y que son sus amigos, ya no sus siervos y que son
dignos de Él y que eso lo manifiestan por amar a sus enemigos, hacer
el bien a los que los odian y orar por los que los persiguen y calumnian,
tienen la perfección como la del Padre Celestial, “para que seáis
hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, que hace salir el sol
sobre buenos y malos y llover sobre justos e injustos” .
71.- Es la caridad la
corona de la virtud que se expresa precisamente en la longanimidad de
la persona, y en el santo temor –no el temor que procede del miedo
por el castigo del que habla el Señor cuando dice que si alguien le
van a temer sea a aquel que es capaz de quitar la vida y luego de arrojar
al infierno— de aquel que procede del amor. Es aquel al que se refiere
el Rey David cuando dice: “Temed al Señor todos sus santos, porque
nada falta a los que le temen” (Sal. 33, 10).
72.- La promesa es que
si hemos avanzado en la compunción del corazón hasta la virginidad
de Espíritu en María, el profeta Isaías nos dice que “Le llenará
el espíritu del temor del Señor”, el cual tiene como naturaleza
el amor, que en esta vida se expresa en aquella disposición sublime
de vigilancia perfecta, como si se hubiese desarrollado un sentido extra
o más bien, que es el sentido del alma llena del amor de Dios, por
el cual la persona vive en todo momento buscando todo aquello que agrada
al amado y rechazando todo aquello incluso los más pequeño, que pueda
ofender a aquel que tanto nos ama. Se ha llegado entonces a la corona
de la compunción perfecta, el dolor de amor por el cual el alma se
percata que por más que busca no ofender, lo hace por el solo hecho
de que otro ser humano lo haga y que con nada de lo que haga puede expresarse
para agradar en proporción al amor que Dios le ha tenido, por lo que
solamente le queda transformarse en María y con Ella en Cristo, ya
que solamente en Él el Padre se complace eternamente. Es la caridad
perfecta que nos revela Dios por medio de San Pablo.
IV. La imagen de Cristo en el hombre nuevo
Expuesto todo lo anterior,
es necesario anotar un resumen acerca de cómo ocurre la transformación
de la vida del hombre nuevo en la gracia.
Señala el padre Antonio
Royo Marín. (La Virgen María. BAC. 1997 p. 272) que “así
como en el orden natural podemos distinguir en la vida del hombre cuatro
elementos fundamentales a saber: el sujeto, el principio formal de su
vida, sus potencias y sus operaciones, de manera semejante encontramos
en todos esos elementos en el organismo sobrenatural. El sujeto es el
alma; el principio formal de su vida es la gracia santificante; las
potencias sobrenaturales son las virtudes infusas y los dones del espíritu
santo, y las operaciones son los actos de esas virtudes infusas”.
Estas virtudes infusas ordenan las potencias al fin de la vida cristiana y son las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad. Las siguientes virtudes infusas existen con relación a los medios, y son las virtudes morales o cardinales, que son: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
Las virtudes cardinales
responden al orden de la gracia esto es, el fin de la participación
de la divinidad al hombre, y las segundas responden al orden de las
virtudes adquiridas, que perfeccionan el alcance de la finalidad primaria,
respecto de los medios adecuados para ello.
Las virtudes Teologales
Respecto de las virtudes teologales, con ellas se realiza perfectamente la unión inmediata con Dios en la tierra, ya que por la Fe, Dios se nos da a conocer y por su medio nos unimos con Él como Primera Verdad. Por la Esperanzase nos hace desear como Bien supremo, y mediante la Caridad, nos unimos con Él con amor de amistad en cuanto infinitamente bueno en sí mismo.
Ello corresponde perfectamente
con la naturaleza que Dios ha dado al hombre, por la que única y exclusivamente
podemos unirnos con Dios como razón de verdad, mediante la inteligencia
y mediante la razón de bien, mediante la voluntad y esta última tiene
la apropiación de bien para nosotros, mediante la operación de la
esperanza y de amable en sí mismo, mediante la caridad.
Así, la Fe es una virtud sobrenatural infundida por Dios en el entendimiento por la cual asentimos firmemente a las verdades divinamente reveladas apoyados en la autoridad o testimonio del mismo Dios, que no puede engañarse ni engañarnos.
Mediante la Esperanza confiamos con plena certeza alcanzar la vida eterna y los medios necesarios para llegar a ella apoyados en el auxilio omnipotente de Dios.
Asimismo, la Caridad sobrenatural es la virtud teologal, superior a la Fe y a la Esperanza (I. Cor. 13, 13), infundida por Dios en la voluntad por la que amamos a Dios por sí mismo sobre todas las cosas y a nosotros y al prójimo por Dios. Por ello se trata de una virtud estrictamente sobrenatural, sin la cual, todos los actos carecen del valor sobrenatural, como lo expresa San Pablo, esto es, todo acto que no ha sido hecho por el amor de Dios, por grande que parezca a los hombres, no tiene valor sobrenatural ni sirve de algo al hombre, ni siquiera a su prójimo, por lo que al parecer del Apóstol de las gentes, es igual a hacer nada (I. Cor. 13, 1-3).
Señala el Catecismo Oficial de la Iglesia Católica (2013) “Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad’ (LG 40). Todos son llamados a la santidad: ‘Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).
Las virtudes teologales
tienen por objeto inmediato al mismo Dios, con los actos correspondientes
de creer, esperar y amar.
Virtudes cardinales, dones y frutos del Espíritu Santo, bienaventuranzas y obras de misericordia.
Como ha quedado establecido, adicional a las virtudes teologales, Dios infunde en el alma justificada por la Gracia otra serie de energías sobrenaturales para obrar virtuosamente según las exigencias de la vida divina que crece y se desarrolla en la persona. Se llaman virtudes morales o cardinales.
Es preciso aclarar que
la diferencia entre las virtudes teologales, que tienen por objeto inmediato
a Dios mismo, las virtudes morales inclinan y disponen a las potencias
del hombre, inteligencia y voluntad, para seguir el dictamen de
la razón iluminada por la Fe con relación a los medios conducentes
al fin sobrenatural. Las virtudes morales recaen sobre los medios
más oportunos para llegar al fin que es Dios. Sirven para practicar
de manera cada vez más perfecta la vida en las virtudes teologales.
Son numerosas, pero la escritura pondera las siguientes: prudencia,
justicia, fortaleza y templanza.
Prudencia sobrenatural.
Es una virtud especial
infundida por Dios en el entendimiento práctico para el recto
gobierno de nuestras acciones particulares en orden al fin sobrenatural.
Controla al sujeto y al modo de ejercer las virtudes teologales y el
resto de las virtudes cardinales por razón del propio sujeto, para
que el acto sea a su debido tiempo y teniendo en cuenta todas
las circunstancias. Es el timón de la nave donde viajan todas las virtudes.
Justicia sobrenatural.
Como virtud cardinal no
se le considera en su sentido bíblico, que es sinónimo de santidad,
sino como virtud especial. Se define como una virtud sobrenatural que
inclina constante y perpetuamente a la voluntad a dar a
cada uno lo que le pertenece estrictamente.
La justicia está integrada
por: hacer el bien y evitar el mal. Se subdivide en tres especies:
justicia legal, justicia distributiva y justicia conmutativa. Sus principales
virtudes derivadas son: Religión: con respecto a Dios;
Piedad: con respecto a los padres, los hijos, los hermanos, los esposos,
los niños y los ancianos, y el prójimo en general, así como al cumplimiento
de las obligaciones que se derivan de las leyes de los hombres correspondientes
al país en que se ha nacido. Obediencia: con respecto a los superiores
legítimos, que excluye la obediencia a cometer pecado o por encima
del amor a Dios; Gratitud: por los beneficios recibidos y la amistad
o afabilidad en el trasto con el prójimo.
Fortaleza sobrenatural.
Es un hábito sobrenatural
que robustece el ánimo para enfrentar con energía los mayores peligros
o dificultades en el camino de la virtud, sin desfallecer ante los más
duros trabajos.
Los dos actos que constituyen a la fortaleza son: atacar y resistir. “Unas veces hay que atacar para la defensa del bien, y otras resistir con firmeza los asaltos y dificultades, para no retroceder un paso en el camino emprendido. De estos dos actos el principal y más difícil es el de resistir o soportar las dificultades sin desfallecer. Por eso, el acto del martirio , que resiste hasta la muerte antes que abandonar el bien, constituye el acto principal de la virtud de la fortaleza” (Royo Marín, Op. Cit. p, 296). Las virtudes derivadas de la fortaleza o partes potenciales son: magnanimidad o grandeza del alma, que se manifiesta al perdonar los agravios cometidos en contra de uno y ofrecer sacrificios por los que los cometen. Sigue la paciencia y longanimidad, que consiste en sobrellevar con el silencio prudente, pero sin agraviar a la justicia y la defensa del bien que procede de cumplir el primer mandamiento de la ley de Dios, de manera heroica y callada las privaciones y sufrimientos que Dios permita que suframos.
Asimismo, la perseverancia,
que consiste en el cumplimiento firme y constante de la voluntad de
Dios expresada en los 10 mandamientos y en los consejos del Evangelio.
Templanza sobrenatural.
Es lo mismo que moderación y tiene por objeto, como virtud especial infundida por Dios, moderar la inclinación de la naturaleza humana hacia las cosas deleitables, sobre todo hacia los placeres del gusto y del tacto, conteniéndolos dentro de los límites de la razón iluminada por la fe. Esta nos hace usar de los placeres lícitos con un fin honesto y sobrenatural, en la forma señalada por la Ley de Dios a cada uno según su estado de vida y condición. La templanza inclina a la mortificación incluso de muchas cosas lícitas, para mantenernos alejados del pecado y tener perfectamente sometida a la vida pasional.
Las virtudes derivadas
de la templanza son: la abstinencia, la castidad, la mansedumbre, la
clemencia y la humildad.
Los Dones del Espíritu Santo.
Son perfecciones sobrenaturales, regalos de Dios por las cuales el hombre se dispone a obedecer prontamente a la inspiración divina, la cual es un impulso y moción especial del Espíritu Santo, no como una invitación sobrenatural de Dios, común, a hacer algún bien o a evitar algún mal, sino un impulso venido de Dios de forma directiva para ejecutar lo que en el aquí y en el ahora, Dios mueve al alma.
Son hábitos, no solo
actos o disposiciones dadas transitoriamente y son infundidos por Dios
para que obre de modo sobrehumano con cierta connaturalidad a las cosas
divinas y con cierta experiencia de ellas, como movido por instinto
del Espíritu Santo, que exigen en el hombre y le disponen para ser
una disposición habitual para obrar.
Los dones del Espíritu
Santo son diversos y distintos de las virtudes infusas y adquiridas.
Las virtudes adquiridas ven el objeto como susceptible de ser dirigido
por las reglas del conocimiento y de la prudencia adquiridas. Las virtudes
infusas ven al objeto como dirigible por las reglas del conocimiento
y prudencia igualmente infusas, esto es, por la luz de la fe y de la
gracia, pero siempre conforme al modo y capacidad humana, o sea con
la razón que especula, delibera y aconseja.
En cambio los dones del
Espíritu Santo ven su objeto como asequible de un modo más alto, esto
es, por afecto interno y especial instinto del Espíritu Santo, fuera
de las leyes de la especulación y de las reglas de la prudencia.
Los dones del Espíritu
Santo o bien se ordenan o mueven a obras extraordinarias por razón
de la fe , que no suelen ocurrírsele a los fieles, o bien y con
mayor frecuencia, a materia ordinaria de las virtudes, pero de modo
extraordinario o sin previo examen.
Es a través de la virtud
teologal o cardinal correspondiente, que los dones del Espíritu Santo
influyen sobre todas las demás virtudes derivadas de aquellas, de manera
que no hay una sola virtud sobrenatural, ya sea directamente, o a través
de alguna teologal o cardinal, deje de recibir la influencia de alguno
o de algunos de los dones de Espíritu Santo.
Una mis a virtud puede
recibir la influencia de varios dones en distintos aspectos; así como
un mismo don puede dejarse sentir, en diversos aspectos, sobre varias
virtudes distintas.
De esta manera la influencia de los dones del Espíritu Santo abarca por completo todo el panorama de las virtudes sobrenaturales o infusas, haciendo que sus actos se produzcan con una modalidad sobrehumana, heroica y divina, que jamás hubiera podido alcanzar por sí misma, desligada de la moción divina de los dones.
Por ello es imposible
alcanzar la santidad o plena perfección cristiana fuera del régimen
habitual o predominante de los dones del Espíritu Santo, que
es lo propio y característico de la vida mística.
Son siete los dones del
Espíritu Santo según Isaías (II, 2-3): entendimiento, sabiduría,
ciencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios.
Don de temor de Dios.
Es un hábito sobrenatural
por el cual el justo, bajo el instinto del Espíritu Santo, adquiere
docilidad especial para someterse totalmente a la divina voluntad, por
amor y reverencia a la excelencia y majestad de Dios, que puede infligirnos
la separación de Él.
Don de Fortaleza.
Des un hábito sobrenatural que robustece al alma para practicar, por instinto del Espíritu Santo, toda clase de virtudes heroicas con invencible confianza en superar los mayores peligros o dificultades que puedan surgir. Se diferencia de la virtud de la fortaleza, tanto adquirida como infusa, en cuanto que ésta obra según las comunes reglas de la prudencia natural o sobrenatural, conforme a las cuales mide y calcula sus fuerzas y acciones naturales y sobrenaturales. El don del Espíritu Santo de la Fortaleza, actúa no midiendo las fuerzas y acciones conforme a la prudencia, sino obrando conforme a las fuerzas y el brazo de Dios, de un modo sobre humano y fuera de todas las reglas de prudencia aún infusa.
Mientras la fortaleza
adquirida o infusa, tiende a lo arduo y a lo difícil conforme
a las reglas de la prudencia y al modo humano y capacidad del sujeto,
contando con la defectibilidad y flaqueza de sus fuerzas y su
miedo, lo cual es causa de que el ejercicio de la virtud fracase,
esto es el sujeto mismo, el don del Espíritu Santo consolida la debilidad
del sujeto y expulsa todo temor y por moción del Espíritu Santo obra
como si la virtud y energías divinas fueran propias.
Los efectos que produce
el don de la Fortaleza son: Energía inquebrantable en el alma
en la práctica de la virtud. Destruye completamente la tibieza
en el servicio y la entrega a Dios de la persona y de los bienes que
posea. Convierte al alma en intrépida y valiente ante toda clase
de peligros o enemigos. Hace soportar con facilidad los mayores dolores
y humillaciones con gozo y alegría. (No implica callarse la defensa
de Dios y de su ley, salvo las precauciones advertidas por el Señor,
de no echar lo santo a los perros ni las perlas a los puercos y de ser
prudentes como las serpientes y mansos como las palomas). Proporciona
al alma el heroísmo de lo pequeño, además del heroísmo de lo grande.
Don de Piedad.
Es un hábito sobrenatural, infundido con la gracia santificante, para excitar en la voluntad, por instinto del Espíritu Santo, un afecto filial hacia Dios considerado como Padre y un sentimiento de fraternidad universal hacia todos los hombres en cuanto hermanos nuestros e hijos del mismo Padre. Es indispensable para perfeccionar hasta el heroísmo la materia de la virtud de la justicia y sus derivadas, principalmente la religión y la piedad.
Pone en el alma una ternura
magnánima y abundante hacia el Padre que está en los cielos. Nos hace
adorar el misterio de la paternidad intratrinitaria. Pone en el alma
un abandono filial en los brazos del Padre. Nos hace ver al prójimo
como hijo de Dios y hermano de Cristo, y ver por su salvación. Mueve
al amor y devoción a las personas o cosas que participan en la paternidad
de Dios y de la fraternidad cristiana: la Virgen María, los ángeles,
las almas del purgatorio, el Papa, los superiores, el cumplimiento de
las leyes de los hombres, ; las sagradas escrituras, la Santa Misa y
lo que sirve a su celebración, impulsando en nosotros la entrega al
sagrado misterio y suscitando un dolor por los agravios que se cometan
en esta materia.
Don de Consejo.
Es un hábito sobrenatural
por el cual el alma justa, bajo inspiración del Espíritu Santo, juzga
rectamente, en los casos particulares, lo que conviene hacer en orden
al fin último y sobrenatural. Perfecciona la virtud de la prudencia,
en casos repentinos, imprevistos y difíciles de resolver, que
requieren de una solución rápida, que no podría dar la simple virtud
de la prudencia con su procedimiento humano, lento y discursivo.
Preserva al alma del peligro
de una falsa conciencia. Resuelve con seguridad infalible y acierto,
multitud de situaciones difíciles e imprevistas. Inspira los medios
más oportunos para dirigir santamente a los demás, en el ejercicio
de su responsabilidad cuando tiene gobierno sobre otros. Aumenta la
docilidad y sumisión a los legítimos superiores.
Don de Ciencia.
Es un hábito sobrenatural,
infundido con la gracia, por el cual la inteligencia del hombre, bajo
la acción iluminadora del Espíritu Santo, juzga rectamente de las
cosas creadas en orden al fin sobrenatural. Es necesario para que la
virtud de la Fe pueda llegar a su plena expansión y desarrollo. “No
basta conocer la verdad –aunque sea con esa penetración profunda
que proporciona el don del entendimiento..--; es preciso que se nos
de también un instinto sobrenatural para descubrir y juzgar rectamente
de las relaciones de esas verdades divinas con las cosas creadas, principalmente
con el mundo natural y sensible que nos rodea”. (Royo Marín. Op.
Cit. p. 320)
Efectos: Nos enseña a
juzgar rectamente de las cosas creadas en orden a Dios. Nos guía
certeramente acerca de lo que tenemos que creer o no creer. Nos
hace ver con prontitud y certeza el estado de nuestra alma. Nos inspira
el modo más acertado de conducirnos con el prójimo en orden a la vida
eterna. Nos desprende de las cosas de la tierra. Nos enseña a usar
santamente de las criaturas y cosas de la tierra, en orden al fin sobrenatural
de amar a Dios. Nos llena de contrición, compunción del corazón y
arrepentimiento de nuestros pasados errores.
Don de Entendimiento.
Es un hábito sobrenatural,
infundido con la gracia santificante, por el cual la inteligencia del
hombre, bajo la acción iluminadora del Espíritu Santo, se hace
apta para una penetración intuición de las verdades reveladas especulativas
y prácticas y hasta de las naturales en orden al fin sobrenatural.
Más que el don de la
ciencia es indispensable para que la virtud teologal de la Fe llegue
a su expansión y desarrollo. Por mucho que se ejercite la fe al modo
humano y discursivo, que e la vía ascética, nunca se podrá perfeccionar
ni desarrollar, ya que se requiere de modo indispensable e insustituible
la acción del don del entendimiento, que es la vía mística,
esto es, infundido por Dios.
“El conocimiento humano
es de suyo discursivo, por composición y división, por análisis y
síntesis, no por simple intuición de la verdad. De esta condición
general del conocimiento humano no escapan las virtudes infusas al funcionar
bajo el régimen de la razón y a nuestro modo humano (ascética) .
Pero siendo el objeto primario de la Fe la Verdad Primera manifestándose
(o sea, el mismo Dios hablando), que es una realidad simplicísima,
el modo discursivo, complejo de conocerla, no puede ser más inadecuado
ni imperfecto. La Fe de suyo es un hábito intuitivo, no discursivo;
y por eso, las verdades de la fe no pueden ser captadas en toda su limpieza
y perfección (aunque siempre en el claroscuro del misterio) más que
por el golpe de vista intuitivo y penetrante del don del entendimiento.
O sea cuando la fe se haya liberado enteramente de todos los elementos
discursivos que la impurifican y se convierta en una fe contemplativa
o intuitiva. Entonces se llega a la fe pura, tan insistentemente recomendada
por San Juan de la Cruz como único medio proporcionado para la unión
de nuestro entendimiento con Dios”. “..le hace penetrar
en las verdades reveladas de una manera tan profunda y se las manifiesta
con tal claridad que, sin descubrirle del todo el misterio –cosa reservada
a la visión beatífica-- le da una seguridad inquebrantable de
la verdad de nuestra fe”. (Royo Marín. Op. Cit. p. 323).
Don de Sabiduría.
Es un hábito sobrenatural,
inseparable de la caridad, por el cual el alma juzga rectamente de Dios
y de las cosas divinas por sus últimas y altísimas causas bajo instinto
especial del Espíritu Santo, que se las hace saborear por cierta connaturalidad
y simpatía. Es el más perfecto de los dones y es el encargado de llevar
a su perfección a la primera y más excelente de todas las virtudes:
la caridad.
Por ser la caridad la
virtud más excelente, la más perfecta y divina, está reclamando y
exigiendo por su misma naturaleza, la regulación divina del don de
la sabiduría.
Sin la sabiduría, la
caridad se asfixiaría, limitada a los estrechos senderos humanos, ya
que se le imponen cargas de prudencia y mezquindades de intereses, incluso
muy apoyados por citas de la escritura para asfixiarla en su excelencia
divina sin ataduras.
Efectos: Proporciona a
los que la aman y le abren su corazón el sentido divino, de eternidad
con que juzgan todas las cosas. Hace vivir de un modo enteramente divino
los misterios de nuestra fe. Hace vivir en sociedad con las tres divinas
personas, mediante una participación inefable de su vida trinitaria.
Lleva hasta el heroísmo la virtud de la caridad. Proporciona a las
demás virtudes el último rasgo de perfección y acabamiento, haciéndolas
verdaderamente divinas.
Los Frutos del Espíritu Santo.
Los frutos del Espíritu
Santo y las Bienaventuranzas, son actos exquisitos de virtud procedentes
de los mismos dones del Espíritu Santo. Estos frutos se producen cuando
el alma del cristiano corresponde dócilmente al la moción del
Espíritu Santo. Sin embargo hay que aclarar que no todos los actos
que proceden de la gracia tienen razón de frutos, sino únicamente
los más excelsos, que llevan consigo cierta suavidad y dulzura; son
actos procedentes de los dones del Espíritu Santo. Al mismo tiempo
que son frutos con relación a la vida temporal, “son flores
con relación al fruto final de la vida eterna, que ya anuncian y que
hacen pregustar al alma” (Royo Marín. Op. Cit. p. 239).
Son menos perfectos que las bienaventuranzas; todas las bienaventuranzas son frutos, pero no todos los frutos son bienaventuranzas.
Son actos virtuosos del
hombre santificado y en su calidad de frutos son últimos y deleitables.
Son el preludio de la felicidad eterna. Son contrarios de manera absoluta
a las obras de la carne.
Caridad.
Siendo la reina de las
virtudes, cuando los actos de caridad se producen con suavidad y dulzura,
constituyen el fruto del Espíritu Santo.
Gozo Espiritual.
Es uno de los tres principales
efectos internos que produce la caridad. Es una felicidad suave y permanente
que procede de la pureza de conciencia y de la elevación del alma a
las cosas dignas.
Paz.
Siendo que la paz es obra
de la justicia, en cuanto que esta aparta obstáculos y de manera directa
procede de la caridad porque esta causa o produce la paz por su propia
razón, ya que siendo la caridad la virtud unitiva por excelencia, de
esta unión con Dios brota la paz.
Longanimidad.
Como virtud derivada de
la fortaleza que da firme ánimo para tender a algo bueno que está
lejano, cuya consecución se hará esperar por algún tiempo, como fruto
es la espera deleitosa del que ha llegado a ese momento de esperar al
amado, sin otra cosa más que esperar a que llegue.
Afabilidad.
Como fruto del Espíritu
Santo es deleitable en su ejercicio cuando se trata con los semejantes.
Bondad.
Es el gozo al vivir con
el prójimo la sencillez, la amabilidad, la complacencia, con un particular
cuidado con gozo de servir a los demás y de no dañarles, con generosidad,
magnanimidad y desinterés. El trato no es brusco, su tono de voz no
es imperioso. No se contradice con la energía del que denuncia o amonesta,
sino que encuentra el medio de diferenciar lo que es una cosa y otra
con el mismo prójimo. No escatima su tiempo cuando se trata de ponerlo
al servicio del prójimo, sobre todo cuando se trata de su salvación.
Fe.
Es una particular seguridad y firmeza que causa en el alma un gozo y deleite inefable al contemplar lo que la virtud teologal del mismo nombre le ofrece.
Mansedumbre.
Es el gozo del alma por
hacerse tratable por todos los demás, incluso por los enemigos de la
fe y los pecadores, aunque se haya ejercitado con ellos la denuncia
profética o la amonestación. Es hacerse todo para todos.
Templanza.
Se expresa en el gozo
del alma del cristiano en vivir la modestia, que consiste en cohibir
y restringir los apetitos desordenados de la concupiscencia. El goce
es como el de los vencedores de una guerra. Asimismo es el gozo
en vivir la continencia, mediante la privación del placer. Alcanza
su perfección al adquirir la virginidad de espíritu, participada por
María al que se la pide. Además consiste en el gozo del alma del cristiano
por vivir la castidad, que consiste en el recto uso de las cosas lícitas,
para referirlas a Dios para su mayor gloria. Esto se hace de modo permanente,
en forma de hábito y de acto siempre en ejercicio. Lo primero es de
los bienaventurados, lo segundo de los justos en la tierra, lo tercero
es lo que debemos procurar adquirir los cristianos, hasta lograrlo siempre.
Las Bienaventuranzas Evangélicas.
Los hechos que constituyen
las bienaventuranzas expresadas por Nuestro Señor Jesucristo son el
punto culminante y coronamiento definitivo en la tierra, de toda la
vida cristiana. La vida en el Reino de Dios tiene una progresión gradual
fundada en las obras sobrenaturales de virtud. Primero son los actos
virtuosos comunes bajo el influjo de la gracia actual y poseyendo el
hábito de las virtudes infusas, pero que siempre se realizan por el
cristiano en su modalidad humana.
En segundo lugar se encuentran
los actos virtuosos procedentes de los dones del Espíritu Santo, con
su modalidad divina y sobrehumana. Estos actos pueden ser de dos clases.
La primera clase es la de los actos se producen con madurez, facilidad
y gusto y corresponde a los frutos del Espíritu Santo. La segunda
clase es la de los actos como virtudes heroicas, cuando la acción de
los dones es desbordante y dominadora, constituyen actos exquisitos,
maduros y deleitables en grado excelso, y son los que constituyen a
las bienaventuranzas evangélicas. Son como el anticipo del goce de
la visión de Dios.
Lo mismo que los frutos
del Espíritu Santo, no son hábitos sino actos. Y cada uno de ellos
lleva consigo una recompensa inefable. Santo Tomás de Aquino
explica que los actos de las bienaventuranzas se indican como méritos
y son preparaciones o disposiciones para la felicidad perfecta o incoada.
Las bienaventuranzas que Cristo ha señalado como premios, pueden
ser en sí mismas o la bienaventuranza perfecta, y es cuando se refiere
a la vida futura, o alguna incoación de la bienaventuranza que
se da en las almas perfectas, y entonces pertenecen como premios a la
vida presente, ya que cuando el cristiano empieza a progresar en los
actos de las virtudes y de los dones, puede esperarse de él que llegará
a la perfección de esta vida y a la del cielo.
El premio de las bienaventuranzas
se inicia en esta vida y se consumará de modo perfecto en el cielo.
“Todos los premios se
consumarán perfectamente en la vida futura; pero, entre tanto, también
se iniciarán de algún modo en esta. Porque el reino de los cielos
puede entenderse, dice San Agustín, como el principio de la sabiduría
perfecta, cuando empieza a reinar en ellos el espíritu. La posesión
de la tierra señala también el buen afecto del alma que reposa por
el deseo en la estabilidad de la herencia perpetua, significada por
la tierra. Son consolados también en esta vida, participando del Espíritu
Santo, que es el Paráclito, es decir, el Consolador. Y son saciados,
aún en esta vida con el alimento del que habla el Señor: “Mi comida
es hacer la voluntad de mi Padre” (Jn. 4, 34). También en esta vida
consiguen los hombres la misericordia de Dios, y, también en este mundo,
purificada la visión del ojo por el don del entendimiento, pueden de
algún modo ver a Dios. Y, finalmente, los que pacifican en esta vida
sus deseos y movimientos, asemejándose cada vez más a Dios, se llaman
y son verdaderamente hijos de Dios. Todo esto, no obstante, se realizará
de un modo más perfecto en la gloria”. (Santo Tomás de Aquino. Citado
por Royo Marín. Op. Cit. p, 339).
Cristo pone en primer lugar la libertad frente a los obstáculos que impiden la unión con Dios, por eso enumera primero las riquezas y los honores, para de allí avanzar hacia la perfección que se corona con la persecución por su causa.
De los Pobres de Espíritu
es el reino de los cielos (Mt. 5, 3).
Consiste en tener el corazón
perfectamente desprendido de las cosas de este mundo, se incluye la
negación de sí mismo, sin la cual no se puede aspirar a la vida eterna
y es tan radical la exigencia de Cristo, que incluye la no apropiación
de personas y afectos a la par o por encima del Reino de Dios. Quien
ame más a su padre a su madre, a su esposa o a sus hijos, no es digno
de Cristo. El que coloque cualquier posesión de su voluntad a la par
o por encima de la posesión de Dios no puede poseer el premio, que
es el reino e los cielos.
Cabe señalar que respecto
de los bienes materiales, es más propicia la pobreza material que la
posesión de riquezas para obtener la felicidad de los pobres de espíritu
y poseer el reino de los cielos, ya que es muy difícil a los ricos
entrar en el reino (Mt. 19, 23); quien haya recibido el consuelo del
dinero, no recibirá por ello el Reino de los cielos (Lc. 6, 24);
y no se puede servir a Dios y al dinero (Lc. 16, 13). Por razón natural
es más fácil no apegarse a las riquezas y a los bienes de la tierra
cuan do no se tienen , que desprenderse de estas cuando se poseen
y es más fácil caer en la avaricia cuando se tienen las riquezas y
caer con ello en la idolatría como dice San Pablo.
Los Mansos de Corazón poseerán la tierra (Mt. 5, 4)
La mansedumbre existe en la vida del cristiano, como virtud y como fruto del Espíritu Santo, pero también es un acto excelso de la corona de la vida cristiana, como bienaventuranza. Su contrario es la voluptuosidad, que consiste en seguir la satisfacción de las pasiones del apetito irascible y del concupiscible. “Del desorden de las pasiones irascibles retrae la virtud de la mansedumbre según la regla de la razón; pero los dones del Espíritu Santo lo retraen de un modo más excelente, hasta el punto de que el hombre, conformándose del todo con la voluntad divina, permanezca completamente tranquilo con relación a ellas”; se requiere de violencia contra nuestras inclinaciones (Lc. 16, 16) para obtener la mansedumbre de Cristo (Mt. 11, 29) y saborear la suavidad de su yugo, porque que nos pide que aprendamos de Él . “Manso es aquel a quien no se le pega el rencor ni la ira, sino que todo lo sufre con ecuanimidad”. (Royo Marín Op. Cit. p, 341-342). No se refiere a la energía y la determinación, firmeza de la voz e incluso ironía para afrentar al enemigo de la Fe, cuando así se requiera, o al ejercicio de la amonestación conforme a lo dicho en el caso de la Piedad.
Los que lloran serán consolados (Mt. 5, 5).
Esta bienaventuranza,
como las dos anteriores, implica la renuncia de algo que pertenece a
la vida voluptuosa, que expresa su conformidad con la carne y el mundo
mediante la risa por el desenfreno de toda clase de placeres pecaminosos.
Mientras la virtud retrae de los placeres ilícitos y modera los lícitos
por la regla de la razón, el don del Espíritu Santo mueve a
la renuncia total e incluso se abraza voluntariamente del llanto, que
es expresión corporal del acto de la compunción del corazón, que
siente un profundo dolor por sus pecados por haber ofendido a Dios que
tanto nos ama y que merece nuestro amor, y por los pecados de los hombres,
e incluso se duele por la indiferencia y desamor para Dios por parte
de la humanidad en general.
Los que tienen hambre y sed de Justicia serán saciados (Mt. 5, 6).
Justicia equivale a santidad.
Se trata del deseo ardiente de perfección y santidad. Existen varios
niveles en este deseo, como el desear alcanzar un mayor grado de gloria
en el cielo; desear cumplir el mandato de Cristo que quiere que seamos
santos y olvidarse completamente e sí mismo y no tener por objetivo
sino la mayor gloria de Dios con nuestra santificación. Este
último es el acto perfecto en que consiste la bienaventuranza. Para
que el acto sea perfecto, requiere que sea sobrenatural, procedente
de la gracia divina y orientado a la mayor gloria de Dios; debe ser
un acto profundamente humilde, sin apoyarlo jamás en nuestras propias
fuerzas; debe ser un acto sumamente confiado, ya que si bien nada podemos,
todo lo podemos en Dios (Flp. 4, 13). Debe ser un acto predominante,
esto es más intenso que cualquier otro deseo, el deseo fundamental
de toda nuestra vida. Debe ser constante y progresivo, sin olvidos o
para cuando tengamos tiempo. Debe ser práctico y eficaz, no de un quisiera,
sino de un quiero determinante, enérgico, efectivo y eficaz, que se
traduce en la práctica poniendo todos los medios a nuestro alcance
para conseguir la perfección a toda costa.
Los Misericordiosos alcanzarán misericordia (Mt. 5, 7).
Es una virtud especial
que proviene de la caridad, que nos inclina a compadecernos de las miserias
y desgracias del prójimo y a remediarlas en cuanto dependan de nosotros.
Se trata de la mayor de las virtudes que podemos practicar con relación
al prójimo. Como acto con relación a nosotros, se desprende del agravio
por alguna acción que el prójimo haya cometido y que nos afecte directa
o indirectamente de modo personal, como en el caso del administrador
infiel (Lc. 1, 12). Como acto con relación a la necesidad de otros,
incluyendo a los enemigos y a los desconocidos, consiste en ponerles
el remedio que esté a nuestro alcance, como también nos enseña el
buen samaritano (Lc. 6. 33-36; Lc. 10, 25-37): dar limosna y socorrer
al necesitado. Como acto exquisito de amor a Dios y al prójimo por
Dios, consiste en hacer lo que esté a nuestro alcance para que el prójimo
se salve. Entre los actos para ejercer esta misericordia, se encuentra
el ejemplo que se da con el ser justos delante de Dios y enseguida enseñando
a los demás acerca de las cosas de Dios, así como amonestando al prójimo
cuando se encuentre en el error o en el pecado y denunciando el mal
proceder y el daño, en el marco del ejercicio de la denuncia profética
que con la debida instrucción y los dones de ciencia, consejo, entendimiento
y fortaleza, debemos realizar. Semejante al trabajo de un médico con
un enfermo al que hay que cortarle la pierna para salvar su vida, es
la amonestación y la denuncia profética que hace el cristiano para
salvar a su prójimo.
Los Limpios de Corazón verán a Dios (Mt. 5, 8).
Se trata de la limpieza
de todo pecado y es efecto del don de entendimiento, por el cual el
Espíritu Santo purifica y eleva hasta tal punto la visión espiritual
del alma, que se le permite ver a Dios desde esta vida en todo cuanto
existe. La limpieza de corazón consiste primeramente en estar libre
de todo pecado, enseguida, en estar libre de todo afecto por las cosas
creadas y en grado perfecto, en alcanzar la virginidad de espíritu.
A semejanza de la Santísima Virgen María, que es la criatura original
en la que Dios depositó todos los decretos de la creación y de la
redención, en la medida en que el cristiano cumple debidamente con
sus deberes desde el estado particular en que se encuentra, y se eleva,
por la ordinaria imitación de Cristo desde el seno inmaculado de la
Virgen María y habiendo pedido con suavidad e insistencia el don de
la virginidad de espíritu, la obtendrá de María y se convertirá
en madre de Cristo (Mt. 12, 50), la cual es virgen, lo cual no sería
posible para el cristiano, sin que cumpla debidamente la voluntad de
Dios. El don de lágrimas ha sido señalado, por los padres del desierto,
como un fruto de los que siendo limpios de corazón han alcanzado la
virginidad de espíritu, esto es, aquella semejanza con Dios que tiene
como el tesoro de su identidad la Santísima Virgen María, y de donde
procede su virginidad y que Ella da a quien quiere y que se lo ha pedido,
ya que Ella es el original de toda la creación y de la redención del
hombre, al que han de asemejarse todos los verdaderos hijos de Dios,
tal como Cristo lo hizo, ya que no existe criatura alguna más semejante
a María que Cristo ni mas semejante a Cristo que María, puesto que
uno y otro se tienen por original conforme a la naturaleza, oficio y
misión de cada uno.
Los Pacíficos serán llamados hijos de Dios (Mt. 5, 9).
Los pacíficos son los
que viven la paz de Cristo, que no es como la que da el mundo (Jn. 14
27), ya que por Cristo, hay división y espada y al mismo tiempo existe
paz en quienes viven y sufren la división y la espada por su nombre,
ya que viven la tranquilidad del orden de dar a Dios los que es de Dios.
La paz y la acción pacificadora puede iniciar con la promoción del
no conflicto, pero diferenciando de manera clara y bien determinada,
la calma, el bienestar y tranquilidad que tiene por fundamento
las convenciones entre los hombres o las que procedan de sus acuerdos
de intereses personales, grupales o sociales, y del cumplimiento de
la ley de Dios, de cuyo árbol procede la paz verdadera que tienen los
que son de Cristo. Tiene paz con Dios, la paz verdadera, aquel que cumpliendo
su voluntad, ejerce la denuncia y la amonestación cristianas
y que de estos actos vengan conflictos, señalamientos y persecuciones,
e incluso sea señalado como perverso, agente de discordia, virulento,
agresivo o violento.
De los que padecen persecución por la justicia es el Reino de los Cielos (Mt. 5, 10).
La palabra justicia en
lenguaje bíblico equivale a santidad, el cumplimiento íntegro
y perfecto de la ley de Dios. Justo es lo mismo que santo. Baste decir
que Cristo dijo (Jn. 3, 20) que el que obra el mal, odia la luz y no
viene a la luz por que sus obras no sean reprendidas, y esta es la verdadera
razón de las persecuciones que padecen los justos por parte de los
malvados, los que obran injustamente. Primeramente el hombre justo es
perseguido por las inclinaciones de su naturaleza, hasta que con
una vida virtuosa las vence. Enseguida e perseguido por los recuerdos
de la vida disipada, hasta que con el ejercicio de la virtud los vence.
Asimismo, es perseguido por el demonio con toda clase de tentaciones
y seducciones y con ayuda de Dios vence. También es perseguido por
los hombres, que pueden incluso ser sus hermanos, su madre y parientes,
vecinos y conocidos, frente a lo cual no ceja el ejercicio de la virtud,
de la denuncia, de la amonestación, salvo los casos establecidos por
el mismo Cristo, respecto de aquellos que compara con perros y puercos.
También ejerce la prudencia de las serpientes y huye cuando es necesario
(Lc. 21, 20-22). Las persecuciones son la confirmación de la vida en
Cristo. Esta bienaventuranza no es entendida por los que están en vías
de perdición, por causa de la ceguedad en que se encuentran sumergidos
por el pecado, las preocupaciones del mundo, las riquezas y las ocupaciones
en sí mismos y esto lo advierte San Pablo: “La predicación de la
cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que
se salvan, es fuerza de Dios” ( I Cor. 1, 18).
Los benditos del Padre (Mt. 31-34)
Finalmente debemos señalar
que hay una serie de actos por los que Cristo en persona reconocerá
a los que son de su redil y que son la personalidad y el modo de ser
del cristiano, que habiendo vivido todo lo que hemos expuesto hasta
este momento ha servido a Cristo como Él quiere.
Estos actos son la suma
de toda la virtud y de toda la vivencia del ser sobrenatural que hemos
expuesto: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, hospedar
al peregrino o al que va de camino, vestir al desnudo, visitar al enfermo
y al prisionero.
Además implican a una
serie de actos que son recurrentes en la vida del cristiano y que son
perfectamente señalados por los dones de ciencia, sabiduría y consejo,
para realizarse debidamente y por el influjo de la caridad, que es amar
al prójimo por Dios como a sí mismo.
Así, el hambre, la sed,
la itinerancia, la desnudez, la enfermedad y la prisión, significan,
para cada caso de la vida que corresponda a la necesidad material y
espiritual, la carencia que particularmente debemos remediar en el prójimo,
que es el mismo Cristo.
Sin duda alguna, este
es el llamado definitivo a tomar posesión del Reino de Dios por la
eternidad, a quienes se han revestido de Cristo por María con el traje
de virtudes, dones y frutos que se ha expuesto y que han vivido el Reino
de Dios como se puede vivir en la tierra, esto es la misma vida divina
en la Fe, la Esperanza y la Caridad.
Conclusiones
Amados hermanos: Hemos
expuesto de modo sencillo y claro la ciencia de la salvación, la santificación;
le deificación del hombre; su verdadera liberación y el ejercicio
de los derechos divinos que Cristo nos ganó con su lucha por todos
los hombres que ha habido en la tierra y que habrá hasta el fin del
mundo. La ciencia de la compunción del corazón para alcanzar en su
perfección a la caridad perfecta en la tierra.
Les menciono también
acerca de los guerreros crucíferos, que portan la Cruz de Cristo,
que a mi parecer, desde toda la eternidad y en todos los rincones de
la tierra, tienen vocación para cumplir con lo aquí expuesto, mediante
la práctica silenciosa, resuelta y constante, de lo expuesto.
A estos y a todos cuantos
se interesen en estos temas, les advertimos el riesgo de caer en las
redes de la ideología consistente en la práctica de solo leer este
texto y conformarnos con los sentimientos que vengan después de leerlo.
Es autoengaño. Esa práctica es una tentación del demonio, muy al
modo de ser del hombre, en la que se encuentran sumergidos muchos de
nuestros hermanos, clérigos y ministros muchos de ellos, incluso obispos.
En numerosas diócesis se suele promover sólo el estudio de las cosas
de Dios, impulsando el aumento del conocimiento, pero dejando de lado
la vivencia de los mandatos de Dios, con el riesgo de vivir una herejía
muy antigua que en nuestros tiempos, renovada con materiales nuevos,
tiene gran acogida por muchos prelados y responsables de pastoral, en
el seno de la Iglesia. Tal modo de vida se constituye en sistema
de perdición.
Fe y obras fueron establecidas
para la salvación y quien las separe queda como anatema.
No entrará al Reino de
Dios el que sepa muchas cosas, sino el que sea santo, el justo. La santidad
se obtiene no por muchas lecturas o discursos, ni por muchas palabras
escritas o muchos certificados de cursos, sino por la fe consumada por
obras, por haber cumplido la voluntad de Dios, consistente en el cumplimiento
de los 10 Mandamientos, las 14 obras de misericordia, como lo
enseña Cristo, las cuales realizaremos con toda cabalidad en un estado
de compunción, de don de lágrimas, de corazón puro y de virginidad
del espíritu de que hemos tratado aquí.
No discutimos sobre la
multiplicidad de textos que nos propongan nuestros pastores. Nosotros
creemos que mucho tenemos ya con aprender el Catecismo Oficial de la
Iglesia Católica, el Código de Derecho Canónico y meditar las Sagradas
Escrituras.
En nuestro caso, quien
quiera que sea aquel que se conforme exclusivamente con saber estas
cosas, pero que no las ponga en práctica como una forma de vida diaria,
no tiene la caridad de la que habla San Pablo, y no podrá ser ni portador
de la cruz de Cristo ni del Espíritu Santo, y su acción tiene
grave riesgo de servir a las filas del enemigo, al proponer al medio
como si fuera el fin.
El conocimiento no es
un fin en sí mismo, sino el medio de poner en práctica la voluntad
de Dios, de alcanzar aquella caridad del fuego del Espíritu Santo y
aquel estado de amor a nuestro prójimo a que Cristo nos invita, que
es el mismo que él nos dispensa, para llegar un día a verlo cara a
cara en la vida eterna.
Si queremos servir a Dios
y al prójimo a esto debemos dedicar la mayor parte de nuestro tiempo
al testimonio con obras y no exclusivamente a retacar nuestra cabeza
de conocimientos o de llenar nuestra boca de palabras.
Para nosotros con saber
lo necesario es suficiente. No sea que tal y como ocurre con muchos,
llenos de soberbia nos sintamos superiores a nuestros hermanos y los
despreciemos, utilizando nuestros muchos conocimientos para lograr reconocimientos
humanos, posición económica y nos construyamos nuestro propio altar,
proclamando que lo que realmente sirve a la salvación es cosa del pasado,
constituyéndonos en jueces de nuestros hermanos como ocurre hoy en
día con muchos que lean estas líneas, y que al oponerse se conviertan
en anatemas, como lo señaló San Pablo.
Tengamos esto presente,
no sea que Dios nos diga: “¿Por qué recitas mis preceptos y tienes
siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza, y te
hechas a la espalda mis mandatos? ¿Por qué te fijas en la mota que
tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el
tuyo?”.
También conviene ser
prudente y obrar con consejo de hombres santos cuando haya que denunciar,
con temor de Dios, quien si bien ordena denunciar, también ordena no
juzgar: “Con la vara que midas, serás medido” y “muerte y vida
están en poder de la lengua”. Por ello conviene esforzarse en adquirir
la compunción del corazón, para obtener con ello el discernimiento
de espíritus y aplicarlo primero a nosotros mismos, y luego, impulsados
por el espíritu, para enseñar a los demás.
Hagamos lo que dice el
profeta: “Yo me dije: vigilaré mi proceder para que no se me vaya
la lengua, pondré una mordaza a mi boca. Guardé silencio resignado,
no hablé con ligereza”.
No nos oponemos a la ciencia
ni a la adquisición del conocimiento, la investigación ni la obtención
de la verdad, por el contrario, los promovemos ampliamente, toda vez
que el mismo Cristo dijo que la verdad nos hará libres. Lo que hacemos
es denunciar que la naturaleza caída del hombre suele utilizar los
muchos o pocos conocimientos para someter a su prójimo, en lugar de
liberarlo. Esto lo hace a través de mecanismos siempre novedosos, incluso
a través de la adquisición y manipulación de conocimientos liberadores.
El conocimiento de este
último proceso de manipulación, incluso para muchos, sirve para crear
nuevas formas de explotación de su prójimo y siendo la Iglesia una
institución que es divina y humana, en esta última parte, no se abstrae
de ser víctima de quienes valiéndose de la autoridad moral que les
dan los ministerios sagrados, se conviertan en siervos malos y perezosos,
malos administradores.
“Del corazón del hombre
donde salen las malas acciones”, dijo el Señor y “por sus frutos
los conocerán”. Este caso, de denuncia, que es muy delicado, no podemos
obrar sin que hayamos recorrido el camino de la compunción del corazón,
para poder decir con el profeta: “No me he guardado en el pecho tu
defensa, he contado tu fidelidad y tu salvación, pero ellos me rechazaron
con desprecio”.
Debemos retomar la práctica
antigua de los padres de la Iglesia y de los padres del desierto. Enseñar
estas cosas, pero una vez que seamos pneumatóforos, esto es, portadores
del Espíritu Santo, que solamente lograremos con la vida divina, que
obtendremos con la compunción del corazón y la práctica de la justicia
de Dios que de esta se desprende.
Este es el objetivo del
guerrero crucífero: convertirse en un verdadero portador del Espíritu
Santo, como lo hicieron los guerreros antiguos de la Tebaida, de cuyos
textos nos hemos servido para proponer este Grito de Guerra, tales como
“Jesucristo, Ideal del Monje” y “Dios Revelado por Cristo”,
de BAC; “La Virgen María”, del padre Antonio Royo Marín, también
de BAC; “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen
María”, de San Luis de Montfort, “Maestro Bruno, Padre de Monjes”,
“Colaciones”, de Casiano y la “Regla de San Benito”, de modo
que tengamos un puerto seguro y firme, con las enseñanzas de la Iglesia
Católica, en comunión con ella, para cumplir en su totalidad la misión
a que hemos sido llamados todos aquellos que en el orbe, sabemos en
nuestro corazón, porque Dios lo escribió, que para esto hemos venido.
***