(Mc. 13. 3)
Luis Martín González
Guadarrama
“En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todo fue hecho por Él y sin Él nada se hizo. Cuanto ha sido hecho, en Él es vida, y la vida es luz de los hombres, y la luz luce en las tinieblas y las tinieblas no lo sofocaron”. “Existía la luz verdadera, que, con su venida a este mundo, ilumina a todo hombre. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por Él, y el mundo no le conoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. A todos los que le reciben les da el ser hijos de Dios; El, que ni de la sangre ni de la carne, sino de Dios es nacido. Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria cual de Unigénito del Padre, lleno de Gracia y de Verdad”.
(Jn. 1,1-6; 9-14).
Los actos de Dios tienen
por principio y fin a sí mismo y la voluntad de hacerse Hombre y Redentor
es el decreto supremo que contiene a todos los decretos de la creación
del universo hasta la vida futura cuando Dios sea todo en todos. Los
decretos de la creación son consecuencia de la voluntad y del acto
soberanos, que se refieren a sí mismo en su segunda Persona,
de hacerse Hombre y Redentor.
Es inherente a la naturaleza
de Dios consumar la voluntad de ser creatura al mismo tiempo de ser
Dios; ser Dios, ser Hombre, ser Redentor, y en esa misma voluntad contener
como consecuencia, los decretos del modo en que se cumplirá tal designio
y al mismo tiempo conocer y hacer presente y gobernar con
su sabiduría, en todos los efectos de su determinación, en las creaturas
y en todos los procesos del universo y la manera en que todos vengan
a concordar con su suprema voluntad de ser verdadero Dios y verdadero
Hombre. De recrear todo lo que el hombre altere en uso de su libertad,
contra esta voluntad arcana, sin violentar la libertad del hombre que
lo rechace y quiera perderse a sí mismo y se pierda, y deificando al
que la acepte y la cumpla, para que Dios se haga hombre en cada uno
de nosotros en Cristo por María.
Por esa razón es que
Cristo es el Señor de todo, principio y fin, la creatura y el creador,
el Alfa y el Omega de todo cuanto existe y, la Santísima Virgen María,
por voluntad del Altísimo, es, en su persona, el relicario que contiene
a todos los decretos de Dios; todos los del universo, de la creación,
de la redención y de la gracia. Es el Templo de Dios, es la Madre
de Dios.
Es precisamente por ello
que María es el Templo de Dios a cuya semejanza Dios construiría el
cuerpo de Cristo, su sangre y la persona del Dios hecho hombre, del
redentor, sí como del cuerpo místico de Cristo, su Iglesia, y los
misterios de la vida futura, ya que en Élla se encierra el decreto
de Dios de hacer al hombre a su imagen y semejanza y a quien dio esa
función, de ser la Madre de Dios, la Madre humana de Dios; verdadera
mujer creada por Dios y constituida en su verdadera Madre.
Es el misterio de lo
alto de arriba y de los profundo de abajo, la pequeña semilla, la perla
oculta a la vista de todos, y sin embargo, al margen de ello, los hombres
se ocupan de rendir culto a las obras de sus manos; ricos y pobres,
grandes y pequeños, y no escapan de esto numerosos obispos, párrocos
y sacerdotes en general.
Aunque podría ser parte
del culto e la vida, en muchos países, la construcción y mantenimiento
material de templos a la par de reuniones y pláticas para tratar diversos
asuntos pastorales, cuyo último resultado son documentos, propuestas
y planes para conseguir recursos monetarios, es una de la principales
preocupaciones, dejando de lado el trabajo de que conduce a la compunción
del corazón, a la conversión y a la santidad de las personas.
Al relegar el culto de la vida, esto es, la inclusión de sus actividades para agradar a Dios, el hombre deja de lado el trabajo de Dios, de hacerlo todo en Cristo por María, para ocuparse de las obras de sus manos y utilizar muchas veces, como medio para ello a las Sagradas Escrituras y la liturgia.
Muchas veces los sermones
y homilías a propósito de las lecturas o liturgia de la palabra, son
convertidas en narraciones con analogías, en algunos casos con el seguimiento
de los tiempos litúrgicos, sin más objeto que el de proponer a la
imaginación el pasar un buen rato, disfrutar el mensaje, o al menos
pasar un rato que no sea aburrido en la iglesia, a veces con exhortación
a la conversión, sin que ello redunde en dar comienzo a la dirección
espiritual, sin que haya seguimiento ni acompañamiento para que los
fieles lleguen a la compunción del corazón, a la penitencia y al camino
de la santidad.
Numerosos prelados y
sacerdotes buscan la participación de los fieles para la acción en
grupos parroquiales o diocesanos, orientados a la capacitación y al
aprendizaje de lo que proponen las diversas pastorales, solamente como
comprensión y repetición de lo aprendido, sin que ello
redunde en la dirección espiritual, la vida de oración, la conversión
de las costumbres a Cristo ni la compunción, la penitencia o la santidad.
En el caso de los retiros
espirituales, han dejado de lado la reflexión la disposición a la
conversión, la compunción del corazón, la penitencia, la conversión
y las prácticas hacia la vida santa para sustituirlas por lecturas
colectivas y convivencias, habiendo extirpado de estos el sentido de
la auténtica conversión, la ascética, la compunción del corazón
y la vida sacramental. En el menor de los casos, se habla de estas
cosas, sin que haya un seguimiento para su concreción.
Otra variable ocurre
en países latinoamericanos, donde numerosas acciones en parroquias
tienen por objeto sacar a las personas de sus actividades habituales
de estado, para tratar de mantenerlas el mayor tiempo posible dedicadas
a actividades colectivas parroquiales, dando el tiro de gracia al culto
de la vida, consistente en que sea Cristo quien vive y no nosotros,
en y con cada actividad, acción y conducta de las nuestras.
En este sentido, santificar
ha venido a ser sinónimo de estar dedicado a la diversidad de
actividades parroquiales. El trabajo hacia la conversión de costumbres
en el particular estado de vida, la compunción del corazón, la dirección
espiritual y el verdadero trabajo pastoral, han quedado, en muchos casos,
olvidados.
Algunas de las actividades
económicas en parroquias no son distintas de las del mundo, en su mayoría
tan llenas de injusticia, como en los tiempos en que Jesús echó a
los vendedores que estaban en el templo, y cuando no, se asemejan más
al comercio que realizó Judas Iscariote –único apóstol a quien
por cierto Jesús había llamado amigo, directa y personalmente—en
crudas y grotescas manifestaciones, que como bien se adelanta en el
Apocalipsis, --al describir las acciones de la Gran Ramera que se embriaga
con la sangre de los santos--, dicen que son cosas justas, santas agradables
y de servicio a Dios, pero tienen por raíz a la codicia, la soberbia,
el despotismo y la prepotencia contra el prójimo, como expresa el mismo
Señor Jesús, cuando dice que vendrán tiempos en que quienes persigan
a sus discípulos, creerán dar culto a Dios.
Con todo lo anterior
no nos referimos al trabajo de numerosos obispos y sacerdotes que no
han olvidado su misión y que son vivo ejemplo del trabajo apostólico
señalado por Cristo, y tratamos de estos asuntos a sabiendas que para
los que están en vías de salvación, por sus obras, las reflexiones
que exponemos alegrarán su corazón y serán causa de mantener el esfuerzo
y redoblarlo.
Estas y otras consideraciones
nos hacen proponer el siguiente texto, recordando aquel pasaje del Evangelio,
cuando Nuestro Señor estaba sentado en el Monte de los Olivos,
“de Cara al Templo”, luego de haberles dicho a sus discípulos,
quienes ponderaban la hermosura del Templo de Jerusalén --“¡Maestro,
mira que piedras y construcciones!”-- : “¿Ves esas grandes obras?
No quedará aquí piedra sobre piedra sin destruir” (Mc.13. 1-3).
Forma parte de los sufrimientos
de Cristo en su pasión y muerte, el que los hombres tengan frente a
sí al verdadero Templo, al camino, la verdad y la vida, a Cristo que
está con nosotros y entre nosotros hasta la consumación de los siglos,
para convertirnos en otros Cristo por María, pero los hombres de antes
y de hoy prefieran, se admiren, se ocupen y ponderen más las obras
de sus manos, las más llenas de injusticia e iniquidad, que la obra
de Dios.
Ayer como hoy, Cristo nos dice: “No quedará aquí piedra sobre piedra sin destruir”, porque “más ama Dios al Monte Sión que a todas las moradas de Jacob”, como hizo el Rey David cuando ordenó exterminar a los indignos que estaban en la entrada del Templo (2 Sam. 5. 6-9; 1Cr. 11, 4-9; Cant. 2, 2; Sal. 48),
como advertencia del
modo en que los perversos, que medran de la Iglesia, serán echados
del Templo, como lo hiciera Nuestro Señor al expulsar a los vendedores.
Por eso no quedará ni
físicamente piedra sobre piedra, ni tampoco en las intenciones ni en
los actos perversos de los hombres que han usado de las cosas santas
con fines distintos de los de Dios.
El celo del templo devora
al Señor (Mc. 11. 15-17), porque es el templo que él mismo se hizo
--María como el modelo Madre y con Élla a todos sus hijos--
siendo la Iglesia y cada uno de los que la constituyen, ese templo,
el cual decretara con la encarnación de su Hijo –juntamente con la
creación y con la redención-- y es el celo que enseña el Rey David
cuando se apoderó de Sión.
Este celo es parte de
la voluntad primigenia del Creador de hacerse Hombre por María y de
guardar en Élla todos los decretos de la creación y de la redención,
por lo cual, por ese mismo celo, es que es necesario que los hombres
proclamen a María como Corredentora de la Humanidad, porque es precisamente
en este reconocimiento del oficio de María, que en los hombres
se abre la comprensión de la magnanimidad de todos sus oficios y le
damos sentido para la salvación personal, cuando tras comprenderlo,
nos determinemos a llevar una vida santa y decidir aceptar el don que
María nos da, que es el mismo Cristo, para que primeramente al revestirnos
de Ella, caigamos en la cuenta de que nos estamos revistiendo de Cristo
mismo y estamos dando cumplimiento al principal de los decretos de Dios,
que quiere hacerse hombre en cada uno de nosotros.
Esperamos que este texto
ayude a ponderar en nuestro corazón el tan grande amor que Dios nos
tiene, a fin de acrecentar la compunción del corazón y alcanzar el
don de lágrimas, que permitan abrir nuestra voluntad a cumplir y enseñar
con cariño estas cosas a nuestros hermanos.
Dios quiera que nos ayude
a ser templos del Espíritu Santo, como María, una vez que con su imitación
alcancemos la virginidad de espíritu, que nos asemeja con Élla.
De ese modo seremos Templos,
Tronos y Sagrarios de la Santísima Trinidad, con Élla, en Élla, de
Élla y para Élla, logrando con esto, por el don de la Gracia, sumarnos
a la corona que el Padre dio a Cristo y que Cristo entrega a su Padre
en el acto eterno de correspondencia amorosa de la naturaleza divina.
Nos hemos basado en el libro ”La Creación. Según que se contiene en el Primer Capítulo del Génesis”, del Padre Juan Mir y Noguera, “Dios Revelado por Cristo”, de BAC, y de Stanislas Fumet, “Mikael ¿Quién Como Dios?”, de Patmos, “La Virgen María, de Antonio Royo Marín, también de BAC, lecturas que recomendamos ampliamente.
“Hagamos al hombre
a nuestra imagen y semejanza...”
La creación-redención
del hombre y el papel de la Santísima Virgen María se encierran en
los dos momentos fundamentales.
Dijo Dios: “Hagamos
al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1, 26) y posteriormente,
el saludo del Arcángel San Gabriel a María: “Dios te salve, llena
de Gracia, el Señor es contigo” (Lc. 1, 28); “Concebirás y darás
a luz a un Hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Él será grande,
será llamado Hijo del Altísimo, el Señor le dará el trono de su
Padre David, reinará en la casa de Jacob por los siglo y su reino
no tendrá fin” (Lc. I, 31-32).
Los dos momentos siguientes
de conclusión lo representan la crucifixión y muerte del Señor y
su gloriosa resurrección para que finalmente se consume de manera total
la obra de Dios en el momento de la resurrección de los muertos, el
juicio final y la instauración de la Jerusalén celeste. De estos trataremos
en otro cuaderno.
Abordemos los dos momentos
fundamentales.
La imagen del Señor
no es el Señor mismo, sino que se trata de una representación, de
modo que era necesario que esa representación existiera para poder
hacer al hombre, lo mismo que la semejanza, la cual no es el ser de
lo que es semejante, sino un ente distinto que le es semejante.
Para haber hecho al hombre,
debió existir el modelo al que se le parecería, que ciertamente es
Cristo quien habría de nacer de la generación de los hombres, de la
estirpe del Rey David, por obra del Espíritu Santo, y para que
eso pudiera suceder, el Señor conceptuó primero al molde, a su imagen
y semejanza a la cual sería creado el hombre por excelencia que es
Cristo y que sería desde su concepción humana, verdadero Dios y verdadero
Hombre y que no se arrepiente de ello ni jamás dejará a la humanidad
para volver a ser únicamente Dios, sino que eternamente será verdadero
Dios y verdadero Hombre.
Este molde, esta imagen
y semejanza de Dios es la Santísima Virgen María, y por eso, el atributo
de su virginidad, revela la imagen y semejanza inmaculada de Dios de
la que Él, en su Segunda Persona, tomaría forma de hombre y de la
que saldrían todos los hombres en el orden de la Gracia, los cuales
son semejantes a Cristo por haber salido de María.
En cuando conocimiento
del Padre, Cristo es la imagen de Dios invisible, en el acto eterno
por el cual Cristo es engendrado por el Padre y es Dios, ya que como
dice San Pablo (Col. I, 15-17) “El es Imagen de Dios invisible, Primogénito
de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas,
en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, todo fue
creado por Él y para Él; Él existe con anterioridad a todo y todo
tiene en él su consistencia”.
Con estas palabras, el
Espíritu Santo declara como el principio de la humanidad radica en
la determinación de Dios de hacerse hombre, de ser Dios y Hombre a
un mismo tiempo, de lo cual deriva toda la historia, el principio y
el fin de toda la creación.
María por tanto, es
la imagen y semejanza de Dios en cuanto creatura de la cual habrá de
formar al Dios hecho Hombre, y de la cual habrá de sacar la redención
del género humano, de manera que mientras que Cristo está siempre
vuelto hacia el Padre, en el acto mismo que lo engendra y es su Palabra
eterna, su Verbo, y que, como Imagen del Padre no requiere de
soporte para serlo, ya que es la sustancia divina de la que tiene en
sí a todo Dios en su persona, María es el soporte en creatura constituido
de imagen y semejanza de Dios, de voluntad de Dios, no de divinidad
como lo es el Verbo eterno y luego encarnado. Es como el espejo, que
está hecho de vidrio y debe tener la virtud de la pureza para poder
reflejar la imagen, mientras que Cristo no es espejo, sino divinidad.
La Virgen María tiene la imagen y semejanza de la Santísima Trinidad y en el misterio de la voluntad divina, habrá de dar a luz a la segunda persona de la Trinidad hecha Hombre, y es precisamente el contener el decreto de la imagen y semejanza de Dios, por el cual tiene la capacidad de ser Madre de Dios. En esto radica que Ella sea no solamente la inmaculada concepción, sino la En Gracia Concebida, respecto de la cual el pecado de Adán y Eva no hace mella ninguna en su ser ni en su persona, tal cual los accidentes que sufra una estatua de yeso no hacen mella en el molde de donde salieron, incluyendo el que la estatua pueda ser destruida en su totalidad, no habrá más que remojar el yeso en agua y volverlo a meter al molde para que adquiera la perfección original.
Ella misma declara, en
sus apariciones, que es “la inmaculada concepción”, aunque
dogmáticamente es más propio de su dignidad y del reconocer la voluntad
de Dios que es la mujer En Gracia Concebida, ya que no solo no existió
manera alguna en que el pecado de Adán y Eva le afectara, y que Dios
tuviera que ignorar, saltar o mancillar las leyes de la creación que
Él impuso, para sacar de una carne pecadora a una carne sin mancha
cuando María nació. Más allá, desde el momento mismo de su concepción
conjuntamente con la vida natural se gestó en ella simultáneamente,
en proporciones, dimensiones y amor de Dios, que van más allá
de la comprensión humana y angélica, la misma vida divina. Esta se
expandió sin obstáculo ni interrupción desde ese mismo instante hasta
su asunción.
Desde el instante de
su concepción la santidad y la vida divina en María es superior en
grado superlativo e inimaginable a la de todos los santos y ángeles
juntos, pero inferior a la de Cristo, que es Dios y Hombre a un tiempo.
María es el original
del ser humano excelso que es Cristo y de toda la creación, aunque
haya venido al mundo en la plenitud de los tiempos y no al principio.
La creación del hombre
y su redención, en el plan que Dios concibió para María, se encuentra
oculto en el modo en que el Señor hizo al hombre de tierra con sus
manos, ya que creó a un varón y no a una mujer que estuviera encinta
o que se embarazaría después por obra del Espíritu Santo.
En este modo de crear
al hombre y luego redimirlo se encuentran los secretos de los amores
de la Santísima Trinidad con la Santísima Virgen María.
Son varios momentos y
acciones las que encierran a este misterio: el consejo de la Santísima
Trinidad que se expresa en el señalamiento previo: “Hagamos al hombre
a nuestra imagen y semejanza”, la forma de hacerlo, el soplo de vida
y la forma de sacar a la mujer de la costilla de Adán.
El acuerdo de las tres
divinas personas se expresa con la palabra que pronuncian al mismo tiempo:
“hagamos”, de la cual sigue la acción de tomar tierra del piso
y formar un cuerpo, para enseguida soplar sobre él.
El secreto de María,
su participación en la creación, en su maternidad divina, en la redención
del hombre y en el triunfo glorioso de la Jerusalén celeste se encierra
en cada uno de esos momentos.
Cuando la Santísima
Trinidad dijo: “hagamos” precisa el acuerdo respecto del ser al
que se vendría a hacer, de una tal importancia que solamente este ser
precisaba tal acuerdo, es decir el Dios hecho Hombre.
Cuando dijo “al Hombre”
nombró al ente que previamente ya había concebido, planeado y determinado
hacer, esto es, al Dios hecho Hombre quien tendría multiplicidad de
hermanos, creaturas como Él, que con el tiempo habrían de ser redimidas,
para reconstruir en ellos la capacidad, destruida por el pecado,
de contener a la Santísima Trinidad completa y total por participación,
en lo que se llama inhabitación, mientras que en Él son dos
naturalezas en una misma persona, en sus hermanos sería una naturaleza
deificada por la otra.
De esta manera, cuando
el Señor dijo “al Hombre”, dijo en ese mismo acto “al Dios Hecho
Hombre, redentor del género humano conforme al plan que concebimos
en María” y “al ante que crearemos conforme a María para Cristo,
ente que será redimido por Cristo conforme a la imagen y semejanza
primeras que decidimos en María”.
Es precisamente en estas
tres palabras donde se encierra que Dios formaría como una madre –como
María— al Hombre, donde las acciones mediante las cuales realizaría
esta obra serían las que corresponden a la madre, aquella que en su
seno concibe a un hijo, de modo que “hagamos al Hombre” refiere
la expresión del oficio de María de dar a luz a Cristo y hacer
hombres mediante el seno concebido para dar la vida de la Gracia.
Cuando el Señor dice:
“a nuestra Imagen y Semejanza”, refiere a la Imagen y Semejanza
de sus tres divinas personas, esto es a la representación que expresamente
había concebido de sí mismo, la cual señala con estas palabras y
que es María Santísima, y expresa a toda la plenitud de la gracia
que contiene el original hecho de Imagen y Semejanza de la misma vida
divina, de cada una de las tres divinas personas.
Cuando el Señor toma
barro y forma al hombre con sus manos opera el consecutivo que se desprende
de los decretos expresados en las palabras que anteceden, en donde sus
manos realizan el trabajo que concibió para María, de formar a Cristo
Dios Hombre y a Cristo en cada hombre, de donde se desprende que la
acción de formar con el barro al cuerpo expresa que el trabajo de formar
hombres para Dios que entrega a María es suyo y de Él mismo. Acabada
la obra y viendo que el ente formado es conforme con su plan, Dios le
da el soplo de la vida.
De esta manera no existe
otra manera de poseer la Imagen y Semejanza de Dios que la de ser formado
con sus manos en el seno de María y de recibir el soplo de la vida
una vez formado así, de donde se desprende el papel creador y recreador
que realiza María, cuyo oficio es dar a luz a Cristo y en ese mismo
acto dar a luz a todos los que han sido llamados a ser hijos de Dios,
de tal manera que María crea con Dios y Redime con Cristo.
Cuando María viene al
mundo, la cadena de hombres desde Adán y Eva, aunque caídos por el
pecado, transfirieron de uno a otro el rollo del decreto original de
Dios, que contenía su virginidad intacta, de manera que aunque el depósito
que lo iba pasando de una generación a otro estuviese fracturado por
el pecado original, el contenido no sufrió en lo más mínimo fractura
o modificación alguna que requiriera de redención al modo que todo
el demás género humano, ya que por los méritos anticipados de la
redención de Cristo, Ella fue redimida mediante la preservación que
le ganaba el oficio de ser, por voluntad de Dios, el original de la
creación que se había venido desenvolviendo y de la Redención. De
Ella habría de salir el Redentor, los redimidos, el cielo
nuevo y la tierra nueva y la Jerusalén Celeste.
Esta es la que fue En
Gracia Concebida, la Inmaculada Concepción, ya que no existió manera
alguna en que pudiera ser modificada, mancillada o tocada, sino que
su oficio creador y regenerador por ser la Imagen y Semejanza de Dios
de la que sale la creación y la redención del hombre, excluye sin
violencia alguna al pecado, simplemente porque le es ajeno y no tiene
cabida por ser este un accidente extraño.
Todos los decretos de
la creación y de la redención se contienen en Ella como su original,
porque por razón de la naturaleza creada es más semejante el que es
de la misma naturaleza que el de una naturaleza distinta, de manera
que María en su singularidad, es más semejante a los hombres por ser
creatura para poder dar a luz a Cristo porque contiene en su seno al
decreto de Cristo y, también por ello, es más semejante a Cristo y
a la Santísima Trinidad que el resto de los hombres para proporcionarles
esa virginidad que los haga perfectamente a la imagen y semejanza de
Dios.
La Santísima Trinidad
y la persona de Cristo se da a los hombres por María, por decreto de
Dios mismo y la escala de los hombres para Cristo y Dios es, por ese
mismo decreto, María.
Por esta razón es que todo hombre que se allegue a Ella, por mas pecador que sea, y por más fracturada y destruida que esté su persona por el pecado, Ella la habrá de tornar a su forma original y llevarla a la plenitud de su santidad, quedando eliminado de manera total y absoluta el factor que la estaba mutando, ya que Ella le da la imagen de Cristo, la misma vida de Cristo y con él la de la Santísima Trinidad.
La virginidad de María
no solamente significa lo que los hombres puedan entender por la connotación
que excluye la sexualidad genital, sino que además su profundidad significa
a la característica que es el ser de la Santísima Virgen, esto es,
que en su ser humano, Élla está hecha de virginidad, lo que equivale
a decir que, como verdadera mujer, está hecha de aquella sustancia
creada de imagen y semejanza de Dios, y con cuya virtud de ser el original
de esa imagen y semejanza de Dios, de Élla saldría Adán, como
figura de Cristo y el mismo Cristo, como Hijo de Dios, verdadero Dios
y Verdadero hombre, creado como hombre y encarnado por la Segunda Persona
de la Santísima Trinidad.
De esta manera, el templo
que Dios se hizo, tuvo por original a María, que reviste toda la plenitud
de la Imagen y Semejanza de Dios y por ello es su templo, de la cual
proceden todos los hombres, por eso Élla se llama Madre de Dios y Madre
de todos los hombres y reina de todo lo creado.
Por ello la morada que
en María tiene el Altísimo, es la morada plena a la cual se acopla
sin que falte algo de Dios en el templo que Élla es, ya que tiene la
forma de Cristo en toda perfección y plenitud, porque el original de
donde sale Cristo es María, a quien previamente se le otorgó esa plenitud
de Gracia para poder ser la Madre de Dios.
Teniendo la disposición
para engendrar a Cristo, la efusión del Espíritu Santo solamente puede
engendrar en Élla a Cristo, como de quien contiene en sí a toda la
imagen y semejanza de Dios, ya que para engendrar a Cristo se requiere
la plenitud de esa Gracia, de esa imagen y semejanza en el grado perfecto
de quien fue concebida en Gracia y es la inmaculada concepción, por
ser la perfecta imagen y semejanza de Dios.
Así que cuando el Arcángel
San Gabriel saluda a la Santísima Virgen María, reconoce de inmediato
que Élla está plena de Gracia, lo cual Élla misma advierte cuando
señala que permanece Virgen, constituida de la virginidad de la voluntad
de Dios para el oficio de ser Madre de Dios.
De esta manera, cuando
Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”, dijo:
“hagamos al hombre como hemos concebido a María”, para hacer al
ser que habría de acoplar con su Hijo.
Siendo que el constitutivo
de María es la virginidad y la gracia y concepción inmaculada, que
en Élla hacen al templo, trono y sagrario de la Santísima Trinidad,
tenemos que todo ser humano que existió, existe y habrá de existir,
tiene a María por su original en la forma de su persona, que lo mismo
es decir que tiene la forma de Cristo, como un templo.
Así, cuando dijo Dios
que haría al hombre a su imagen y semejanza, siendo que primero tenía
que determinar cual era la imagen y semejanza por la que Él se haría
hombre y habiendo determinado que esa imagen y semejanza era María,
entonces resulta que lo que creo en Adán y en él en todo hombre,
es a un templo, el cual, caído por el pecado, habrá de ser reconstruido
por Cristo con la participación de María por esa misma determinación
divina.
Con la redención de
Cristo, que no está por demás decir que la impronta de la redención
misma es María y que por ello es corredentora, esto es que Élla también
redimió al hombre a su estado original de hijo de Dios y hermano de
Cristo, el templo que es cada hombre fue reconstruido, porque había
sido destruido por el pecado, de modo que no había donde ni con qué
rendir el culto divino, es que Dios constituyó en María.
Reconstruido el templo
de cada hombre, con la redención que realizó Cristo y la corredención
que realizó con Él María, tenemos entonces que el hombre es libre
de santificarse como hermano de Cristo, como Madre de Cristo, hasta
adquirir, por la Gracia santificante y con sus obras de amor a Dios
sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo, la perfecta imagen
virginal de María, que es el vestido de bodas, para la unión con el
cordero.
Dios Todo Poderoso creo
así al hombre a su imagen y semejanza, siendo que su imagen y semejanza
es María, que trae al mundo a Dios hecho hombre, a Cristo, para recrearlo
todo con la redención.
A semejanza del carbón
que toma la naturaleza incandescente del fuego, el hombre fue creado
para alcanzar la deificación por participación del don gratuito
que Dios nos ha querido dar en su amor de modo que en esta analogía
carbón es a templo y Dios es a fuego, de manera que la única forma
en que Dios dispuso entregarse totalmente al hombre para hacerlo partícipe
de su divinidad, es hacer de él a un templo en el que Él morara y
que ese tempo tiene la forma de María, en quien determinó depositar
todo lo que constituye su imagen y semejanza, esto es a la Segunda Persona
de la Santísima Trinidad, que es imagen del Padre Eterno.
Así, cuando el Señor
dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, con esas palabras
expresó todos los decretos de la creación de todo el universo y la
redención del hombre a un mismo tiempo y cuando el ángel del Señor
dijo a María: Salve, llena de Gracia, el Señor es contigo y
concebirás y darás a luz a un Hijo, al que pondrás el nombre de Jesús,
dio cumplimiento pleno a sus palabras de hacer al hombre a su imagen
y semejanza.
Asimismo, cuando María dijo: “he aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra (Lc. 1, 38) consumó la obra, que posteriormente aclamó con el Magnificat (Lc. 1, 46-55), que es una alabanza que resume exactamente todos los planes de Dios en la Creación y el papel de María como original de su imagen y semejanza con la que hizo al hombre, los decretos de la creación, el portento de la redención y la vida en Dios.
La imagen y semejanza
de Dios de la que está hecha María, que es lo mismo decir su virginidad
eterna, es que la voluntad de María es el reflejo de la voluntad de
Dios, que Élla misma confirmó cuando dijo: “He aquí la esclava
del Señor, hágase en mi según tu palabra” (Lc. 1, 38), y se constituye
por estar llena de Gracia (Lc. 1, 28) y por tanto, ser Virgen
(Lc. 1, 34); por tener sobre Élla al Espíritu Santo; por estar cubierta
por la sombra del poder de Dios (Lc. 1, 35); por concebir y dar a luz
al Hijo del Altísimo (Lc. 31-32).
En ese sentido, la imagen
y semejanza de Dios que constituye a María que se resume en la palabra
Virgen que identifica a su persona, esta hecha de las virtudes
teologales de la fe, esperanza y caridad, siendo en Élla que las dos
primeras se fundieron en la caridad perfecta en el momento de la encarnación,
sin dejar de tener su impronta en Élla para el ejercicio de su función
de cocreadora y corredentora respecto del resto de los hombres.
Así, en María habitan
las virtudes teologales y cardinales en grado perfecto, como para ser
la impronta de la que salgan para todos los hombres, lo mismo que la
ley y los profetas, los 10 mandamientos, las bienaventuranzas, las 14
obras de misericordia y todo el Evangelio y de Élla sale la redención
en su naturaleza biunívoca.
Esto es, que de María,
en su calidad de impronta, de original de la voluntad de Dios y de imagen
y semejanza de Dios, contiene de manera constitutiva, toda la Gracia
que ha de santificar a todos los hombres y de Élla se reparte, y también
contiene el original por el cual la voluntad de cada hombre habrá de
conformarse con la voluntad de Dios hasta hacerse una sola, siendo tal
el servicio que presta María a Dios y al género humano, que por eso
es Madre de Dios y Madre de los hombres. Por eso mismo Jesucristo defendió
a su Madre como Madre de Dios cuando dijo que quien cumple la voluntad
de su Padre ese es su Madre, debido a que se conforma con la imagen
original y virginal de María (Lc. 8, 21).
La pregunta consecuente
es la forma en que el hombre habrá de conformarse con esta imagen y
semejanza, para ser partícipe de estos dones.
Así, mientras que María
no tuvo pecado, sino que es en Gracia concebida e inmaculada por ser
la imagen y semejanza de Dios y por ellos ser la Virgen que lo mismo
es decir que es templo, trono y sagrario de la Santísima Trinidad,
Dios ha querido que su Madre proporcione estos atributos al resto de
los hombres, para que siendo sus hijos, también lo sean de Dios (Jn.
1, 12-13).
Como el resto del género humano, exceptuando
a Cristo que es Verdadero Dios y Verdadero Hombre para quien el Padre
hizo todas estas cosas como corona de su gloria, resulta que para alcanzar
los atributos por los que el resto de la humanidad alcance la santidad
tiene dos pasos fundamentales, para recibir el don gratuito de la Gracia
y permanecer en Élla hasta cumplir la encarnación de Cristo en nosotros
por participación de María, y su fiel imitación hasta la gloria.
Los pasos son, renacer
por el bautismo y creer en Cristo (Mc. 17, 16), cumplir
los diez mandamientos (Mc.10, 19), asemejarse a un niño pequeño (Lc.
18, 17; Mt. 17, 4), siendo manso y humilde de corazón como Cristo (Mt.
11, 29) e ir al templo, que es María, como lo hizo el publicano (Lc.
18, 9.14).
Estos pasos son insustituibles
para alcanzar la virginidad de espíritu que nos asemeje a María y
por la cual tengamos la perfectísima imagen e Cristo para entrar la
gozo del Señor.
Ciertamente, el hombre no puede convertirse sin Dios, y por eso nos da el don gratuito de la Gracia santificante, sin embargo, para tener la calidad de la tierra buena que de un árbol bueno con frutos agradables a Dios, esa tierra de nosotros mismos ha de estar constituida del polvo de la compunción del corazón, porque esta sustancia es la única que contiene todos los atributos y virtudes para poder hacer germinar el árbol de la cruz que nos redime y nos hace hermanos de Cristo por los méritos de nuestras acciones hechas en la Gracia de Dios, como ya dijimos.
El don de María, que
proporciona como mediadora de Dios de todas las gracias, a aquel que
lo quiera, fertiliza a la tierra de nuestra voluntad con la humildad
y está lista para la siembra de las semillas de la vida eterna cuando
se ha convertido en compunción el corazón.
Primero, acudir como
un niño pequeño e indefenso ante María, y Élla nos recostará en
su regazo y engendrará en nosotros a Cristo, siendo que en el acto
de ir hacia Élla, nuestra Madre amorosa cultivará en nosotros
la perfecta imagen de Nuestro Señor.
Esto lo hará sencillamente
cumpliendo su función de imagen y semejanza de Dios, de Virgen Santísima,
como impronta a la cual con la sustancia de la humildad y mansedumbre
que nos recomienda Cristo, nos amoldaremos en María y en este mismo
acto, nuestra naturaleza pecadora iniciará su transformación ya que
de inmediato reaccionará con la compunción del corazón, con la contrición
perfecta, con ese dolor de amor de haber ofendido a quien nos lo ha
dado todo y se nos ha dado para que seamos como Él.
De este modo, quien tenga la compunción del corazón de modo permanente, es el que adquiere la virginidad de espíritu que le ha dado María y está lleno de la Gracia de Dios que ha sido mediada por María, de modo que en el mismo acto de la compunción, contiene la simiente de las virtudes teologales, cardinales y sus acciones revisten la Gracia de Dios y son hechas por Cristo en María y son perfectas, por lo que realizará amorosamente por el Espíritu Santo, las 14 obras de misericordia, tendrá las bienaventuranzas y cumplirá los mandamientos de Dios y de la Iglesia.
“María dijo al ángel:
¿Cómo será esto, ya que yo no conozco varón?”. El ángel le contestó:
“El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te
cubrirá con su sombra; por eso el niño será santo, será llamado
Hijo de Dios”. (Lc.1, 34-35)
Con las palabras de María
confirma que está llena de la Gracia de Dios y el ángel confirma que
no solamente está llena de Gracia, como ya se lo había reconocido
en su saludo, sino que por eso, por ser Virgen, por ser el molde
de la imagen y semejanza de Dios, esto es, ser La Virgen, hecha de virginidad
y de la sustancia de imagen y semejanza de Dios, de modo que es la imagen
y semejanza de Dios hecha persona, en con secuencia, la Santísima trinidad
vendrá a hacer de Élla su morada.
Y el ángel anunció
que como original contenedor de todos los decretos de Dios, María consumará
su oficio para concebir a Cristo y con ello realizar en todos los órdenes,
el decreto de la recreación de todo, esto es, la redención, la salvación
del género humano.
Por eso el ángel anunció
que “El Espíritu Santo Vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo
te cubrirá con su sombra”. Esto es, que le anunció, con las palabras
“sobre” y “te cubrirá”, referidas a las acciones que realizará
el Espíritu Santo y la sombra del poder del Altísimo, de modo que
queda perfectamente claro que la Santísima Trinidad vino a hacer de
María su templo, trono y sagrario, no solamente en el momento de la
concepción, sino que habiéndola preparado Virgen, desde su concepción
en Gracia e inmaculada, como personificación de la imagen y semejanza
de la Trinidad, hecha de esa misma sustancia de virginidad, ahora viene
la Trinidad a ocupar el molde que se ha preparado para que con esa unión
de lo divino con lo humano, se conciba a Cristo Jesús, el verdadero
Dios-Hombre.
De este modo, porque
María es la Virgen, esto es, porque María es esa imagen y semejanza
de Dios de la que habló el creador cuando dijo “hagamos al hombre
a nuestra imagen y semejanza”, esta hecha de virginidad y en Gracia;
de inmaculada concepción, de modo que cuando la Santísima Trinidad
moldeo con sus manos a Adán, las manos de Dios seguían el contorno
de la Virginidad de María, esto es, del original de la imagen y semejanza
de Dios y la Santísima Trinidad no hizo otra cosa, porque así le pareció
bueno, que sus manos asumieran la función y el oficio del seno de María,
de formar hombres para Dios, ya que formaría al verdadero Dios-Hombre
Jesucristo.
Así, cuando el Espíritu
Santo descendió sobre María, llegó a su habitación predilecta, y
se posó sobre la totalidad de María hasta sobrepasarla y estar sobre
Élla, habiendo querido deleitarse traspasando hacia su exterior la
sustancia virginal con la que Dios constituyo a María de imagen y semejanza
de Dios.
Por esa razón, el Espíritu
Santo vino a María para repartirse desde Élla a toda la humanidad
y a toda la creación, no solamente para el momento de la encarnación
de Cristo, sino para toda la eternidad.
Lo mismo hizo el Altísimo,
el Padre Todo Poderoso, como dijo el ángel, que el poder del Altísimo
“te cubrirá con su sombra”, donde la sombra del poder de Dios es
ni más ni menos que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, porque
todo el poder de Dios se haya en su Hijo y Él es la imagen del Padre,
y cuando la sombra del poder del Padre ha venido a cubrir a María,
la Segunda Persona también vino a hacer Morada en María, para traspasarla
y cubrirla por completo, con la prerrogativa que de la forma en que
la Segunda Persona saldría de María sería en forma de Hombre.
De este modo, la morada
de la Santísima Trinidad en María es porque Élla es su original en
creatura para concebir y dar a luz a Jesucristo, de donde se desprende
que precisamente en estos oficios de María, al consumarse la morada
de la Santísima Trinidad en Élla como lo anunció el ángel, es porque
María es la imagen y semejanza de Dios a la que serían hechos los
hombres y Cristo, fundamentalmente, donde esto es igual a ser Virgen.
La encarnación de Cristo
en María, una vez en su oficio de templo trono y sagrario de la Santísima
Trinidad, como lo anunció el ángel, es precisamente por ser Virgen,
de modo que en el acto de la concepción y de la gestación de Jesucristo
en su vientre, actuaba su virginidad.
Precisamente con el acto de dar a luz a Cristo, María estaba consumando su virginidad y más adelante, en el acto de entregar a su Hijo para la redención se repetía ese mismo acto de consumación de su virginidad, y así ocurre infinidad de veces cuando engendra a los hermanos de Cristo, al realizar su oficio de mediadora de todas las gracias.
De esta manera todo acto
de María es un acto de su virginidad, esto es, de imprimir el original
de la imagen y semejanza de Dios que tiene Élla y que le dio a Cristo,
porque Dios así lo quiso en su soberana voluntad y sabiduría que es
locura para el hombre.
Por esta razón es que
Dios quiere ser amado en un templo, que es cada persona que imita a
María y que con eso imita de modo perfecto a Cristo, porque no existe
creatura que haya imitado más perfectamente a Cristo que María.
Por esta razón el género
humano construye templos para adorar a Dios, porque eso es lo que Dios
mismo se hizo al constituir en María a su templo, trono y sagrario,
y el hombre debe avanzar a darse cuenta que esa pulsión es porque debe
amar a Dios sobre todas las cosas y a su prójimo como sí mismo,
para adquirir la imagen de María, que es la imagen y semejanza de Dios,
para que Dios venga a hacer morada en él, como en su templo, María,
y tenga así el traje de bodas para entrar a la fiesta de bodas del
cordero en el cielo.
Con la concepción de
María y con su virginidad, durante toda su vida; antes de la concepción
de Cristo, durante la concepción, durante su gestación, durante el
parto y después del parto, la vida de Cristo, su pasión, muerte y
resurrección, Dios Todo Poderoso revela todos sus decretos.
Para que el Ángel del
Señor pudiera anunciar a María, Élla debería haber sido y ser la
perfecta imagen y semejanza virginal y original de la Santísima Trinidad,
pues esto es una condición sin la cual no hubiera sido posible que
Cristo encarnara en Élla, de modo que con la anunciación, se confirma
que María era la viva imagen y semejanza de la Santísima Trinidad
y tenía en Élla, esto es, Élla era la impronta de Cristo, la impronta
de toda la creación, la impronta de la redención, la impronta de la
eternidad de la relación de Dios con los hombres, y de los hombres
con Dios.
Es precisamente en la
vida de María, que el Señor había contenido todos sus decretos respecto
de sus creaturas, y es precisamente que la vida de María viene a dar
sentido de la voluntad de Dios a toda la creación y la redención,
puesto que Élla es contenedora de todos los decretos de Dios, por cuanto
Él quiso encerrarlos en Élla y que Élla fuera su Madre.
De esta manera, la vida
de Cristo no inicia con su nacimiento, sino que se remonta al plan eterno
original del que María es consecuencia, y a la vida y las acciones
de María desde su concepción inmaculada, porque el Padre Eterno quiso
coronar a Cristo con la creación de una mujer tan singular que no existe
en toda la creación alguien que se parezca más a Cristo como un perfecto
reflejo, que María y que tenga la imagen y semejanza de Dios, en grado
de ser su imagen y semejanza misma en persona, esto es, el contratipo
original creado como la imagen y semejanza de Dios, que María.
Cristo es Dios y Hombre
verdadero y María es la viva imagen y semejanza de Dios como mujer
verdadera. Al mismo tiempo Cristo es en una sola persona Dios y Hombre,
y María no es Dios, sino la imagen y semejanza de Dios hecha mujer
que es deificada por participación en grado excelso por ser el original
desde donde Dios se participa a todos los hombres ahora y también en
la eternidad, sin menoscabar en lo más mínimo la dignidad humana y
divina de Cristo, único modelo y mediador entre Dios y el hombre.
Mientras que Cristo es
la Segunda Persona de la Santísima Trinidad hecha Hombre, María es
el original de la imagen y semejanza de Dios de todo el género humano
por el que Cristo se haría una sola persona con la humanidad, de modo
que le Segunda Persona de la Santísima Trinidad recibió del Padre
a María como aquella creatura que realizaría en el orden de las creaturas
la función del Padre, pero más allá, porque en el orden de la Gracia,
Dios se nos entrega en Cristo por María, de donde Élla es la mediadora
de toda forma en que Dios se comunique a los hombres, por Cristo y de
toda forma por la que los hombres se comuniquen con Dios, esto es mediante
Cristo.
En el orden de lo eterno,
el Padre engendra al Hijo, y en el orden de las creaturas, Dios dispuso
que María diera a luz a Cristo. Son funciones análogas con la distancia
que separa a la función divina de la humana, pero dado que María es
Madre de Cristo, en ese decreto del Padre, la Santísima Trinidad
quiso que Élla fuera Madre de Dios, porque María es la función y
el oficio mismo de la Madre en persona, como constitutivo de su ser
de imagen y semejanza de Dios, es el original de la Madre, porque en
la eternidad no había Madre, sino que fue creada como imagen y semejanza
de Dios para ser precisamente Madre de Dios, de manera que cuando María
fue constituida como la Madre de Cristo, en ese mismo momento la Santísima
Trinidad la constituyó como Madre de Dios, madre de todo lo creado,
madre de la redención para toda la eternidad.
En María, al mismo tiempo
que Cristo era concebido en Élla por obra del Espíritu Santo, Élla
era concebida en Cristo y deificada en plenitud, cumpliendo de esta
manera con ser la Hija, Esposa y Madre del verdadero Dios por quien
se vive, de donde se desprende que el orden filial de ser Madre, Esposa
e Hija, vino a ser el original de esos oficios del Dios hecho
Hombre y para todos los hombres.
En efecto, Cristo, obediente
a la voluntad del Padre Eterno, no hizo variación en el oficio de la
Maternidad de María y sujetó la misma redención a este oficio, de
modo que con su vida y predicación del Evangelio, encarnó en la humanidad
su palabra, por lo cual de Élla no se dejará cumplir ni una sola coma
hasta la eternidad, como nos dijo. Gestó la redención con su pasión
y muerte, y consumó la salvación al salir glorioso del sepulcro, en
el alumbramiento de la gloria de la resurrección a la que somos llamados.
Así, María es el original de todos los decretos de Dios, es la semilla que guarda todos los decretos del universo, de la creación total, de la redención y de la deificación de los hombres, así como de la vida eterna, porque no puede haber mayor goce que el que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo experimentaron con su creatura predilecta, y en el paraíso, cuando el hombre vea cara a cara a Dios, lo hará en el seno de María.
En esta vida solamente
podemos discurrir sujetos al tiempo, por lo que tratar de los asuntos
de la eternidad implica una dificultad mayúscula de la que nos advirtieron
los doctores de la Iglesia, por tanto, en esta tierra, jamás podremos
superar tal limitante cuando tratemos de explicar lo poco que entendamos
de esta, siempre sujetos a analogías y a la utilización del lenguaje
a modo de que se pueda entender lo más simple y claro posible.
Nuestra limitación de
creaturas nos impide entender un parámetro de devenir de acciones distinto
del tiempo.
Es así que para el ser
humano, hablar del principio, implica tratar de momento cuando empezó
la creación del universo, el cual, sin embargo no se puede ubicar en
un punto determinado de la eternidad, en cuanto esta no es tiempo ni
ausencia del mismo. De este modo, cuando nos referimos a antes del principio,
antes no quiere decir que hubiera otro tiempo distinto del principio,
cuando el tiempo inició, sino la eternidad. Las palabras primero,
cuando y después, en este sentido, tampoco implica a tiempos
determinados, sino a palabras auxiliares para describir actos que en
la voluntad infinita suceden en la eternidad.
Tales dificultades se
presentaron a la inteligencia de Moisés, quien inspirado por la sabiduría
de Dios, nos presentó la creación del universo de modo en que pudieran
entenderla las generaciones de los hombres simple y sencillamente, y
pudieran darse cuenta del gran amor que Dios tiene por nosotros.
Acostumbrados estamos
a las restricciones de entender las cosas a nuestro modo, y por ello
tendemos a creer en que la sabiduría de Dios está restringida por
el devenir temporal de las cosas, cuando es a la inversa.
Por tanto, no situaremos
la exposición de modo temporal, sino intemporal, en aras de la simplicidad.
La vida de la Santísima
Trinidad, que nos ha sido revelada, consiste en que Dios Padre engendra
al Hijo cuando eternamente se está conociendo a sí mismo y del amor
de ambos procede el Espíritu Santo. Dios es amor.
Considerando la vida
íntima de Dios, como nos la enseñan los doctores de la Iglesia, Dios
determinó primero hacerse creatura, hacerse Hombre.
Esta soberana voluntad
primera e inherente al modo de la naturaleza divina contiene, cual semilla,
todos los decretos de la creación, y el principal de ellos, para nosotros
como para Dios mismo, es que para toda la eternidad Dios será también
creatura y de ello no se arrepentirá.
Tal unión contiene decretos
soberanos respecto de toda la creación, de todo el universo y, en especial,
de la creatura singular que Él creará para unir con Élla su naturaleza.
Esta unión decreta la
forma y la esencia de todas las uniones que habrá en el universo, en
especial las que vincularán a sus creaturas y por las que Él se vinculará
con ellas y ellas con Él, en la familia.
En torno de esta determinación,
de su unión con la creatura, del matrimonio con su obra, es como decidió
el marco en que se daría tal portento. Decidió el orden de la naturaleza
humana y de las demás naturalezas creadas: los minerales, vegetales,
animales y ángeles. Decidió el modo como todos estos vendrían a tener
ser y como, en le hombre, --mejor, en Cristo, Dios-Hombre-- cada una
de estas naturalezas sería perfecta.
Considerando la manera
de cómo Él se haría Hombre, creando a una mujer que habría de ser
su Madre, tomó la gran decisión de que esa creatura singular sería
Madre de Dios, Hija del Padre Eterno y Esposa del Espíritu Santo. Esto
es, que Dios quiso tener una Madre y hermanos, y de ese decreto desprendió
que así sería con las familias de los hombres.
Esta decisión trascendental
fue por la explosión de su amor al hombre, a la humanidad que habría
de crear en Cristo, a quien daría miriadas y miriadas de hermanos,
hombres como Él, que fueran creaturas, las cuales por este regalo de
amor, pudieran alcanzar la divinidad por participación, así como Dios
por amor había querido ser Hombre. Así los crearía hombre y mujer,
y decretaba con su paternidad creadora, el matrimonio, la maternidad
y la familia.
Dios sacó del vientre
de la tierra, --porque como dijimos, en todos los procesos del universo
el Señor retrató, para la gloria que deben darle sus creaturas, la
encarnación y la redención que Él habría de realizar con Cristo—al
hombre y le dio vida con su soplo, uniendo matrimonialmente, ya en el
acto creador, su voluntad con la naturaleza del hombre. Con esta voluntad
misteriosamente nos enseñó la encarnación, la redención, la eucaristía,
el matrimonio místico con su Iglesia y la procreación de los hijos
de Dios, quienes habrán, en la Gracia, ser tan humildes como la tierra
de la que fueron formados, mansos y humildes de corazón como Cristo,
para ser hijos del Altísimo.
Dios sacó a la mujer
de la costilla del hombre para enseñarnos que a la Madre de Dios, Él
la sacó de su voluntad de hacer al hombre a su imagen y semejanza para
hacerse Hombre. Primero fue la voluntad de hacerse Hombre, y luego determinar
la forma en que lo haría, a través de su Madre. Son dos actos consecutivos
para el entendimiento humano, primero Dios decretó hacerse Hombre y
de ese decreto sacó el modo de hacerse Hombre por María, así como
primero hizo al hombre y de su costilla sacó a la mujer. Por eso dijo
primero: “Hagamos al Hombre” y después: “a Nuestra imagen y semejanza”.
Todos estos misterios
habrán de cantarse infinidad de veces en todo proceso del universo
y en toda acción redentora; en toda acción del hombre que es hijo
de Dios, desde los procesos naturales que le dan el ser, hasta los procesos
santificadores por los que participa de la divinidad, teniendo por único
origen al decreto del Señor, de hacerse Hombre, crear al universo y
luego, recrearlo cuando el hombre lo arruinara con su pecado.
Esta Madre de Dios, Él
la quiso tener en explosión de su amor a la humanidad que asumiría
y que en Élla adquiriría la máxima perfección del ser humano distinto,
por persona, a Cristo, pero divinizado por Él y con gran intimidad
con Él.
Dios quiso tener una
Madre y así la crearía para Él, para ser el templo de todas sus obras,
la primera y la más grandiosa de las cuales sería su encarnación,
de modo que con este acto, el oficio de su Madre es el ser Madre de
todo lo creado y de todo cuanto sería entregado a Cristo. Por eso dice
que escogió al templo por amor a los hombres, a todos los que habrían
de ser su pueblo, creados en el orden natural y recreados por la redención
el orden de la Gracia (2 Mac. 5.19-20).
La Madre de Dios será
el modelo de todas la Madres de los hombres que habrían de existir
y la familia humana en que el Dios Hombre conviviría, sería el modelo
para la creación en el orden de la naturaleza creada y en el orden
de la Gracia, modelo de la Iglesia.
Decidido lo anterior,
habrá que crear el universo y todo lo que contiene, con todos sus fenómenos
y procesos. Habrá que crear el espacio donde este se desenrolle y el
lapso en que lo hará. El modelo, la Madre de Dios, ya está, y manda
como matriz de todo lo que ha de existir, de modo que en el principio,
esto es, en María, Dios creo el cielo y la tierra, como una
semilla, como un embrión que sembrado en el espacio y regado por el
tiempo eclosionó, saliendo de sí su inmensidad pujante de energía
contenedora de todos los principios de todos los procesos que los habrán
de constituir.
Estos principios decretados
para lo profundo de abajo o lo alto de arriba como lo escribe
el profeta (Is. 7, 10-14) cuando da la señal de la Virgen que habrá
de concebir al Hijo de Dios que llevará el nombre de Emmanuel, llevan
inscrita la imagen del misterio de los misterios, el decreto por el
que Dios quiere hacerse creatura, quiere hacerse Hombre y el decreto
por el que recreará todo de nuevo, y cumplirá los principios arcanos
decretados por la voluntad del Padre.
De modo que todos los
procesos del universo entonan el canto inefable del amor de Dios por
el hombre, desde los fenómenos de las partículas subatómicas y de
lo tan pequeño que no sabemos aún, hasta los fenómenos del universo
cercano y lejano. Así también en los procesos de todo lo que nos rodea,
por simple e insignificante que parezca. De un día a otro lo transmiten
y de una noche a otra se lo comunican. Los mismos procesos internos
de cada naturaleza, de los minerales, de los vegetales, de los animales,
de los hombres y de los ángeles lo cantan.
El ser Madre de Dios
introduce en la creatura, por disposición amorosa y cariñosa de Dios,
que en esta maternidad, se proclame ni más ni menos, el devenir de
la vida divina trinitaria, no solamente en la generación de los hombres,
sino en todos y cada uno de los procesos de todo el universo.
Que cosa más deleitosa
para la Padre que complacerse en su Hijo (Mt. 12, 18-21), en darle una
Creación que retrata en cada pulsión, cuanto le ama. Darle una Madre,
en cuyo seno vivirá como Hombre, aquel amoroso acto eterno que lo engendra
en la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Darle una multitud
de hermanos, hombres, que nacerán por este mismo decreto por el que
Él tendrá nacimiento.
Que cosa más deleitosa
para el Hijo que hacer la voluntad del Padre, de tener naturaleza creada
en el seno de la Madre de Dios, que retrata al modo de la creatura,
el inefable misterio de la vida trinitaria.
Esta creatura, modelo para su Hijo --porque de Élla tomará humanidad--, modelo para todo hombre que exista y modelo para toda la creación, ha de ser Templo, Trono y Sagrario de la Santísima Trinidad; Madre, Hija y Esposa de la Santísima Trinidad. Pues si todo se hizo en Élla para ser la Madre de Dios, es Élla el mayor regalo del Padre al Hijo, por eso el Hijo se deleitó en su seno cumpliendo la voluntad del Padre.
La forma de amar con
toda liberalidad y magnanimidad sería haciendo a ángeles y a hombres
libres, de modo que por su propia, plena y libre voluntad de creaturas,
amaran a Dios, y en el acto de la obediencia obtuvieran para sí la
libertad de los Hijos de Dios, perfecta y absoluta en Él, divinizando,
con el acto voluntario de creatura, esa voluntad y convirtiéndola en
voluntad divina para siempre.
Esta imagen y semejanza
suya que Dios le regaló al hombre, como imagen y semejanza creada de
Él mismo, --distinta por naturaleza de la de la Segunda Persona
de la Santísima Trinidad, en cuanto a sustancia divina como lo revela
San Pablo, pero elevada a alcanzarla gratuitamente por participación,
con la encarnación y la redención— se la dio a fin de que pudiera
reconocer en sí mismo y en su prójimo, en su prójimo y en sí mismo,
al autor del portento y al autor de la redención, con la cual le regaló
la receta de cómo poder obrar como dios y como Dios. Le dio la facultad
de, si quiere y si acepta el regalo, ser hijo de Dios, como dice el
apóstol San Juan.
Les dio el poder de amarlo
o de no amarlo. Simplemente el que lo amara lo tendría y el que no
lo amara no lo tendría. Así de perfecta sería su obra.
El acto de amor de la
creatura, reflejará por naturaleza, la naturaleza del acto por el que
Dios entrega su amor a la creatura, cifrado en los oficios de María,
en los que encierra su decreto creador y redentor, redentor y creador.
Que el demonio se rebelaría
y que el hombre caería en el pecado es algo que Dios sabía antes de
trazar el plan de su encarnación y de la creación del universo.
El demonio y sus ángeles
no tendrían redención, por ser inteligencias puras que contemplaban
a Dios, y cómo el crearía el universo, cómo crearía al hombre y
a la mujer. Cómo, en un acto, les revelaría que se haría Hombre,
cuando hizo al hombre con sus manos y lo hizo a su imagen y semejanza.
Solamente el misterio
arcano y primigenio de la traza de todos los planes, el de la Madre
de Dios no estaba a su escrutinio. Lo conocerían y se gozarían en
el al hacerse perfectos con la obediencia.
Se rebelaron, no quisieron
que Dios se hiciera Hombre, sino que el que vino a ser el demonio quería
que Dios se enangelizara, para que de ese modo él fuera dios, porque
en su soberbia eso creyó que ocurriría, cuando Dios Todo Poderoso
lo puso como custodio de todo el universo. Se rebeló contra la voluntad
de Dios de encarnarse, por considerar a dicho decreto como indigno de
Dios e indigno de él y de los rebeldes. Por ello fueron precipitados
al abismo. Así lo eligieron, sabían perfectamente lo que elegían,
nadie los engañó, fue su decisión plena, libre y soberana la de rechazar
a Dios.
Con ese acto, el demonio y sus ángeles se pusieron al margen y en contra del arcano decreto, en contra del modo en que Dios hizo todo el universo porque eso era para hacerse Hombre.
Sabiduría eterna que
es locura para el hombre, por la que Dios antes de crear, tenía presente
que eso sucedería y también que el hombre lo desobedecería.
Siendo que en el Hombre
Dios conjuntaría a todas las naturalezas, la desobediencia de Adán
impactaría a todo el universo, sumergiéndolo en el desequilibrio,
ya que así ocurriría en él mismo, lo mineral y lo animal luchando
entre sí y lo animal contra lo racional y lo animal y racional contra
lo espiritual.
Sin embargo como el hombre
fue engañado por el demonio, tendría la oportunidad de la redención
y esto se decretó en el momento mismo del decreto por el que Dios se
hizo Hombre y por el que decidió hacer todo el universo según el modelo
de María.
El pecado del hombre
impediría que la humanidad caída recibiera el regalo de la encarnación,
por tanto, habría que crearlo todo de nuevo, así que Dios decretó
en el mismo acto en que decidía crearlo todo y lo creaba, recrear todo
cuanto hizo en la primera creación, de modo que la Madre de Dios y
modelo de todo lo creado, sería en su oficio desde el decreto eterno
y único de la creación, Madre de la Redención, Madre de la Regeneración
y su Hijo será el Redentor, quien crea y recrea todo lo que existe.
En dicho decreto se estableció el oficio de María como Co-rredentora.
La preservación de María
como inmaculada concepción, que constituye a la imagen y semejanza
de Dios, cumple con este decreto, por eso es Co-rredentora de la humanidad.
Dios nos amó de tal modo, que en este oficio de María nos introduce
como co-actores de la redención y reconoce la capacidad del hombre
por la que libremente eligen ser redimidos y santificados y pueden acrecentar
la vida divina en ellos con cada acto de su existencia, al modo del
Padre que extiende la mano a su hijo que se cayó cuando estaba aprendiendo
a caminar y el niño le da la mano al Padre.
Son dos acciones, una
es del Padre y la otra es la del niño. Esta última depende del niño.
En el orden de la Gracia, la corredención es que Dios Todo Poderoso
ha decretado premiar esa acción del niño, retribuyéndola con sobreabundancia
de Gracia Santificante. Ese acto tiene como original al del oficio de
María de ser Madre de Dios y Madre de todo lo creado, en el orden natural
y en el orden divino, por participación.
Así, toda la creación
cantará el modelo de la redención del hombre, de modo que cuando la
creación canta sus procesos, canta exactamente la redención del género
humano, esto es, el acto más grandioso que la propia creación.
El mal, el pecado y la
muerte fueron un accidente del hombre y nunca se debe interpretar como
que gracias al pecado, Dios se hizo Hombre, esto es, que si el hombre
no hubiera pecado, Dios no se hubiera hecho Hombre. En esos supuestos
lo que hubiera pasado es que si el hombre no hubiera pecado, no se tendría
que haber recreado todo, no habría redención, porque no hubiera sido
necesaria. Cristo hubiese venido al mundo a recibir todo lo que había
sido creado para Él y a coronar en sí toda la creación, recibiendo
primeramente a la Madre de Dios, a María.
El caso es que en decreto
único, Dios contempló también que habiendo recreado todo, con la
redención, el demonio y los hombres que libremente rechazan a Dios
buscarían perder a la humanidad, alejarla de su voluntad.
Por tal motivo, el oficio
de la Madre de Dios desde el decreto único y primigenio será redimir
con Cristo al género humano y ofrecer a cada uno el poder ser Hijo
de Dios, como dice San Juan.
A tal grado fue la naturaleza
del acto redentor recreador, que Cristo asumió todo el peso de la culpa
de la humanidad frente a su Padre. Habiéndose el hombre apartado de
Dios, no pudo entender plenamente lo que significaba dicho apartamiento,
sino por lo que Dios mismo le había revelado y que se expresaba ya
en el Salmo 21. Sin embargo el Dios-Hombre, Cristo, sí lo sabía y
lo sufrió sin culpa. El apartamiento de Dios que prefirió la humanidad,
con el pecado, lo sufrió Cristo en la cruz, cargando en su alma el
apartamiento de todo ser humano que ha de existir, cuando clamó:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt. 27, 46),
antes de morir por amor a nosotros. Esa pregunta la hizo para que nosotros
la respondamos, continuando con el Salmo del que el Señor citó esas
palabras y que refiere las culpas del hombre, a modo de que nos demos
cuenta de cuanto nos ama.
La presencia de Cristo
Crucificado y muerto es la misma respuesta. Esto es, en el mismo acto
del abandono que expresa Cristo, está no sólo lo que se apunta antes,
sino el profundo misterio de la nada de la cual Dios saca al hombre
nuevo. Entendamos que la nada no es un estado o un ser, sino una palabra
que refleja exclusivamente el momento en que no había creatura y luego
Dios hace a la creatura. En la redención, quedó destruido el pecado
y la muerte en el momento de haber ido al abandono total que expresa
Nuestro Señor, para que veamos hasta que punto fue crucificada la humanidad
pecadora, para surgir gloriosa con el resurrección de Cristo.
Esto es, que Dios quiere
ofrecer a cada hombre el misterio secreto, alto y profundo por el que
Él creó y recreó todo; por el que Cristo redimió y lo hizo todo
nuevo y puro, como camino y regalo amoroso para que seamos sus hijos
y adquiramos la imagen de Cristo, su Hijo amado.
Habrán de imitar la
virtud de la piedra, con su simplicidad respecto de su permanencia inmutable
en el orden que Dios le dio, razón por la cual Dios escribió con su
dedo los Diez Mandamientos en piedra.
Para que los hombres
sean Madres, hermanos y hermanas de Cristo, habrán de buscarlo (Mc.
3, 31-32.) y hacer la voluntad de Dios (Mt. 3, 33), como lo hizo María,
Madre de Dios (Lc. 1, 38); como lo hizo Él mismo al buscar Madre (Lc.
1, 31-33); como lo hizo el Padre (Lc. 1, 28) y como lo hizo el
Espíritu Santo (Lc. 1, 35).
Por este decreto María
engendrará en cada hombre a Cristo, que nacerá y crecerá en él,
como en una verdadera Madre y vendrá así también a ser su hermano
y hermana; ni de la sangre ni de la carne, sino de Dios nacido (Jn.
1. 13).
Este decreto primigenio y arcano está en el mismo acto por el que Dios determinó el modo en que vendría a hacerse Hombre, y que inscribiría en toda su creación y con el que coronaría con la pasión, muerte y resurrección de Cristo; con su venida gloriosa y con la Jerusalén celeste, que es el Templo Sagrado, la Madre de Dios, inmaculado como Él lo hizo.
En el decreto de cómo
los hombres nacerían de su Madre, el cual procede del modelo por el
que Cristo vendría al mundo para redimirlo, para recrearlo, Dios decretó
como cada ser humano podrá recibir la Gracia Santificante que lo haga
hijo suyo.
Señalaría al hombre
el camino natural por el que lo trajo al mundo y que deberá repetir,
esta vez por su voluntad respondiendo al llamado de Dios, en el seno
de la Madre de Dios, para nacer a la vida eterna, y esto podrá hacerlo
cada día. Para esto, a cada día le dio sus horas y sus actividades,
por pequeñas que sean (Lc. 13, 18-21) de forma que estando en el vientre
de María, como niño (Mt. 18. 1-4) cada una de esas actividades cotidianas
se transformen en el manantial que mana hasta la vida eterna (Jn. 4,
7-14). Incluso los actos de los sentidos como la vista y el oído tienen
plenitud cuando lo que ven y escuchan es la palabra de Dios para cumplirla.
Este camino es simple:
con la fuente de la Gracia, el bautismo que nos hace hijos de Dios,
el cumplimiento de los 10 mandamientos para salvarnos y santificarnos
mediante la Gracia que procede de los sacramentos, el ejercicio de las
virtudes y la oración. Todo ello en María, con María y para María,
madre mediadora de la Gracia.
El matrimonio por el
cual los hombres y las mujeres se unen para santificar su amor (Mc.
10, 1-9), e incluso el amor y la atracción natural inscrito en sus
corazones, enseña el decreto divino por el cual tanto amo Dios al mundo
que le entregó a su Hijo único, para hacerse Hombre y redimirlo, para
que los que crean en Él tengan vida eterna.
Enseña su desposorio
con la humanidad en su encarnación, que se consumará con la redención
en el altar de la Cruz y con su resurrección. Por eso en una explosión
de amor, el mismo Dios adelantó en canto, las delicias de Él con la
humanidad redimida y purificada, con su esposa la Iglesia, que saliera
del costado de Cristo en la cruz, para ser presentada delante de Él,
pura e inmaculada, nueva y recreada, en el Cantar de los Cantares.
Con esta fe en Cristo,
con sus méritos, es que se engendran los actos que conducen a adquirir
su imagen y se reproduce el desposorio, la maternidad, la hermandad
con Cristo.
Por la familia, sacada
del modelo por el que el Padre Eterno decretó el contexto en que viviría
su Hijo en la tierra, los hijos puede vivir el amor del Padre Eterno,
en el amor de sus Padres y los Padres pueden aprender el enorme amor
con el que Dios ama a todos, especialmente a los pecadores (Lc. 15.
11-32).
El trabajo y las contrariedades
de cada día revelan el misterio de la redención e introducirán al
hombre en la corredención que Cristo realiza a través de María, la
Madre de Dios. Por eso los actos por los que el hombre se salva, requieren
de esfuerzo (Mt. 7. 13; 21; 21. 28-29), sacrificio (Mt. 10. 34-39)
, cierta ira y violencia santas (1 Mac. 1, 23-28) contra sí mismo,
para alcanzar el Reino.
En el desarrollo de la
persona, desde la infancia hasta la madurez y vejez, nuestro Padre Dios,
cariñoso como es con todas sus creaturas, inscribió en toda la vivencia
de los hombres, su decreto amoroso, ya sea que la vida se presente llena
de felicidad o llena de sufrimiento y contrariedad, tiene inscrita en
cada día, como dice el Rey David, la grandeza de sus designios, un
día lo pasa a otro y una noche a otra, para que el hombre, en cualquier
momento pueda verlos y contemplarlos.
Los procesos de aprendizaje
y la naturaleza misma de cada uno de los procesos dentro y fuera del
hombre retratan estos designios para que el hombre los pueda entender,
proporcionado a su capacidad de edad y circunstancia.
El modo de cada uno de
los procesos de la vida del hombre canta a Cristo y su misterio, porque
somos suyos, como dice San Juan (Jn. 1,1-6; 9-14), especialmente el
entendimiento y la voluntad por vía doble, por su naturaleza y por
su objeto.
Por su naturaleza, la
inteligencia y la voluntad, en cada ejercicio, en cada acto, en la propia
constitución del acto inteligente y del acto volitivo, anuncian el
decreto de la encarnación y de la redención.
Por su objeto, al escudriñar
la inteligencia al fenómeno o cosa, vuelve a revelar dichos decretos.
Al poseer la verdad lógica de los fenómenos que conoce, esto es, conocerlos
como existen, está pariendo conocimiento, el cual puede revisar una
y otra vez, miles de veces y satisfacerse otras tantas al manifestar
la conformidad de su exigencia de verdad con el conocimiento extraído
Cuando la inteligencia
ofrece a la voluntad sus resultados, esta puede amarlos o rechazarlos,
puede apropiarse de estos y con esta operación vuelve a revelar los
decretos divinos.
En cada uno de los estadios
de la vida vegetativa, sensitiva, racional y espiritual del hombre,
en cada uno de sus actos y procesos, los revela.
Siendo el hombre por
disposición de Dios un ser social, en los procesos de convivencia de
los hombres se repite la proclamación del decreto universal de la encarnación
y de la redención.
Incluso en el trabajo,
se retratan, porque hay que obtener los frutos para la subsistencia
personal y familiar con esfuerzo. Pero es Dios quien hace prósperas
las obras de nuestras manos, de modo que no es tanto el trabajo el que
da la prosperidad, sino el hacerlo por Dios, ni rinden los frutos del
trabajo por su cantidad, sino por la bendición que trae sobre sí el
hombre que hace la voluntad de Dios.
La economía, el mercado
y las relaciones económicas entre las personas y las sociedades retratan
estos designios, proclamando el negocio de negocios que es la salvación
del alma. El que tenga ojos y oídos que vea y escuche.
Es en este nuevo nacimiento
en María que el trabajo que nos introduce en la redención día con
día es suave y ligero, es la cruz de cada día, pero es Cristo quien
la carga (Mt. 11. 25-29).
El nacimiento en María
implica necesariamente que cada hombre habrá de hacer todo cuanto hace,
en María, con Élla y para Élla, como dice San Luis de Montfort.
Cada acto y cada día
vienen a ser entonces ladrillos de vida que construyen un templo, el
templo de sí mismos al que la Gracia Santificante da consistencia al
darle la forma del templo que Dios se hizo para sí: María.
Esto nos lo enseña ya
en el orden natural el Señor con el decreto de la familia, del nacimiento
de los hijos y de las vocaciones de cada uno para servir a los demás,
en toda la vida, que cada acción con María y por la Gracia Santificante
que Élla suministra por ser su oficio, el de engendrar a todo el que
tenga la imagen de Cristo, cada hombre habrá de tener en sí la imagen
de la Madre de Dios, porque esa imagen, tan amada del Padre es la que
engendra la perfecta imagen de Cristo que Él le quiso dar.
No hay otro modo de adquirir
el traje de bodas para asistir al desposorio del cordero.
Cada acción del hombre será entonces tanto una acción de la Madre de Dios y por tanto, una acción de Cristo y un acto redimido y redentor. Así el hombre cuadra con cada momento, en el decreto primigenio por el que Dios creo y recreó todas las cosas teniendo por modelo –que para ello lo hizo—a María, la Madre de Dios.
La Santísima Virgen
María no es sacerdotisa y no recibió el sacramento del Orden como
fuera conferido por Cristo a los apóstoles, sin embargo el oficio del
que hemos venido tratando, es superior al sacerdocio de los apóstoles
y solamente inferior al del mismo Cristo ya que se trata de un metascerdocio
por el cual Ella fue constituida como madre de todo sacerdocio y como
original de toda acción sacerdotal.
En María se encarnó
el sumo sacerdote, nuestro hermano Cristo, y en sus entrañas se engendró
toda acción sacerdotal que fuera a realizar nuestro mediador con el
Padre, de manera que con toda certeza podemos decir que Dios Padre instituyó
para María un orden superior al del orden sacerdotal, uno que es exclusivo
de Ella, que se consumó cuando aceptó la maternidad divina cuando
se ofreció a sí misma como esclava del Padre y al pie de la cruz,
cuando ofreció su hijo por la salvación del mundo y juntó con Él
sus propios dolores de madre de aquel Hijo, al que también el Padre
llama Hijo.
El Sacramento de la Salvación
es la Iglesia Católica, que como Madre fue decretada en el acto en
que Dios Padre decidió que Cristo se haría Hombre por María y sería
Redentor. En el mismo acto imprimió este modelo y estos principios
a toda su creación; los actos de Él y las acciones que el hombre tendría
que realizar para acudir a su llamado, empezando con el bautismo. La
creación toda hecha por Él y la redención hecha por Cristo; la salvación
y santificación del hombre, hecha por Él y el hombre.
Con María y como Élla,
la Iglesia es Hija, Madre, Esposa, Templo, Trono y Sagrario de la Santísima
Trinidad, en sus dimensiones de Militante, Purgante y Triunfante.
La Iglesia alimenta a
sus hijos, que son los hijos de la Gracia, los hijos de María, con
los sacramentos, especialmente con la Eucaristía y con la reconciliación.
María es la madre de los sacramentos de la Iglesia.
Cuando Dios decretó
que el hombre debía alimentarse para vivir, decretó que esto sería
principalmente con su palabra y sobre todo con el Pan de Vida, que es
el mismo Cristo, con su carne y con su sangre. Pero la forma perfecta
de comer y beber el cuerpo y la sangre de Cristo, es que María lo haga
en cada uno, en el acto de la comunión, para que Élla cumpliendo su
oficio, por el cordón umbilical que con Élla nos une (Jn. 19, 26-27),
nos proporcione la sustancia divina que nos hará semejantes a Cristo,
así como a Cristo le proporcionó la sustancia creada que lo hizo hombre.
Las dos acciones que
hacen al hombre ser Madre, hermano y hermana de Cristo, el comer y beber
su sangre, así como el cumplir su voluntad –los 10 mandamientos,
las 14 obras de misericordia, amar a Dios sobre todas las cosas y al
prójimo como a sí mismo—en María, origen de todo trazo de creación
y redención, son perfectos a los ojos del Padre.
Ya desde el vientre de
la Madre el hombre se alimenta con la sangre de Élla. Salido el vientre
se nutrirá y tendrá vida con toda clase de alimentos que le enseñan
que hay un alimento del alma que lo conduce a la vida eterna. “Mi
carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”.
Si somos congruentes, sabemos que Cristo recibió carne y sangre de María, de modo que su carne y su sangre son las mismas de María.
La acción de comer fue
decretada en la naturaleza con la finalidad de alimentarse con el Cuerpo
de Cristo, la perfecta forma de hacerlo es recibirlo de María, con
María y para María, quien al entregarle nuestras acciones, las entregará
al Padre, así como esclava que es del Señor.
En la Iglesia, el hombre
se incorpora al Cuerpo Místico de Cristo como piedra viviente del templo.
Es en la Iglesia donde
se congrega la humanidad recreada por la redención, por la Gracia
Santificante.
Es en la Iglesia donde
se consuma el decreto por el que la Madre de Dios cumple su oficio corredentor
de engendrar a los hermanos de Cristo, dotándolos de la misma imagen
de Cristo.
Es en la Iglesia donde
como la matriz modelo de todo oficio que engendra en el universo, se
realiza el decreto por el que los hombres son Madres, hermanos y hermanas
de Cristo, porque es en su seno donde se obtiene el ser hijos de Dios.
Así que cuando Dios
decretaba el oficio de la Madre de Dios, estaba decretando el oficio
de la Santa Iglesia y cuando estaba decretando como vendrían los hombres
al mundo, estaba decretando también como renacerían a la vida eterna
en el seno de la Iglesia Católica.
Por eso, como parte de
la regeneración, de la redención, Cristo ha de congregar a todos los
hombres bajo un solo pastor, para que todos seamos uno, como lo es Él
con Dios y como lo es uno el Unigénito del Padre.
Estos misterios los enseñó
de un modo singular la Madre de Dios en México, en el Cerro del Tepeyac,
cuando vino a pedir que se le edificase un templo y quedó plasmada
su imagen en el ayate de Juan Diego.
El Rabino Yerahmiel Barylka,
en su texto: Las Tablas eran de Piedra, explica algo que, por su puesto,
no hemos escuchado en homilía alguna, pero que no por ello carece de
verdad revelada por Dios, respecto de los Diez Mandamientos, por los
que obtenemos la salvación y que con los sacramentos nos hacemos hijos
de Dios y coerederos con Cristo:
“...eran piedras, sin
elaboraciones, y de allí su importancia. Las piedras no son complejas.
Todos las conocemos. Son simples. A las pequeñas, las podemos poner
en nuestros bolsillos y cargarlas. A las muy grandes, las miraremos
con mayor respeto, pero, igualmente las podremos acariciar y pulir.
(...)
“¿por qué razón
Moshé debió permanecer 40 días y 40 noches aislado en ese pequeño
monte, el Sinaí, hasta poder recibirlas y subir y permanecer allí
dos veces?
”La respuesta es porque el secreto estaba no sólo en las letras externas
y en el material, sino en lo que ese inerte conjunto de arenillas puede
ocultar. Las piedras, ese elemento mineral, más o menos duro y compacto,
están formadas por millones de partículas, sin fin, y entre ellas,
espacios que no alcanzaron a ser llenados. Así también los Diez Mandamientos.
Letras junto a letras que contienen en sí los secretos de todos las
prescripciones sin excepción y a la tradición oral, también recibida
por nosotros todos allí presentes, con sus agujeros que en las infinitas
interpretaciones no alcanzamos a rellenar. Tras la superficie, una riqueza
infinita de componentes también simples y fáciles de comprender. Para
entender sus secretos y poder transmitirlos, Moshé debió aislarse
en las alturas y dilucidarlos. Por ello se debieron romper hasta volverse
ilegibles cuando el pueblo esperaba encontrarse con un regalo de oro
como el que ellos mismos hicieron. Por ello, también debieron volver
a ser presentadas con todas las letras a la vista y las que el ojo humano
no alcanza a percibir. Escritas esta segunda vez con la letra de Moshé.
”Las tablas fueron
de esa piedra sobre la que leemos: “Por el nombre del Pastor, la Piedra
de Israel”, en Génesis 49:24, representando lo absoluto. Y el Talmud,
en Sanedrín 34a, nos explica ampliando el sentido, el versículo de
Jeremías 23:29 “¿No es así mi palabra, como el fuego y como un
martillo que golpe la peña?” – así como el martillo provoca chispas,
así cada versículo se convierte en muchas interpretaciones, muestra
rostros infinitos.
”Una persona toma un
martillo y lo golpea con fuerza contra una piedra para romperla, y logra
de esos materiales inanimados arrojen luz en todas las direcciones,
incontrolablemente, con una belleza infinita, como si las chispas hubieran
estado ocultas allí. Así, la persona puede chocar contra la peña
de la Alianza, y hacer brillar cada fragmento, cada una de las partículas
infinitas que la forman. Más aún, así como cuando golpea con fuerza,
fragmentos de la roca vuelan en varias direcciones, así, los pedazos
de las letras se expanden en todas las dimensiones. Los trozos de las
piedras más duras que no se dejan desarmar con facilidad, vuelan más
lejos. Y, aunque golpeemos sin cesar, quedarán fragmentos que se resistirán
a ser conquistados y comprendidos, provocándonos, invitándonos a seguir
intentando descubrir todas las capas infinitas de sus secretos.
”La palabra even-piedra
en hebreo se escribe con las letras alef, bet, nun. Ello permite que
pueda leerse av, y ben – Padre e hijo, y ben es raíz de binian- construcción.
”Las letras de las tablas de piedra nos invitan a unirnos a Padres
e hijos para iniciar la construcción de nuestro destino. Pero, nos
invitan a hacer. No a delegar que alguien lo haga por nosotros. A observar
por nosotros mismos y a participar.
“No hay justificación
alguna para dejar que otro haga algo por nosotros cuando ello es bueno
y nos da satisfacción.
”Este shavuot nos invita
a desaprender los errores cometidos al no haber entendido la simplicidad
del mensaje de las tablas de piedra. A establecer una nueva didáctica
para aprender a vivir una rutina del bien, a aplicar las reglas de la
hermenéutica creadas para ayudar que nuestro cerebro se organice para
descifrar los bellos misterios del conocimiento.
”Quizás este Shavuot
debamos hacer silencio, como nos relató el midrash que cuando se entregó
la Torá, no se oía el canto de los pájaros, ni el mugido de las vacas
y el mar no se movía, y las personas no hablaron, el mundo estuvo en
silencio para que todas las criaturas sepan que no hay otra voz que
la de Anojí, del Yo soy el Señor tu Dios.
”Y volver a recibir
las piedras, sabiendo que otros anojí, son otros dioses que no deberemos
tener. Falsos. Incluso el de nuestro propio anojí, el yo egoísta”.
El templo que ha de construir
el hombre es el del Espíritu Santo, no de piedras, no de minerales,
sino de las acciones de cada día, revestidas de la virtud de la simplicidad
de la piedra, del fundamento, de la humildad del polvo, de cargar la
cruz de cada día, revestidas de María, para de ese modo adquirir la
perfecta imagen de Élla, que es la perfecta imagen de Cristo.
Estas acciones de cada
día son las que darán a cada uno de los sentidos y al alma la corona
de la gloria de la resurrección, porque cuando Dios creo los sentidos
y los puso en el hombre, decretó el oficio que cada uno realizaría
al transformarse por la Gracia Santificante y el esfuerzo de cada uno,
en acciones de la Madre de Dios, muy agradables a su corazón.
Así que los cinco sentidos
externos y los cuatro internos, los traemos con el decreto de que los
usemos como los usa la Madre de Dios, para engendrar con ellos a Cristo
y ser sus Madres, hermanos y hermanas.
De esta manera, el plan
de la vida que se decretó teniendo por modelo a la Madre de Dios, con
toda su cotidianidad, es un serie de actos como las rosas del Tepeyac,
como el agua transformada en vino. También como acciones que misteriosamente
se unen a la redención del género humano en el sacrificio único del
calvario que se repite en la Eucaristía.
Se consuma de este modo
del decreto por el cual la Madre da la vida al hijo en su vientre, para
traerlo a la vida eterna por los méritos de la redención de Cristo.
Se consuma en doble sentido la maternidad, en que Dios decretó la maternidad
para entregarnos a su Hijo y en que para ir a Dios, los hombres habremos
de nacer del agua y del Espíritu desde el vientre de María, donde
adquiriremos la imagen de Cristo.
En la Iglesia, esposa
de Cristo a la que se entregó y dio vida en el altar de la cruz, el
hombre recibe el ser creado nuevamente, el sacerdote, profeta y rey,
con Cristo.
Todos los Hijos de la
Iglesia han recibido el sacerdocio real de Cristo y pueden ejercitarlo
en cada momento de sus vidas de modo perfecto como María que se entregó
como esclava del Señor.
Precisamente en el sacerdocio
real que Cristo nos dio por María, podemos consumar diariamente el
decreto de la encarnación y redención de Cristo en nosotros. Como
sacerdotes, profetas y reyes, los hombres pueden imitar más perfectamente
a María y cumplir la voluntad de Dios, para ser Madres, hermanos y
hermanas de Cristo.
El sacerdote ministerial
se asemeja a María cuando en el altar, por el sacramento del Orden,
convierte el pan en la carne y el vino en la sangre de Cristo, así
como María le dio carne y sangre a Cristo en su vientre.
Cuando reparte entre
los que comulgan, se asemeja a María, encargada de repartir entre los
hombres la Gracia Santificante que los asemejará a Cristo.
En la oración eucarística
se recrea la dualidad creadora y redentora del decreto del Padre que
se realizó en el seno de María:
“Bendito seas Señor,
Dios del universo por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del
hombre, que recibimos de tu generosidad y que ahora te presentamos,
él será para nosotros pan de vida...” “Bendito seas Señor, Dios
del universo, por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre,
que recibimos de tu generosidad y que ahora de presentamos él será
para nosotros bebida de salvación”.
Cuando el sacerdote se
sienta a confesar, perdona los pecados de los hombres, engendrándolos
como María para Cristo.
En cada sacramento existe
una analogía del oficio de María, de modo que el sacerdote ministerial
en el ejercicio de su oficio, es el mismo Cristo.
Así el sacerdocio real,
con la triple consagración del bautismo lo presentó en dos servicios,
el que administra los sacramentos y el pueblo de Dios, expresado por
las vocaciones santificadas por estos mismos sacramentos el orden sacerdotal
y el matrimonio. No es menos sacerdote uno que otro, sino que ambos
son el sacerdocio real de Cristo. Unos quisieron servir a sus hermanos,
porque para eso fueron llamados por Cristo y no tendrán más que ser
siervos de sus hermanos por amor a Cristo y recibir el premio por ello
cuando puedan decir con sus demás hermanos a los que prometieron servir:
Siervos inútiles somos; ¡hemos hecho lo que teníamos que hacer!
Ambos tienen los oficios
de Cristo, en María, con los cuales crean y recrean al universo, conforme
al decreto de la creación y de la redención del Padre.
En este ejercicio creador
y redentor con Cristo, el camino viene a ser nuevamente el de Madres,
hermanos y hermanas de Cristo.
Así, en la oración
vocal, mental, oración de presencia del Señor y la oración contemplativa,
el hombre se introduce en el decreto para gestar a Cristo en cada coloquio
en que viene a convertirse cada acto de su vida, porque primero el hombre
comienza por musitar las oraciones con su boca, luego las trae en la
mente, luego le vienen solas a la mente, luego viene un silencio acompañado
de una suave, ligera y oscura inclinación del corazón a Dios, como
la llamaba San Juan de la Cruz o la llamita de amor, como la llamaba
San Buenaventura.
Posteriormente viene
la oración permanente donde no hay diferencia entre todas las acciones
del hombre y todas las inclinaciones de su voluntad y de su inteligencia,
puesto que todas descansan en Dios y son de Dios por participación.
Es aquí cuando no es
el hombre sino Cristo quien vive en él, como bien dice San Pablo, aquí
es como con cada acción Cristo nace y reina. El hombre es verdadera
Madre de Cristo y se ha transformado en Él como María, introduciéndose
misteriosamente en aquel decreto arcano de Dios y retratando el momento
en que Dios pensó hacerse Hombre, personalizándose en quien se ha
unido con Dios de este modo, por participación de su divinidad.
Así Dios se puede mirar en el hombre como en un espejo.
En la oración que Cristo
nos enseñó, el Padrenuestro, cada frase revela el decreto arcano,
creador y redentor, según el modelo perfecto que Dios estableció que
es María.
1.-(De María, en María, con Maria y para María) Padre Nuestro (de María, en María, con Maria y para María),
2.- (De María, en María, con Maria y para María) que estás en el cielo (de María, en María, con Maria y para María),
3.- (De María, en María, con Maria y para María) Santificado sea tu nombre (de María, en María, con Maria y para María),
5.- (De María, en María, con Maria y para María) venga a nosotros tu Reino (de María, en María, con Maria y para María),
6.- (De María, en María, con Maria y para María) hágase tu voluntad (de María, en María, con Maria y para María),
7.- (De María, en María, con Maria y para María) así en la tierra, como en el cielo (de María, en María, con Maria y para María),
8.- (De María, en María, con Maria y para María) danos hoy nuestro pan de cada día (de María, en María, con Maria y para María),
9.- (por María, en María, con Maria y para María) Perdona nuestras ofensas,
10.- (por María, en María, con Maria y para María) así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
11.- (por María, en María, con Maria y para María) no nos dejes caer en la tentación,
12.- (por María, en
María, con Maria y para María) y líbranos del mal (por María, en
María, con Maria y para María)
El camino que ha de seguir
el hombre hacia el Padre también retrata el decreto arcano, porque
cuando el hombre responde al llamado de Dios, primero ha de pasar por
la etapa purgativa de los sentidos externos e internos, para continuar
con la etapa iluminativa, la etapa contemplativa y luego la etapa unitiva.
De este modo, mientras el hombre allana el camino, como dijo San Juan
Bautista (Mt. 2, 3) y va conociéndose a si mismo, está gestando a
Cristo, para alumbrarlo en la etapa de la unión mística con Dios.
El camino para llegar
a la casa del Padre, es María y la casa del Padre es Élla misma, de
tal manera que quienes transitan hacia la salvación, lo hacen por María
y quienes se salvan se salvan en María. La perfección de las obras
de Dios es María y en todo lo anterior, se retrata el decreto del que
venimos hablando: por amor Dios se quiere hacer Hombre y por eso crea
el universo y en la explosión de ese mismo amor recrea al hombre y
al universo con la redención, juntando ambas obras y siendo la segunda,
más grande que la primera, en el único decreto de hacerlo todo en
María, con María, para María, y entregarlo todo a Cristo, por vía
de su maternidad, su filiación y su desposorio con Élla.
María es, como dijimos,
templo, trono y sagrario de la Santísima Trinidad. En este oficio se
encierran los oficios de Hija del Padre, Esposa del Espíritu Santo
y Madre de Dios, porque Dios quiso ser, respecto del hombre, esto es,
respecto de Cristo y, con Él y en Él, respecto de todos los
hombres, Hijo, Esposo y Madre del hombre. Esto lo hizo primero en el
decreto arcano, en María. Y con Élla, en todos los hombres.
En las vías purgativa
e iluminativa que ha de pasar el hombre, se revela este decreto creador
y redentor por igual, y lo mismo ocurre en la cima de la vida contemplativa,
esto es, en la etapa llamada unitiva, donde el amante y el amado son
uno solo, como dice San Pablo, “no soy yo quien vive; es Cristo quien
vive en mi”.
La relación de unión
que caracteriza a los perfectos, vuelve a introducir al hombre en el
decreto arcano, creador y redentor, en que el hombre descansa en los
brazos de Dios en el acto supremo de la contemplación que consiste
en la posesión del amado. Dios posee por completo al hombre y el hombre
posee por completo a Dios, viviendo a ser una sola persona, ya
en Cristo, Dios Hombre y Hombre Dios.
Es aquí precisamente
cuando el hombre puede acceder al misterio profundo de cómo Dios quiere
comunicarse a sus creaturas por María, con María, en María y para
María, como forma perfecta de entregarlo todo a Cristo.
Con todo lo que Dios
nos ha dado, el hombre tiene delante de sí, en todas sus obras una
bifurcación de caminos. El uno conduce a la deificación por
participación de la divinidad que engendra en nosotros la Virgen María
para que cada acto sea de Élla acto de Cristo y por tanto, una acción
sacerdotal de adoración suprema y absoluta a Dios. El otro, de realizar
acciones sin Dios que se pierden o que son actos de iniquidad contra
Dios y contra el prójimo.
Con los primeros creamos
y redimimos con María y Con Cristo en la Santísima Trinidad. Cuestan
un poco de trabajo y esa es la cruz de cada día, la cual sin embargo,
es Cristo quien la carga y que consiste en realizar todo como María
y como Cristo lo harían, con todo el corazón y con toda la mente
en servicio de amor para Dios y el Prójimo.
Con los segundos solamente
se sirve al egoísmo y al demonio y sin embargo parece ser que son los
actos más comunes entre los hombres.
Estos dos caminos los
tenemos presentes para el orden natural y para el sobrenatural, de modo
que todos los actos vienen a tener un impacto sobrenatural con obras
de vida o con obras de muerte.
En todas las acciones
de los hombres están presente esta bifurcación de caminos, hay que
tomar una decisión en todos los órdenes de las relaciones personales
y sociales, desde lo cotidiano hasta lo económico y lo político.
Los que toman el primer
camino se introducen en el decreto creador y redentor del Padre, son
Madres de Cristo y su vida es un ejercicio sacerdotal incesante por
el que su misma vida se convierte en Eucaristía, en pan de vida y bebida
de salvación.
En este sentido todo
trabajo, todo descanso, toda relación e interacción son santificantes.
El que trabaja sabe que trabaja para Cristo en su prójimo, por tanto
su trabajo, por pequeño, insignificante o grande que sea, lo hace con
todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas, porque
con ese trabajo imita el trabajo del Padre –que sigue trabajando—el
oficio redentor de Cristo, el oficio mediador de María y el oficio
santificador del Espíritu Santo, y lo va a presentar bien hecho, limpio
e inmaculado, perfecto a los ojos de Dios en las manos de su prójimo.
Cada trabajo es una acción sacerdotal.
En la división del trabajo
y en los factores de la producción, así como en toda la división
económica, política y social, estos oficios se reproducen y son santificadores
cuando se hacen en la dimensión de la Gracia. El empresario fecunda
con el capital al trabajo para generar riqueza que fecundará en bienestar
y en mayor producción, mayor trabajo y mayor bienestar para más personas.
Por eso Cristo nos enseñó
que el que es fiel en lo poco, lo es en lo mucho, el que es justo en
el trabajo y en las relaciones comerciales con su prójimo, es al mismo
tiempo justo en las relaciones con Dios.
Asimismo, la levadura del trabajo, aquella que hace rendir el salario, no es el esfuerzo del hombre, ya que el mismo Señor dijo que Él da el pan a sus amigos mientras duermen; “de nada sirve que trabajen y velen hasta muy tarde”, expresa, para decir que es Él quien hace prósperas las obras de nuestras manos. Así lo manifestó con el profeta, cuando la pequeña jícara de la viuda se llenaba de harina y así lo manifestó en las multiplicaciones del pan. Un hombre puede ganar muy poco, nominalmente hablando, pero si ha consagrado su trabajo a Dios, el fruto del mismo rendirá más que las ganancias de todos los ricos que no se consagraron a Dios, aunque a los ojos de los demás se vean prósperos. El trabajo del hombre es continuación de la creación de Dios, cuando está consagrado, por pequeño e insignificante que sea a los ojos de sus semejantes.
Dios Nuestros Señor
instruyó en su santo temor, poco a poco a los hombres a través de
siglos, para llegar a la plenitud con Cristo, de manera que pudieran
ofrecer un sacrificio divino, sin mancha. Así lo observamos en todo
el Antiguo Testamento, como en multiplicidad de ocasiones enseñó la
creación y la recreación del universo.
Así como en el decreto
de la encarnación de su Hijo, Dios Padre estableció el fundamento
de la maternidad en el género humano y para todos los seres creados,
en el devenir del Antiguo Testamento se vino gestando la revelación,
así como la Madre da la sustancia a través del cordón umbilical,
el Señor dio la sustancia que vino gestando al pueblo de Israel como
hijo primogénito de todos los pueblos, para llegar al alumbramiento
que se dio en la plenitud de los tiempos con en nacimiento de Cristo,
sumo sacerdote.
Habiendo decretado la
vida intrauterina cuando el hombre se gesta en el vientre de su madre
y recibe la vida de ella, con el decreto único y amoroso por el que
Cristo se gestó en el seno de María, en el Antiguo Testamento los
Profetas, los Reyes, los jueces y todos los que fueron instrumentos
de la palabra de Dios, suministraron la sustancia de la formación del
pueblo que habría de alumbrar en la Iglesia que Cristo fundó.
Como parte de esta gestación,
amoroso y cariñoso con todas sus creaturas, Dios Padre dividió en
dos la enseñanza de sus decretos y de su intimidad, fundamentos de
su amor a nosotros, centrado en Cristo. Una enseñanza que corresponde
a la gestación y otra que corresponde al alumbramiento. Es por eso
que, primeramente, en Antiguo Testamento (Is. 7, 10-14), dice
que la Virgen dará a luz a un niño al que pondrá por nombre Emmanuel,
que quiere decir “Dios con nosotros”, con lo que revela la voluntad
de hacerse Hombre y, en el Nuevo Testamento (Lc.1, 30-33), Nuestro
Señor tendrá el nombre de Jesús, porque devolverá la salud y salvará
a su pueblo, estableciendo con su nombre su misión redentora.
El modo de la comunicación
de Dios al hombre, a través de Moisés, también revela este decreto
creador y redentor como figura de la ofrenda sacerdotal que habrá de
realizar Cristo en la cruz para redimir al hombre de sus pecado, así
como el contenido del mensaje.
Dice Moisés: “yo había subido al
monte, a recoger las tablas de piedra, las tablas de la alianza” (Dt.
9.9)
Dios quiere enseñarnos
su decreto creador y redentor, redentor y creador, al subir el
monte, trabajo que implica una gestación. Él escribió los mandamientos
con su dedo en piedra, que es el elemento más simple de su creación,
queriéndonos decir que para que su ley sea escrita por él en
nuestro corazón, que de por sí ya suele ser de piedra, tenemos que
convertirnos en la creatura más simple de la creación, esto es, con
la simplicidad del mineral, que es tan obediente que allí donde lo
puso Dios, allí se quedo y cumple al pie de la letra los decretos que
a su naturaleza Dios le dio.
Esta imitación de la
virtud de la piedra corresponde al entendimiento y a la voluntad, cuando
digamos, con el Rey David: “inclina Señor ni corazón a tus
preceptos, y cumpliré tus mandatos”.
Así tanto en el modo
en que Dios dio al hombre sus decretos salvadores, como en el trabajo
que el hombre tiene que realizar para cumplirlos, se retrata el decreto
creador y redentor, redentor y creador, según el modelo arcano que
Él estableció con María, en María y para María, en su filiación,
desposorio y maternidad que Él quiso tener con Élla y que quiere engendrar
de Élla en cada hombre.
Los dolores del parto
que proceden como consecuencia del pecado, son algo que el hombre habrá
de sufrir, tanto en el alumbramiento de las acciones de reconciliación
con Dios, como en las de su santificación y sus alumbramientos colectivos.
Por ello, cuando el pueblo
de Israel debió purificarse de sus iniquidades, lo hizo con dolor,
con sacrificio santificador, lo mismo cuando vino Cristo al mundo, al
redimirlo con su sangre. Lo mismo ocurrió con el alumbramiento de la
Iglesia, cuando salió del Agua y de la Sangre del Redentor en la cruz.
También con el asesinato de los Santos Inocentes. Lo mismo ocurrirá
al final de los tiempos, cuando el Cuerpo Místico de Cristo habrá
de ser crucificado, y perseguidos los cristianos, de donde saldrá la
Parusía de Nuestro Señor Jesucristo y se venida gloriosa.
Son gestaciones y alumbramientos
que proceden del decreto original de la encarnación-redención del
Hijo de Dios, que es proclamado por toda la creación y por todas partes.
Es en los últimos tiempos
cuando se revela el misterio de la Madre de Dios, su importancia, su
acción como mediadora de la misión respecto de la creación y respecto
del Padre, del Hijo y el Espíritu Santo.
Tal secuencia corresponde
a la sabiduría divina respecto de la naturaleza del hombre, sujeto
al tiempo y al discurrir, a la secuencia de pasos en su devenir.
En todo tiempo la libertad
del hombre conduce a escenarios de los que Dios tuvo por vistos
desde antes de crear.
Delante de la sabiduría
divina estaba que en todo momento de la vida del hombre, preservaría
su libertad. El hombre podría elegir, con su libertad limitada, a la
libertad absoluta y soberana de los hijos de Dios, o rechazarla. Esto
podía hacerlo antes, durante y después de la redención, y con ella
mediante la ayuda del regalo de la Gracia Santificante.
El amarlo o el no amarlo
estaría como opción a tomar en cada uno de sus actos.
Con esto, dotó a cada
uno de la libertad de usar todos los procesos y todas las acciones inherentes
a su libertad para hacerlas con Él o contra Él, para elegir estar
o no con Él eternamente.
Por ello, como parte
de la realeza que entregó a su Hijo, como Señor de todo cuanto Existe,
le entregó el juicio, porque es su voluntad soberana, decretada en
el mismo acto en que quiso ser Hombre, que todos los que compartirían
su humanidad se dieran cuenta por todo lo que hizo por su amor y se
pudiera entregar totalmente a los que quisieron amarlo y que así lo
demostraron amando sus decretos creadores, amando el íntimo misterio
de que todo lo hizo a través de María, creando y recreando, redimiendo
al mundo.
Dará igualmente a los
que lo rechazaron el correspondiente a sus obras, aquel pago que toca
a los ingratos que viendo no vieron y oyendo no escucharon y rechazaron
al eterno amor de Dios, por el que los creó una vez y por propia cuenta
echaron a perder la obra y Él, amoroso, los volvió a crear y les dio
a su Madre y con Élla el poder ser hijos de Dios.
No quedará lugar a dudas
ni posibilidad de confusión alguna, porque en el mismo acto en que
decretó la maternidad de María y la recreación del mundo, --y con
este todo lo que hemos tratado y mucho más que, como dice San Pablo,
ni ojo vio, ni oído escucho-- antes del juicio de las naciones iluminará
todos los corazones e inteligencias para aclarar a nuestra inteligencia
la grandeza eterna de su amor.
Esto lo hará igualmente
a través de su Madre.
Así quedó decretado
cuando determinó que cada uno viera la luz al salir del vientre de
su Madre y tuviera tiempo de poder discernir.
En el libro de la Revelación
se inscriben los sucesos que la libertad de los hombres habrán de desencadenar
y en los que la voluntad de Dios habrá de preservar la Gracia para
que los que quieran salvarse lo hagan, según decretó en el acto por
el que quiso ser hombre.
Así, la multiplicidad de distorsiones y de escenarios diversos que en la historia del hombre su libertad genere, no afectan en lo más mínimo a tales decretos.
En los decretos de la
creación y de la recreación por la redención ya estaba previsto que
la cizaña será arrancada al final y quemada, mientras que el grano
será guardado en los graneros del Señor.
Por millones de procesos
y sucesos de la vida, desde lo más simple y cotidiano nos viene diciendo
el Señor a Diario de esta magnanimidad de su amor por nosotros.
Habló su palabra; Cristo
mismo nos enseño que Él es el camino, la verdad y la vida y se nos
entregó para salvarnos.
Aún así, observamos
que por aquellos que no quieren tener a Dios por Rey, desencadenarán
hechos por los que piensan que podrán cambiar los decretos divinos
de amor hacia el hombre, porque quieren una creación donde ellos hagan
su capricho y gobiernen a su modo, estrecho, limitado e imperfecto.
Desprecian los planes de Dios, no quieren ser dioses por participación.
Miles o millones de oportunidades
da Dios para salvarse, pero muchos no quieren hacer la voluntad de Dios
ni que Cristo los salve.
Las acciones preceden
al hombre malvado, que lo es porque quiere serlo y porque está en contra
de Dios, porque quiere una creación a su gusto y llaman justo a su
capricho e injusto a todo lo que contraviene su contentillo.
Nos son las grandes negaciones
ni las apostasías incendiarias las que pierden más al hombre, sino
la cadena de miles y de millones de acciones pequeñas de injusticia.
Aquel que hace mal las
cosas, sabe que eso perjudicará al prójimo, pero lo hace porque no
le importa su hermano ni el daño que le haga, sino que quiere solamente
servirse de él para quitarle algo, para robarle bienestar, salud, dinero,
felicidad, etc. En el orden de las relaciones económicas y comerciales,
en el orden de las relaciones familiares, políticas y sociales es lo
mismo, impera esta misma ley.
Miles de actos tejen
la vida. Miles de trabajos mal hechos hacen que todo este mal hecho
y que funcione mal y que miles y millones de cosas malas sucedan a las
víctimas de algo mal hecho.
Estos miles y millones
de actos son como pequeños demonios que encadenan al hombre y lo sujetan
hacia el abismo. Si se observa la naturaleza de uno de estos actos por
los que se ha hecho mal algo, podremos darnos cuenta que tiene la simiente
de la bestia, es la semilla de la iniquidad. Cada semilla de estas es
espejo de la Gran Ramera del Apocalipsis. Por ejemplo en el trabajo,
que es santificador, porque Dios trabaja, Cristo y María también,
pero bajo el manto del trabajo, con su libertad cada hombre puede prostituirlo,
cuando lo hace mal, porque se presenta ante el prójimo como trabajo,
justo y remunerador, por el que se reclama un salario, pero al verlo
a detalle, al analizar sus pequeños componentes, tiene la simiente
de la injusticia, la maldad, la envidia, la pereza y toda clase de vicios.
Por esto decimos que tiene la simiente de la Gran Ramera de la que habló
San Juan.
Sabemos por los que han
estudiado, escrito y a quienes se han revelado los misterios de los
últimos tiempos, que la Gran Ramera es una falsa religión, porque
está escrito que Satanás se sentará en el Santo de los Santos del
Templo de Dios, como si el pueblo de Dios estuviera compuesto de apostatas.
Esto será por aquellos ministros, sacerdotes, obispos y cardenales
que entregados al mundo, se sirven de los ministerios sagrados para
servir al demonio, al mundo y la carne.
Pero no solo estos tienen
sacerdocio. El bautizado tiene sacerdocio real también, y sus acciones
constituyen también a la Gran Ramera cuando lo que buscan es satisfacer
su egoísmo, su avaricia, su lujuria, su vanidad, etc. Por eso está
escrito que el anticristo pondrá su marca en grandes y pequeños, no
solamente en los grandes o los poderosos.
En el sacerdocio real
que se nos regaló por el bautismo, todos los actos del hombre pueden
ser actos de luz o de tinieblas. Sea sacerdocio del pueblo o sea sacerdocio
ministerial.
Así en la gran impostura
demoniaca que vendrá al final de los tiempos, se presentará un templo
construido por hombres, no por Dios, en el que los inicuos darán culto
a su dios, Lucifer, con liturgias y códigos acordes con sus caprichos.
No es novedoso que eso
se vaya a dar, puesto que hay sectas ocultas que en eso han venido trabajando
durante ya varios siglos, 7 siglos. Sin embargo su reinado durará solamente
tres años, que serán los del reinado del anticristo.
Dios Todo Poderoso decretó
un templo para Él, que es María y con ello decretó que todos los
que quieran ser sus hijos deberán tener las medidas de su templo, la
medida de las virtudes de María, como se ve que se ordena medir al
templo en el Apocalipsis.
Resulta que el demonio también quiere tener su templo, el que le viene construyendo la masonería, al que cabalísticamente denominan sus iniciados como Templo de Salomón, el cual también tiene por tabiques y constructores a hombres, que son albañiles de dicha construcción, la cual vienen imponiendo en la sociedad, en la economía, en la política y en toda la vida de la familia, de los pueblos, del devenir de la historia. Ese templo que es según sus doctrinas el de la razón –sin lógica y sin inteligencia, por supuesto—es el de hombres que ellos llaman “libres”, porque para ellos la libertad es liberarse del “yugo de Dios”, de modo que quieren construir una humanidad regida por ellos, donde pretenden ignorar los planes de Dios.
Nada más absurdo que
eso. Despreciar la libertad y el poder absolutos de Dios, a los que
hemos sido llamados a ser por participación, para querer quedarse con
migajas de libertad. Pues eso es lo que tendrán, por eso Cristo dijo
que se les quitará aún lo que crean que tienen. De ese supuesto templo,
hecho de manos de hombres inicuos, no quedará piedra sobre piedra sin
destruir.
Por ello serán encabezados
por el anticristo, para engañar a todos, haciéndoles creer que él
es dios y todos los que han utilizado los dones de Dios para servirse
de los demás, serán los que dominarán la tierra durante un lapso.
Constituirán la Gran Ramera. Finalmente el soplo de la Parusía
del Señor los precipitará. Esto es, no quedará piedra sobre piedra
sin destruir de aquello que el hombre y el demonio quisieron oponer
a la voluntad de Dios y aún de aquello por lo que el hombre se distrajo
y prefirió antes, que a la obra amorosa de Dios.
Esta voluntad se contenía
entre los decretos que venían guardados con el decreto de la encarnación
y de la redención.
Finalmente los ángeles
de Dios separarán a los buenos de los malos y unos irán a la Gloria
y los otros serán sepultados en el abismo, de modo que no quedará
piedra sobre piedra sin destruir.
En cada uno de los justos
se habrá cumplido el decreto inicial y arcano que consuma el eterno
amor que Dios nos tiene, el de hacerse Hombre y levantarnos de nuestra
miseria para elevarnos a su divinidad y participarnos de Élla a través
del más íntimo secreto de su creación: María, la Madre de Dios.
No hay mas templo que María ni mas Señor que Cristo y los que son de Cristo.
María es Madre de la
Gracia Santificante y de las virtudes y dones del Espíritu Santo que
configuran el ser divino en nosotros, la participación gratuita de
la divinidad que Dios nos quiere dar por Cristo.
Ya que a través de la
Gracia Santificante vivimos la misma vida de Dios, ello es gracias a
que María es la madre que Dios quiso tener para sí y por la que quiso
darnos a Cristo, por lo cual Ella forma parte de la Santísima Trinidad
en el orden hipostático como creatura hecha por Dios para ese propósito
Así como madre de la
Gracia Santificante, que es el don divino que nos hace partícipes de
la misma naturaleza divina, María es madre de los medios por los que
esta vida crece en nosotros y nos hace cada vez más capaces de tal
participación, esto es, es madre de los sacramentos y de la perfecta
manera de administrarlos y de recibirlos. Es madre de las virtudes y
de la perfecta manera de vivirlas y es madre de la oración y de la
perfecta manera de vivirla.
María esta llena de
Gracia, donde la palabra llena significa que como Madre de Dios, unida
a la familia de la Santísima Trinidad, quiere decir que no tiene límite
alguno para recibirla y para mediarla a los hombres, ya que medió a
la unión hipostática de la Segunda persona de la Santísima Trinidad,
puesto que Dios le dio la capacidad y los dones necesarios para cumplir
con este oficio.
De esta manera, María
es madre verdadera de la Gracia Santificante, de los medios para obtenerla
y acrecentarla en nosotros, esto es los sacramentos, el ejercicio de
las virtudes y la oración en todos sus grados. Es madre del bautismo,
la confirmación, la penitencia, la comunión, la unción de los enfermos,
el matrimonio y el orden sacerdotal.
Es madre de las virtudes
teologales de la Fe, Esperanza y la Caridad, y de las virtudes cardinales:
prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
Es madre de los dones
del Espíritu Santo: entendimiento, sabiduría, ciencia, consejo, fortaleza,
piedad y temor de Dios.
Es madre de los frutos del Espíritu Santo y de las bienaventuranzas.
San José es el esposo
virginal de María, padre virginal de Jesús
Es templo, trono y sagrario
de la Santísima Trinidad; Padre, Hijo y Esposo de la Santísima Trinidad,
por participación matrimonial con María. El y Élla, efectivamente
en el orden de la Gracia, vinieron a ser una sola cosa en la creación
del universo y en la recreación por la redención del genero humano.
De modo que todas las virtudes de María, las tiene San José en grado
que corresponde a quien es cabeza de la Sagrada Familia, porque
Dios así se quiso dar un Padre humano que lo engendrara en todos los
órdenes por los que Él quiso ser engendrado por los hombres.
No hay Gracia que provenga
de María, que no sea cultivada y cuidada, custodiada cuidadosamente
por San José. Así, no podemos ser hermanos de Jesús, si no tenemos
a San José por Padre.
La escala de la perfección
de la santidad tiene a San José en la cima, porque Dios, cariñoso
con todas sus creaturas, quiso que tuviéramos todos los auxilios para
progresivamente y a modo de niños pequeños, fuésemos llevados de
la mano hacia su majestad, de tal manera que no hubiera obstáculo alguno
que no estuviera salvado.
Así somos engendrados
para Cristo por el bautismo en el seno de la Iglesia. Cristo es formado
por María en nosotros y de tal manera puede ser perfecta su imagen
cuanto imitemos a María. Este camino será tanto más perfecto cuanto
San José nos provea del pesebre de la humildad y nos cargue como al
Niño Jesús.
San José nos enseña
el templo verdadero y lo construye y lo cuida en nosotros.
Así como la personalidad
de los hijos en el orden humano contiene la personalidad de los Padres,
de igual modo el universo, la creación entera y la redención, tienen
los secretos del amor que a través de San José y la Santísima Virgen
quiso Dios entregar a Cristo, y en Él a todos los hombres.
Entre otras cosas, eso es lo que Nuestro Señor Jesucristo amaba de las disposiciones de su Padre Eterno, cuando estaba sentado de cara al templo, y quería que como Él, un día todos los hombres lo amaramos también.
Antes de crearlo todo,
Dios quería hacerse Hombre y esta determinación guarda todos los decretos
del universo, del orden natural y del orden sobrenatural. El principal
de esos decretos es que Dios quiso tener una Madre humana y sí lo hizo,
y con Élla, para Élla y en Élla, puso todos los fundamentos de la
creación y de la redención de la humanidad, de la regeneración, del
hacerlo todo nuevo, así como todos los decretos de la relación de
posesión de Dios por parte de los santos, que para toda la eternidad
vivirán, cuando que Dios será todo en todos.
La Madre de Dios contiene
todos los tesoros que el Padre entrega a su Hijo Jesucristo. Es en Élla,
con Élla y para Élla que Cristo es el Alfa y el Omega, el principio
y el fin, el primero y el último, el primogénito de toda la creación,
el primero y el que va delante de la Iglesia, para quien Dios hizo todo
en Él, con y para Él.
Creatura es, distinta
del Creador, pero la que recibe a Cristo en su seno para ser su Madre
y por la que nos promete que seremos Madres, hermanos y hermanas de
Él, al cumplir con la voluntad del Padre que es que vayamos a Él por
el mismo conducto que Él vino a nosotros, transformándonos en Cristo
por María.
Élla es el Templo que
Dios se hizo, con su sabiduría, que no tuvo pecado original y es inmaculada,
Virgen Santísima, preservada así por Él y para Él, poniendo en Élla
toda su imagen y semejanza, y el modelo de toda la creación, y constituyéndola
misteriosamente como co-creadora, también la constituyó, como co-recreadora,
esto es, co-rredentora, por el mismo y único decreto por el que quiso
comunicarse creando y deificando a los que él quiso.
Élla es la Jerusalén
Celeste desde donde la luz de Dios iluminará todo para que finalmente
veamos cuanto nos ha amado, eternamente, cuando se cumplirá en Élla,
el deseo de Cristo para todos los hombres: “Que sean uno, como
Nosotros”. “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el sólo
Dios verdadero, y al que has enviado, Jesucristo”. (Jn. 17. 1-26).
Estas y otras cosas que
la efusión del Espíritu Santo nos dará a conocer, para deleite en
la experiencia y contemplación del amor tierno que nos tiene, cuando
con su luz inunde de la sabiduría de Dios la tierra, es a lo que se
refirió la Santísima Virgen en todo el Magníficat, cuando dijo:
Magnificat, ánima mea, Dominus,
(Lc. I, 46-55). Glorifica mi alma al Señor. Porque no es una exclamación
de agradecimiento, sino de una realidad de conformidad de la voluntad
de María con la voluntad de Dios, con todo el decreto del que hemos
tratado, que se había venido desarrollando desde cuando Dios decidió
ser creatura, crear y recrear. La glorificación de María al
Señor es la acción de estar llevando a cumplimiento todos los decretos
de Dios para los que no son Él y que tienen ser por la magnanimidad
de su amor.
También cuando la Virgen
Santísima dice: Et exultabit spíritus meus in Deo salutarin meo,
y mi espíritu se regocija en Dios mi salvador, expresa la experiencia
de gozo en la conformación de su voluntad con la de Dios; respuesta
de felicidad de aceptación en el Espíritu santo, de todos sus decretos,
que a Élla primero se dirigieron desde el llamado eterno, que posteriormente
se expresaran en Chemah Israel, Oye Israel, (Dt. 5, 4).
“Porque ha mirado la humillación de su esclava” , Qui a respéxit humilitátem
ancíllae
suae. Esto es, porque Élla expresa que en su persona desde
su nacimiento inmaculado, por su propia voluntad se ha mantenido Virgen
en todo su ser, esto es, vacía de creatura, pero llena de Dios; con
el perfecto original de ser la imagen y semejanza de Dios, porque así
lo declaró San Grabriel (la Fuerza de Dios), cuando le dijo. Salve,
llena de Gracia, esto es, llena de la virtud de Dios que participa al
hombre; como decir, Salve, espejo de Dios, que lo refleja tal cual es.
Lo que le d la virtud reflejante de la divinidad es la vaciedad de creatura,
que Élla refiere como sierva, como esclava, de amor, con amor, para
el amor del amor.
Ecce enim ex hoc beátem
me dicent Omnes generationes, Desde ahora me llamarán feliz todas
las generaciones. Ese llamado de todos los hombres y de todas las generaciones
creadas, se refiere no solamente a un reconocimiento de la elección
soberana de Dios por Élla y por su respuesta, sino más profundo,
como el requerimiento de quienes reconocen al original de su ser, al
que están llamados a participar, para adquirir la imagen de Cristo
y ser dioses por participación, para cumplir el decreto: Yo dije: sois
dioses (Sal. 82, 6).
Aquí se encierra el
“Yo”: esto es, Soy el
que Soy , “Dije”, --con mi única palabra, con mi Verbo Eterno,
al que engendré hoy—“ustedes son dioses”; como mi Verbo, que
viene al mundo desde el cofre de todos mi tesoros para Él, --mi amado,
en quien tengo puestas todas mis complacencias--, que es María
Qui a fecit mihi magna
qui potens est. Et sanctum nomen eius. Por que ha hecho en
mi maravillas el poderoso, su nombre es santo.
María exclama que Dios
ha hecho en Élla maravillas, que son las que aquí hemos tratado. La
completamente llena de Gracia, porque análogamente como Dios está
lleno de sí mismo, de su poder, gloria y majestad, Élla está llena
de Dios, proclama, con las palabras: maravillas y, su nombre es santo,
la correspondencia de decretos que Élla tiene, con la magnanimidad
del Ser de quien estos provienen, y que Élla contiene.
Cuando Élla dice que
su alma proclama la grandeza del Señor, es que Élla refleja toda la
majestad y el poder de Dios y en eso está su personalidad, en reflejarlo,
con todos sus decretos, y en esta realidad, Élla está totalmente llena,
es decir, que en Élla el estar llena es que en su alma está la infinitud
de Dios, por ser la imagen y semejanza de Dios personificada. Es una
llenitud infinita. Estas son las maravillas que se expresan con ser
la Madre de Dios, que le reconoce inmediatamente la Madre del más grande
profeta San Juan, Santa Isabel.
Más adelante, cuando
el Niño Jesús se perdió y fue hallado en el templo, María expresa
nuevamente, con José, la confirmación de su santidad, toda vez que
su necesidad es tenerle, puesto que no tienen nada de sí mismo, siendo
María la llena de Gracia y José, el justo. “Por que me buscaban.
¿No saben que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre”? (Lc.
2 48-51), como decirles, conviene que todos los hombres sepan por qué
ustedes son los Padres de Dios, porque cumplen completamente su voluntad,
así como yo la cumplo.
Enseguida, “no tienen
vino” (Jn. 1, 3-5); “Mujer, (o sea, Madre de todos los hombres)
¿ a ti y a mí que?”; es decir: “tu y yo sabemos lo
que haremos, a ti y a mi, que sabemos los decretos por los que tu eres
mi Madre y yo soy tu Hijo, y en esta boda, --que representa, como todas
las bodas que vienen de Dios, el matrimonio entre Dios y los hombres,
por el que estoy aquí, yo, el Esposo de la humanidad que Yo cree y
que voy a redimir y a recrear con mi pasión muerte y resurrección—es
ocasión para decir que “mi hora no ha llegado”, pero para esto
he venido, para recrearlo todo, y por eso, hago lo que tú me pidas,
porque eso que tu me pidas, es la voluntad de mi Padre, que yo mismo
he inscrito en tu corazón, en ti que estás totalmente llena de mi.
“Hagan lo que Él les diga”, dijo María, como decir, para que en
ustedes se haga como en mi, hagan lo que Él les diga, para que ahora
que quieren establecer el vínculo del matrimonio con Él, siendo que
están en el pecado, Él los convierta en Hijos de Dios, como transformará
esa agua en vino. Ese, como todos los coloquios que tuvo María con
Cristo, fueron amorosos.
Expliquemos un poco más.
Los misterios de la creación
y de la redención, así como del triunfo final de la Iglesia Gloriosa,
fueron revelados ya desde el principio en el Evangelio. En todos los
pasajes y en todo lo escrito, se señala la función mediadora absoluta
de María, porque en el simple hecho de que tengamos por escrito la
palabra de Dios, pues refleja, para el ojo que busca a María, --por
muy pecador que sea-- su intervención práctica, fehaciente y cotidiana.
En el contenido del Evangelio,
siendo la recapitulación de toda la ley y los profetas, de las
escrituras, se narra asimismo y en todo momento, la intervención
y la corredención de María, al igual que su función mediadora como
original y semilla de la creación, la redención y del triunfo glorioso
de la Iglesia, como ya se había hecho en todo el Antiguo Testamento,
pero en el Evangelio es patente.
Así lo observamos en
el primer milagro de Jesús, en las Bodas de Caná, cuando el señor,
habiendo sido invitado con sus discípulos, se percató de que el vino
de la fiesta se había terminado. “No tienen vino” , le dijo María,;
“ Mujer, a ti y a mi ¿que? . Mi hora no ha llegado aún”, y Élla
le dijo a los sirvientes: “Hagan lo que Él les diga”. Después,
ya convertida el agua en vino, dijo el maestresala al novio “Todos
sirven primero el mejor vino, y cuando se ha bebido bastante, el peor.
Tú en cambio, has guardado el mejor vino hasta ahora”. (Jn. 2, 1-12)
Con este hecho el Señor,
con María, por Élla, en Élla y para Élla, nos revela toda la creación,
la redención y la glorificación.
Primeramente, a ojos
profanos, pareciera que el Señor dice a su Madre que no es problema
de ellos el que en una boda, a la que fueron invitados, se haya
acabado el vino. Pero eso es porque el Señor, de cierta manera, siempre
quiere que el hombre lo busque, aunque Él lo busca primero y Él lo
ama primero, y que escudriñe en su corazón para que Él le revele
sus misterios. Aunque también lo hace para que los soberbios sean confundidos
y se hagan más soberbios por su propia decisión y a la hora de la
cosecha, no pasen por trigo, sino que tengan la simiente de la cizaña
que quisieron, por siempre y en consecuencia tengan el destino de la
cizaña (Mt 13. 24-30; 36-43), como bien dijo que revelaría todas las
cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo, pero en parábolas
(Mt. 13. 34-45)
A quienes desconocen
la bondad y la dulzura del Señor, les parece dura la razón de la explicación
que da sobre por qué habla en parábolas, aunque en verdad no lo es.
“A vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino
de los cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará, y
tendrá de sobra; pero a quien no tiene, aún aquello que tiene se le
quitará. Por eso hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo
no oyen ni entienden; y se cumple en ellos la profecía de Isaías,
que dice: ‘oír, oiréis, pero no entenderéis; mirar, miraréis,
pero no veréis, porque el corazón de este pueblo se ha embotado, se
han hecho torpes de oídos y sus ojos han cerrado, para no ver con sus
ojos, para no entender en su corazón, y convertirse y que yo los sane’.
Y vosotros, dichosos vuestros ojos que ven; y vuestros oídos que oyen.
Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos desearon
ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís, y
no lo oyeron”. (Mt.12. 10-17).
Las palabras del Señor
contienen todos los secretos que estaban ocultos desde la creación
de mundo. En las parábolas puede existir mayor grado de dificultad
para la interpretación a la luz del devenir de la vida del cristiano
iluminado por la Gracia Santificante, que las que no son parábolas,
aunque estas últimas también encierran muchas enseñanzas sobre la
creación y la redención del hombre y sobre la vida y el devenir de
la relación del hombre con Dios a lo largo de toda su vida individual,
con lo que se vuelve a expresar el misterio de María co-creadora, co-rredentora
y en vida de cada hombre, su Madre, su Hija, su Esposa, su hermana,
como un adelanto del tierno e inmenso amor que Dios da a cada uno de
sus hijos que lo aman.
En este sentido y dado
que ni una coma de las palabras del Señor pasará aun después de que
el cielo y la tierra pasen, resulta que su significado es interminable
y eterno, porque aún en la Gloria tendrán el sentido glorioso de toda
palabra que sale de la boca de Dios, que es alimento para el hombre,
por lo que la gloria será el Evangelio, de un modo en María, que hoy
en día no alcanzamos a comprender ni a vislumbrar.
En las bodas de Caná,
ya dijimos que pareciera que el Señor dice a su Madre que no es problema
de ellos el que a una boda, a la que fueron invitados, se haya
acabado el vino, debido a que el Señor siempre quiere que el hombre
lo busque, aunque el lo ha buscado primero y lo ama primero, y que escudriñe
en su corazón para que Él le revele sus misterios y su inmenso amor.
El Señor ha comparado
siempre su amor al hombre como una boda, pero es porque Él hizo el
original de las bodas al crearlo todo y redimirlo todo en los misterios
de María, de modo que la boda y el matrimonio, que para el hombre significa
la consumación del amor humano y de la familia y de la estabilidad
como fundamento de la sociedad, tiene el objeto de enseñarle al hombre
que quiera descubrir el inmenso amor que Dios le tiene, al original
de la unión de Dios con el Hombre, a Cristo, lo cual hizo primero con
el matrimonio de Dios con María, que para consumar el matrimonio donde
Dios se hace Hombre y la naturaleza humana ya es parte de su persona
divina, primero tuvo que desposarse con María, con quien tiene todas
las eternas delicadezas del Esposo, del Hijo, del Padre, del Hermano
y del confidente de todos sus planes divinos.
De este modo, no fue
una casualidad que el primer milagro de la predicación del Señor fuera
en las bodas de Caná.
Así, cuando María va
con el Señor y con los apóstoles a la boda, Élla, que ha guardado
todo en su corazón desde antes de la encarnación, sabe en la Gracia,
que va a manifestar, con inmensa alegría, cual es su papel en todos
los planes de Dios.
Primeramente, se manifiesta
que al hombre sin María y sin Cristo, pues no pueden tener la fiesta
ni la alegría, porque les falta el elemento fundamental de la fiesta,
el que da la alegría, el vino. En el orden de la Gracia, les falta
el original que deben alcanzar para unirse en el matrimonio original
que los hará verdaderamente hijos del Padre, esposos del Espíritu
Santo y Madres del Hijo. Un matrimonio que a lo largo de la vida no
se percate que está viviendo el plan de la creación y de la
redención que el Señor trazó en María, pues no entendió nada y
no tendrá otro destino que le sea quitado, a su tiempo, aquello que
tenía.
Enseguida se manifiesta
que por mucha abundancia que el hombre llegue a tener, lo cual evidentemente
se manifestará en la principal fiesta de su vida, pues se acabará,
y con Cristo no se acabará, sin que al final tendrá más que al principio,
porque el Señor le dará lo mejor para el final de la vida del matrimonio
y del cristiano en general.
Cuando María tomó la
palabra para decir: “No tienen vino”, es porque esa intervención,
la primera para manifestar al Hijo de Dios, a Élla, por su oficio,
le corresponde, por ser el original y la impronta de la creación y
de la redención, de todo el plan salvífico de Dios, que para eso Él
la creó.
En este diálogo, que
a ojos profanos es un simple reclamo, para Cristo y María es platicar
de un misterio y de un secreto que lo es para todo el resto, mas no
para ellos, que saben y que han hablado de este misterio desde antes
de la encarnación y que se han deleitado cuando el Señor estaba en
su vientre y cuando fue niño, adolescente, joven y adulto.
Cuando María dice “No tienen vino”, no solamente se refiere al vino de ese momento, se refiere al vino que no tiene la humanidad de todos los tiempos para poder concluir la fiesta que el Padre planeo para ellos, debido a la falta de previsión que la humanidad tuvo primero, en el jardín del Edén, cuando habiendo podido invocar a Dios, en el momento en que la serpiente los tentaba, para pedir su ayuda, no lo hicieron y perdieron la forma divina para poder seguir en ese jardín de delicias, que era símbolo del seno de María y de cuyo conocimiento entrarían en posesión inmediata al pasar la prueba.
Por tanto en ese momento
se revelaba lo profundo y lo alto del misterio, que para poder concluir
la fiesta del matrimonio verdadero y celebrar como Hijos de Dios, la
Virgen hablaba del vino verdadero, de la sangre de Cristo, por eso,
ante la magnitud del enunciar la misión a la que ha venido el Señor
a este mundo, esto es a dar su sangre por todos nosotros, y en la que
ha tomado parte María, pues dice: “Mujer, a ti y a mi ¿qué?. Lo
que a su modo de ver las cosas de Madre de todo cuanto existe y de la
redención y de Hijo de tal Madre e Hijo de Dios y Dios en su Segunda
Persona de la Santísima Trinidad, es venir a decir para qué
ha sido creado el universo y por qué hay que crearlo nuevamente con
la redención y el papel que la Madre y el Hijo tienen en estos oficios,
hasta la Jerusalén Celeste.
De modo que lo que se
está expresando es de tal envergadura, portento y magnitud, que por
eso el soberbio será hundido en el infierno, porque tal amor solo merece
correspondencia de amor.
Y prosigue Nuestro Señor:
“mi hora no ha llegado”, pero aunque estas palabras se han interpretado
a lo largo de muchos años como que no había llegado la hora del Señor
de hacer milagros o de manifestarse, lo correcto es interpretar al modo
de Cristo y María, esto es, al modo de quienes sabían de lo que estaban
hablando en el orden de la Redención, que eso abarcaba y abarca toda
su vida, de modo que los eventos cotidianos, en ellos, tienen toda la
revelación del significado profundo y divino en el orden de sus oficios
en la creación y la redención del hombre.
Así que Cristo no se
refería a que no había llegado la hora de hacer milagros, y que haría
un milagro a petición de su Madre y que con eso revelaría que Él
obedece a su Madre y que por eso Élla tiene un oficio mediador.
Además y mucho más
revelador y profundo misterio nos estaba anunciando, que en efecto,
Él había venido a dar el vino de su sangre a todo el mundo y que esa
hora de sacrificio y de entrega suma no había llegado aún, de modo
que en ese momento el Señor convirtió el agua en vino, pero no murió
ni entregó en ese momento su sangre, ni transformó el vino en su sangre,
como lo haría en la última cena, con lo que confirmó que su hora
de entregar su sangre no había llegado, que vendría después, pero
lo que sí había llegado la hora era de hacer milagros y de empezar
a enseñarnos esos misterios, los de la creación y de la redención
y de su inmenso amor por nosotros y de anunciar el vino de su sangre,
verdadera bebida, a la que estaba haciendo referencia la señora del
cielo.
Cuando la Santísima
Virgen María dice “Hagan lo que Él les diga”, reconfirma su misión
de conducirnos a Cristo, ya que Élla, en el original del acto sacerdotal
de transformar el pan en la carne y el vino en la sangre de Cristo transformará
la vida en Eucaristía, y aunque no se lo pidamos, por ser nuestra Madre,
verá por nosotros pecadores –por muy hundidos que lo estemos—para
darnos la oportunidad de que si hacemos lo que Él nos dice, seremos
como Élla, Hija, Esposa y Madre del Redentor, hermanos de Cristo, hijos
amados del Padre.
Cristo Nuestro Señor
transformará el agua de nuestra alma, ya dispuesta por la voluntad
de hacer lo que Él nos diga, en vino, en el vino de su sangre, y eso
lo hará siempre, porque siempre María está viendo por nosotros, aunque
llegará la hora como dice Cristo mismo, de dar testimonio. Sin embargo
en María, habremos de vivirlo con suavidad, y podremos soportar, con
Élla, siete espadas en el corazón.
Todas estas cosas se
manifiestan en el secreto, sin que nadie se de cuenta, porque esos trabajos
los realizarán los ángeles de Dios, y los hombres que para eso disponga
el Señor, por eso, fueron los criados los que supieron desde el principio
al menos la exterioridad de que se les había acabado el vino y de lo
que se hizo para proveer de más.
Primero, los únicos
que sabían del misterio profundo del que hablaban, eran Cristo y María.
Enseguida los que sabían del hecho de que ya no había vino, pues eran
los criados y los apóstoles que también eran invitados para que presenciaran
estas manifestaciones. El maestresala también da gloria a Dios, cuando
dice al novio que dejó el mejor vino para el final, advirtiendo a todos
nosotros que los últimos serán los primeros, que hay que esforzarse
para obtener las glorias de María, porque es el máximo galardón de
la fiesta de los hijos de Dios, pero que este regalo, --la perfecta
imagen de Cristo en nosotros-- es fácil de obtener con María.
Sin embargo, los comensales
no se daban cuenta en el acto, sino hasta después, cuando todos probaron
el vino y manifestó su gloria.
De modo que el primer
milagro del Señor, estaba reservado para revelar toda la creación,
la redención y la gloria y el papel de María en todo como co-creadora
y como co-rredentora y para Nuestro Señor, como para la Santísima
Virgen María, el hecho de hacer el milagro de la transformación de
agua en vino, de resolver el problema de la falta de vino en esa fiesta
y de revelarnos sus misterios, fueron una misma cosa, como lo debe ser
toda la vida del cristiano, todas sus acciones incrustadas en la dimensión
de la Gracia y del vivir de los hijos de Dios.
Así, en este milagro
del Señor, se encierran muchas cosas más que el Señor nos revelará
y nos extasiará en la gloria.
Feliz el hombre que ponga
en Élla su esperanza, porque será templo de Dios, como Élla. La Santísima
Trinidad hará en él su morada. Podrá sentarse y descansar en el monte
–la Iglesia y el cumplimiento amoroso de su ley— como Nuestro
Señor Jesucristo, de cara al templo, con el rostro limpio por vivir
la compunción del corazón por la contemplación y participación de
las virtudes de María y tendrán puro el corazón y el don de lágrimas
porque en todo verá a Dios, para ser partícipe de la pasión, muerte
y resurrección de Cristo porque reinará con Él en la eternidad.
***
Dedico este pequeño estudio a mi padre
Luis González Vega,
a quien Dios tenga en su gloria.
El me enseñó a rezar el Santo Rosario diariamente y
amar a María con ternura
y por sobre todas las cosas, a Dios, así como a abrazarme
a la cruz de las persecuciones por
buscar el Reino de Dios
y su justicia.